lunes, 29 de julio de 2013

SENTIDO Y SENSIBILIDAD XLIII

Al día siguiente, Marianne se levantó a la hora acos­tumbrada; a todas las preguntas respondió que se encontraba mejor, e intentó convencerse a sí mis­ma de ello dedicándose a sus ocupaciones habi­tuales. 
Pero haber pasado un día completo sentada junto a la chimenea temblando de escalofríos, con un libro en la mano que era incapaz de leer, o echada en un sofá, decaída y sin fuerzas, no ha­blaba muy bien de su mejoría; y cuando por fin se fue temprano a la cama sintiéndose cada vez peor, el coronel Brandon quedó simplemente ató­nito ante la tranquilidad de Elinor, que aunque la atendió y cuidó durante todo el día, en contra de los deseos de Marianne y obligándola a tomar las medicinas necesarias en la noche, tenía la misma confianza de ella en la seguridad y eficacia del sue­ño, y no estaba en verdad alarmada.

Una noche muy agitada y febril, sin embargo, frustró las esperanzas de ambas; y cuando Marianne, tras insistir en levantarse se confesó incapaz de sentarse y se devolvió voluntariamente a la cama, Elinor se mostró dispuesta a aceptar el consejo de la señora Jennings y enviar por el boticario de los Palmer.
El boticario acudió, examinó a la paciente, y aunque animó a la señorita Dashwood a confiar en que unos pocos días le devolverían la salud a su hermana, al declarar que su dolencia tenía una tendencia pútrida y permitir que sus labios pronun­ciaran la palabra “infección”, instantáneamente alar­mó a la señora Palmer, por su hijo. La señora Jennings, que desde un comienzo había creído la enfermedad más seria de lo que pensaba Elinor, escuchó con aire grave el informe del señor Ha­rris, y confirmando los temores y preocupación de Charlotte, la urgió a alejarse de allí con su criatu­ra; y el señor Palmer, aunque trató de vanas sus aprensiones,. se vio incapaz de resistir la enorme ansiedad y porfía de su esposa. Se decidió, enton­ces, su partida; y antes de una hora después de la llegada del señor Harris, partió con su hijito y la niñera a la casa de una pariente cercana del señor Palmer, que vivía unas pocas millas pasado Bath; allí, ante sus insistentes ruegos, su esposo prome­tió unírsele en uno o dos días, y a ese lugar su madre prometió acompañarla, también obedecien­do a sus súplicas. La señora Jennings, sin embar­go, con una bondad que hizo a Elinor realmente quererla, se manifestó decidida a no moverse de Cleveland mientras Marianne siguiera enferma, y a esforzarse mediante sus más atentos cuidados en reemplazar a la madre de quien la había alejado; y en todo momento Elinor encontró en ella una activa y bien dispuesta colaboradora, deseosa de compartir todas sus fatigas y, muy a menudo, de gran utilidad por su mayor experiencia en el cui­dado de enfermos.
La pobre Marianne, exánime y abatida por el carácter de su dolencia y sintiéndose completa­mente indispuesta, ya no podía confiar en que al día siguiente se repondría; y pensar en lo que al día siguiente habría ocurrido de no mediar su des­afortunada enfermedad, agravó su malestar; por­que ese día iban a iniciar su viaje a casa y, acompañadas todo el camino por un criado de la señora Jennings, sorprenderían a su madre a la mañana siguiente. Lo poco que habló fue para la­mentar esta inevitable demora; y ello aunque Eli­nor intentó levantarle el ánimo y hacerla creer, como en ese momento ella misma lo creía, que ese retraso sería muy breve.
El día siguiente trajo poco o ningún cambio en el estado de la paciente; evidentemente no estaba mejor, y salvo el hecho de que no había ninguna mejoría, no parecía haber empeorado. El grupo se había reducido ahora aún más, pues el señor Pal­mer, aunque sin muchos deseos de irse, tanto por espíritu humanitario y su buen natural como por no querer parecer atemorizado por su esposa, ter­minó dejando que el coronel Brandon lo conven­ciera de seguirla, según le había prometido; y mientras preparaba su partida, el coronel Brandon mismo, haciendo un esfuerzo mucho mayor, tam­bién comenzó a hablar de irse. En este punto, sin embargo, la bondad de la señora Jennings se in­terpuso de muy buena manera, pues que el coro­nel se alejara mientras su amada sufría tal inquietud por causa de su hermana significaría privarlas a ambas de todo consuelo; y así, diciéndole sin tar­danza que para ella misma era necesaria su pre­sencia en Cleveland, que lo necesitaba para jugar al piquet con ella en las tardes mientras la señorita Dashwood estaba arriba con su hermana, etc., le insistió tanto que se quedara, que él, que al acce­der cumplía con lo que su corazón deseaba en pri­mer lugar, no pudo ni siquiera fingir por mucho rato alguna vacilación al respecto, en especial cuan­do los ruegos de la señora Jennings fueron cálida­mente secundados por el señor Palmer, que parecía sentirse aliviado al dejar allí a una persona tan ca­paz de apoyar o aconsejar a la señorita Dashwood en cualquier emergencia.
A Marianne, por supuesto, la mantuvieron aje­na a todas estas disposiciones. No sabía que había sido la causa de que los dueños de Cleveland tu­vieran que dejar su casa antes de la semana de ha­ber llegado. No la sorprendió no ver a la señora Palmer, y como por ello mismo no le preocupaba, nunca mencionaba su nombre.
Dos días habían pasado desde la partida del señor Palmer, y las condiciones de la paciente se mantenían iguales, con muy pocos cambios. El se­ñor Harris, que la visitaba todos los días, de ma­nera bastante audaz seguía hablando de una rápida mejoría, y la señorita Dashwood se mostraba igual­mente optimista; pero los demás no tenían expec­tativas tan alegres. Muy al comienzo del ataque, la señora Jennings había decidido que Marianne nun­ca se recuperaría; y el coronel Brandon, cuyo prin­cipal servicio era escuchar los presagios de la señora Jennings, no estaba en un estado de ánimo capaz de resistir su influencia. Intentó recurrir a la razón para superar temores que la opinión diferente del boticario hacía parecer absurdos; pero la gran cantidad de horas que cada día pasaba a solas eran demasiado propicias para alimentar pensamientos tristes, y no podía borrar de su mente la convic­ción de que no iba a ver más a Marianne con vida.
En la mañana del tercer día, sin embargo, las sombrías predicciones de ambos resultaron casi fa­llidas, pues cuando llegó el señor Harris declaró a su paciente mucho mejor. Tenía el pulso más fuerte y mostraba síntomas mucho más favorables que en su visita anterior. Elinor, confirmadas sus más gra­tas esperanzas, era toda alegría. Estaba feliz porque, en las cartas a su madre, se había atenido a su pro­pio juicio y no al de sus amigos, y por haberle res­tado importancia a la indisposición que había retrasado su partida de Cleveland, y casi se atrevió a fijar la fecha en que Marianne podría viajar.
Pero el día no terminó de manera tan auspi­ciosa como había comenzado. Hacia el anochecer recrudeció la enfermedad de Marianne, con más pesadez, agitación y malestar que antes. Su herma­na, sin embargo, aún optimista, prefería atribuir el cambio sólo al cansancio de haber estado sentada mientras le hacían la cama; y tras hacerle tomar con todo cuidado los cordiales prescritos, con alegría la vio sumirse en un sopor que esperaba fuese muy beneficioso. Su sueño, aunque no tan tranquilo como habría esperado Elinor, duró un tiempo con­siderable; y ésta, ansiosa de observar por sí misma los resultados, decidió quedarse a su lado hasta que despertara. La señora Jennings, que no estaba en­terada del cambio operado en la paciente, se fue a la cama más temprano que de costumbre; su don­cella, una de las principales encargadas del cuida­do de la enferma, estaba buscando un poco de solaz en la habitación del ama de llaves, y Elinor permanecía sola con Marianne.
El sueño de Marianne comenzó a hacerse cada vez más agitado; y Elinor, que en ningún momen­to dejaba de observar atentamente sus continuos cambios de posición y escuchar los reiterados, aun­que inarticulados quejidos que salían de sus labios, casi deseaba sacarla de un sopor tan penoso cuan­do Marianne, repentinamente despierta ante un rui­do imprevisto en la casa, se irguió sobresaltada, exclamando en un desvarío febril:

-¿Ha venido mamá?

-Todavía no -replicó su hermana, ocultando su terror y ayudando a Marianne a tenderse nueva­mente-; aunque espero que luego estará aquí. Hay un largo trecho, lo sabes, desde acá a Barton.

-Pero no debe dar la vuelta por Londres -ex­clamó Marianne, con el mismo tono inquieto-. Nun­ca la volveré a ver, si va a Londres.
Alarmada, Elinor se dio cuenta de que Marian­ne estaba delirando, y mientras intentaba calmar­la, ansiosamente le tomó el pulso. Era más débil y rápido que nunca; y al ver que Marianne seguía desvariando acerca de mamá, su temor aumentó hasta el punto de decidirla a enviar de inmediato por el señor Harris y despachar un mensajero a Barton para hacer venir a su madre. Junto con to­mar esta resolución, pensó en consultar de inme­diato con el coronel Barton la mejor forma de lle­varla a cabo; y así, tan pronto hubo llamado a la doncella para que la reemplazara junto a su her­mana, se apresuró a bajar a la sala donde sabía que por lo general él se encontraba, aunque mucho más tarde que en el momento actual.
No era momento para vacilaciones. De inme­diato le hizo presente sus temores y sus dificulta­des. Sus temores, el coronel no tenía ni el valor ni la confianza necesarios para intentar aplacarlos: los escuchó con silencioso desaliento; pero de sus di­ficultades se hizo cargo de inmediato, pues con una rapidez que parecía evidenciar que mentalmente ya había previsto la ocasión y el servicio requerido, se ofreció a ser el mensajero que traería a la seño­ra Dashwood. Elinor no presentó ninguna objeción que no fuera fácilmente rebatida. Le agradeció con palabras breves pero fervorosas, y mientras él se apresuraba a enviar a su criado con un mensaje para el señor Harris y una orden para conseguir caballos de posta de inmediato, ella le escribió unas pocas líneas a su madre.
El consuelo de un amigo como el coronel Bran­don en esos momentos, de un compañero de esa laya para su madre... ¡qué enorme gratitud desper­taba en ella! ¡Un amigo cuyo juicio la iba a guiar, cuya compañía aliviaría su dolor y cuyo afecto qui­zá la calmaría...! En la medida en que la perturba­ción que debía producir en ella un llamado como ése pudiera serle suavizada, su presencia, su trato y su ayuda con toda seguridad iban a lograrlo.


El, entretanto, sintiera lo que sintiese, actuaba con toda la firmeza de una mente ordenada; hizo todos los arreglos necesarios con la mayor diligen­cia, y calculó con exactitud el momento en que ella podría esperar su vuelta. No perdió ni un instante en demoras de ningún tipo. 
Llegaron los caballos incluso antes de que se los esperara, y el coronel Brandon, limitándose a estrechar la mano de Eli­nor con una mirada solemne y unas pocas pala­bras dichas en una voz demasiado baja para que llegaran a sus oídos, se apresuró a montar en el carruaje. Eran entonces aproximadamente las doce, y Elinor volvió a los aposentos de su hermana para esperar la llegada del boticario y velar junto a ella por el resto de la noche. Fue una noche de sufri­mientos casi iguales para ambas hermanas. Hora tras hora fueron pasando en insomne dolor y deli­rio por parte de Marianne, y la más cruel ansiedad en Elinor, antes de que apareciera el señor Harris. Se habían despertado los temores de Elinor, que la hacían pagar con creces toda su anterior seguri­dad, y la sirviente sentada junto a ella -porque no había permitido que llamaran a la señora Jennings ­la torturaba aún más al insinuar las cosas que su ama había pensado desde el comienzo.
A intervalos, las ideas de Marianne seguían fi­jas incoherentemente en su madre, y cada vez que mencionaba su nombre, el corazón de la pobre Eli­nor sufría una punzada de dolor; se reprochaba haber tomado a la ligera tantos días de enferme­dad, y anhelando un socorro inmediato, pensaba que pronto todo socorro sería en vano, que todo se había retrasado demasiado, y se imaginaba a su afligida madre llegando demasiado tarde a ver a su preciosa hija con vida o en uso de su razón.
Estaba a punto de enviar a buscar de nuevo al señor Harris o, si él no podía acudir, solicitar nue­vos consejos, cuando el boticario -pero no antes de las cinco- hizo su aparición. Su opinión, sin embargo, compensó en algo su tardanza, pues aun­que reconoció un cambio inesperado y desfavora­ble en su paciente, insistió en que no había un pe­ligro grave y se refirió al alivio que un nuevo tra­tamiento debía procurar con una confianza que, en menor grado, se comunicó a Elinor. Prometió ir de nuevo dentro de las tres o cuatro horas siguientes, y dejó tanto a su paciente como a la preocupada acompañante más tranquilas de lo que las había encontrado.
La señora Jennings se enteró de lo ocurrido en la mañana, dando muestras de gran preocupación y con muchos reproches por no haber sido llama­da a ayudar. Sus antiguos temores, que ahora revi­vían con mucho mejor base, no le dejaron duda alguna sobre lo ocurrido; y aunque se esforzaba en consolar a Elinor, su certeza sobre el peligro que corría su hermana no le permitía ofrecerle el con­suelo de la esperanza. Su corazón estaba realmen­te apesadumbrado. El rápido decaer, la temprana muerte de una muchacha tan joven, tan adorable como Marianne, habría podido afectar incluso a una persona menos cercana. Pero Marianne podía es­perar más de la compasión de la señora Jennings. Durante tres meses le había servido de compañía, todavía estaba a su cuidado, y se sabía que la ha­bían herido profundamente y que había sufrido durante largo tiempo. También veía la angustia de la hermana, que era muy en especial su favorita; y en cuanto su madre, cuando la señora Jennings pensaba que probablemente Marianne sería para ella lo que Charlotte era para sí misma, sentía una genuina compasión por sus sufrimientos.
El señor Harris fue puntual en su segunda visi­ta, pero las esperanzas que había colocado en los efectos de la anterior se vieron frustradas. Sus me­dicamentos habían fallado; la fiebre no había sido vencida; y Marianne, sólo más tranquila -no más dueña de sí- permanecía en un denso sopor. Eli­nor, captando todos, y más que todos sus temores en un solo instante, propuso solicitar más consejos. Pero él lo juzgó innecesario; aún tenía algo más que intentar, una nueva prescripción en cuyo éxito con­fiaba tanto como en el de la última, y su visita con­cluyó con animosas palabras de seguridad que llegaron a los oídos de la señorita Dashwood, pero no lograron alcanzar su corazón. Aunque se mante­nía tranquila, excepto cuando pensaba en su ma­dre, casi había perdido las esperanzas; y en este estado siguió hasta mediodía, apenas moviéndose del lado de su hermana, su mente saltando de una ima­gen de dolor a otra, de un amigo acongojado a otro, con su espíritu abatido al máximo por la conversa­ción de la señora Jennings, que no tenía reparos en atribuir la gravedad y peligro de este trastorno a las muchas semanas en que Marianne ya antes había estado indispuesta a causa de su desengaño. Elinor sentía cuán razonable era esa idea, y ello le signifi­caba un nuevo dolor añadido a sus reflexiones.
Alrededor de mediodía, sin embargo, comen­zó -pero con una cautela, un temor a ilusionarse falsamente que durante algún rato la hicieron ca­llar, incluso frente a su amiga- a imaginar, a tener la esperanza de estar percibiendo una ligera mejo­ría en el pulso de su hermana; esperó, vigiló, lo examinó una y otra vez; y finalmente, con una agi­tación más difícil de ocultar bajo un exterior cal­mado que toda su angustia precedente, se atrevió a comunicar sus esperanzas. La señora Jennings, aunque obligada tras un examen a reconocer una recuperación temporal, intentó que su joven ami­ga evitara entregarse a la idea de que continuaría así; y Elinor, recorriendo mentalmente todos los ar­gumentos que le recomendaban desconfiar, también se dijo que no debía alimentar esperanzas. Pero era demasiado tarde. La esperanza ya había hecho su entrada; y ella, sintiendo su ansioso aletear, se in­clinó sobre su hermana para aguardar... ya ni sa­bía qué. Pasó media hora, y los síntomas favorables seguían bendiciéndola. Incluso aparecieron otros, confirmándolos. Su respiración, su piel, sus labios, todos apelaban a Elinor con señales de mejoría, y Marianne fijó sus ojos en ella con una mirada ra­cional, aunque lánguida. La ansiedad y la esperanza la acosaban en igual medida, impidiéndole un mo­mento de tranquilidad hasta la llegada del señor Harris a las cuatro, cuando las seguridades que le dio, sus felicitaciones por una recuperación de su hermana que incluso sobrepasaba sus expectativas, le entregaron confianza y consuelo, y pudo dejar correr lágrimas de alegría.
Marianne estaba notablemente mejor en- todo sentido, y el señor Harris la declaró por completo fuera de peligro. La señora Jennings, quizá satisfe­cha porque sus presagios habían recibido justifica­ción parcial en la última alarma que habían vivido, se permitió confiar en el juicio del boticario y ad­mitió con genuina alegría, y pronto con indudable gozo, la probabilidad de una completa recuperación.
Elinor no podía estar alegre. Su gozo era de una clase diferente, y llevaba a algo muy distinto a la alegría. Marianne devuelta a la vida, a la salud, a los amigos y a su amorosa madre, era una idea que le llenaba el corazón de exquisito consuelo y se lo expandía en fervorosa gratitud; pero no se manifes­taba ni en demostraciones externas de alegría, ni en palabras o sonrisas. Todo lo que abrigaba el pecho de Elinor era satisfacción, callada y fuerte.
Siguió junto a su hermana con escasos interme­dios toda la tarde, calmando cada uno de sus temores, satisfaciendo cada una de las interrogantes de su debilitado espíritu, prestando todos los auxilios necesarios y vigilando casi cada mirada y cada alien­to. Por supuesto, en algunos momentos se le hizo presente la posibilidad de una recaída, recordándo­le lo que era la ansiedad; pero cuando sus frecuen­tes y minuciosos exámenes le mostraron que continuaban todos y cada uno de los síntomas de recuperación, y a las seis vio a Marianne sumirse en un sueño tranquilo, ininterrumpido y, según todas las apariencias, confortable, acalló todas sus dudas.
Se acercaba ya el momento en que podía es­perarse el regreso del coronel Brandon. A las diez, creía Elinor, o no mucho más tarde, su madre se vería libre del terrible suspenso con que ahora de­bía ir viajando hacia ellas. ¡Quizá también el coro­nel era apenas un poco menos merecedor de piedad! ¡Ah, cuán lento transcurría el tiempo que aún los mantenía en la ignorancia!
A las siete, dejando a Marianne todavía entre­gada a un dulce sueño, se unió a la señora Jen­nings en la sala para tomar té. Sus temores la habían mantenido incapaz de desayunar, y en la cena el giro repentino de los acontecimientos le había impedido comer mucho; el actual refrigerio, entonces, con los sentimientos de gozo con que Elinor llegaba a él, fue muy especialmente bien re­cibido. Al terminar, la señora Jennings quiso con­vencerla de que descansara algo antes de la llegada de su madre, y le permitiera a ella tomar su lugar junto a Marianne; pero Elinor no se sentía ni fati­gada ni capaz de dormir, y no iba a permitir que la mantuvieran lejos de su hermana ni por un ins­tante. La señora Jennings subió con ella entonces hasta la pieza de la enferma para constatar que todo seguía bien, la dejó allí entregada a su cometido y a sus pensamientos, y se retiró a sus habitaciones a escribir algunas cartas y luego a dormir.
La noche era fría y tormentosa. Si hubieran sido las diez, Elinor habría estado segura de que en ese momento escuchaba un carruaje acercándose a la casa; y fue tan grande su seguridad de haberlo es­cuchado, a pesar de que era casi imposible que ya hubieran llegado, que se dirigió al saloncito junto a la. pieza y abrió una celosía para constatar la ver­dad. En seguida vio que sus oídos no la habían engañado. De inmediato tuvo a la vista el brillo de los faroles de un carruaje. A su incierta luz le pa­reció distinguir que era tirado por cuatro caballos; y esto, aunque era señal del enorme temor de su madre, explicó en parte tan inesperada rapidez.
Nunca, en toda su vida, había encontrado Eli­nor más difícil mantenerse tranquila. Saber lo que su madre debía estar sintiendo en el momento en que el carruaje se detuvo ante la puerta... sus du­das, su miedo, ¡quizá su desesperación!, ¡y lo que ella debía decir!... sabiendo eso era imposible man­tener la calma. Todo lo que quedaba por hacer era apresurarse; y así, quedándose sólo hasta que pudo dejar a la doncella de la señora Jennings con su hermana, corrió escaleras abajo.

El trajín que escuchó en el vestíbulo mientras. pasaba por un recibidor interior, le confirmó que ya estaban en la casa. Avanzó a toda prisa hacia la sala, entró... y allí vio únicamente a Willoughby.

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