miércoles, 9 de octubre de 2013

SENTIDO Y SENSIBILIDAD XLV

Durante un buen rato tras la partida de Willoughby, incluso después de haberse perdido en la distan­cia el ruido de su carruaje, Elinor permaneció de­masiado abatida por un enjambre de ideas muy diferentes entre sí, pero cuyo resultado general era la tristeza, para ni siquiera pensar en su hermana.

Willoughby, el mismo a quien sólo hacía me­dia hora había detestado como el más desprecia­ble de los hombres; Willoughby, a pesar de todos sus defectos, despertaba en ella una conmiseración tal por los sufrimientos que esos mismos defectos habían producido, que ahora la hacían pensar en él, apartado para siempre de su familia, con una ternura, con una pena más proporcionadas, como pronto reconoció para sí misma, a sus deseos que a sus méritos. Sintió que su influencia sobre ella se veía incrementada por circunstancias que razo­nablemente no habrían debido pesar: por el poco común atractivo de su apariencia; por sus moda­les francos, afectuosos y vivaces, que no hay mé­rito en poseer; y por ese todavía fervoroso amor por Marianne, en el que ni siquiera era inocente complacerse. Pero sintió todo esto mucho, mucho antes de sentir debilitarse su influjo.

Cuando finalmente volvió junto a la inconscien­te Marianne, la encontró recién despertándose, re­novada por tan largo y dulce sueño, tal como lo había esperado. El corazón de Elinor estaba col­mado a plenitud. El pasado, el presente, el futuro; la visita de Willoughby, ver a Marianne a salvo y la esperada llegada de su madre, la llenaron de una agitación que impidió toda señal de fatiga y la hizo temer tan sólo que pudiera traicionarse frente a su hermana. Poco fue el tiempo, sin embargo, en que la afectó ese temor, pues antes de media hora de la partida de Willoughby, el ruido de otro carruaje la hizo bajar nuevamente. Ansiosa de evitar a su madre innecesarios momentos de terrible suspen­so, corrió de inmediato al vestíbulo y llegó a la puerta principal justo a tiempo de recibirla y sos­tenerla mientras entraba.

La señora Dashwood, cuyo terror a medida que se aproximaban a la casa le había producido casi la convicción de que Marianne ya había dejado de existir, no pudo sacar la voz para preguntar por ella, ni siquiera para dirigirse a Elinor; pero ésta, sin esperar saludos ni preguntas, de inmediato le dio las buenas noticias; y su madre, tomándolas con su usual vehemencia, en un momento estuvo tan abrumada por la felicidad como antes lo había es­tado por sus temores. Entre su hija y el amigo de ésta la sostuvieron hasta llevarla a la sala; y allí, derramando lágrimas de alegría, aunque todavía incapaz de hablar, abrazó una y otra vez a Elinor, separándose de ella a intervalos para estrechar la mano del coronel Brandon con una mirada que expresaba al mismo tiempo su gratitud y su certe­za de que él compartía con ella la dicha del mo­mento. El, sin embargo, la compartía en un silencio incluso mayor que el de ella.

Apenas se recuperó la señora Dashwood, su primer deseo fue ver a Marianne; y en dos minu­tos estuvo junto a su niña amada, a quien la au­sencia, la infelicidad y el peligro habían hecho más querida aún. El placer de Elinor al ver lo que cada una de ellas sentía al encontrarse-sólo se vio refre­nado por el temor de estarle robando a Marianne horas de sueño; pero la señora Dashwood podía ser tranquila, podía hasta ser prudente cuando se trataba de la vida de una hija; y Marianne, conten­ta de saber que su madre estaba a su lado y cons­ciente de estar demasiado débil para conversar, se sometió rápidamente al silencio y quietud orde­nados por todos quienes la cuidaban. La señora Dashwood insistió en velar su sueño durante toda la noche, y Elinor, obedeciendo a los ruegos de su madre, se fue a la cama. Pero el descanso, que una noche completa sin dormir y tantas horas de la más agobiadora ansiedad parecían hacer tan ne­cesario, se vio impedido por la excitación de su ánimo. Willoughby, “el pobre Willoughby”, como ahora se permitía llamarlo, estaba constantemente en sus pensamientos; no podía sino haber escu­chado. su justificación ante el mundo, y ora se cul­paba, ora se absolvía por haberlo juzgado tan duramente antes. Pero su promesa de contárselo a su hermana le era invariablemente dolorosa. Temía hacerlo, temía los efectos que pudiera tener en Marianne; dudaba si, tras tal explicación, ella po­dría alguna vez ser feliz con otra persona; y du­rante algunos instantes deseó que Willoughby enviudara; luego, recordando al coronel Brandon, se lo reprochó, sintiendo que sus sufrimientos y su constancia, mucho más que los de su rival, mere­cían tener como recompensa a Marianne, y deseó que ocurriera cualquier cosa menos la muerte de la señora Willoughby.
La comisión del coronel Brandon en Barton no había tenido un impacto demasiado fuerte so­bre la señora Dashwood, porque ésta ya abriga­ba fuertes temores en relación con Marianne; estaba tan inquieta por ella que ya había decidi­do ir a Cleveland ese mismo día, sin aguardar ma­yores informes, y los preparativos de su viaje estaban tan avanzados antes de la llegada del co­ronel, que esperaban de un momento a otro la llegada de los Carey a buscar a Margaret, a quien su madre no quería llevar donde hubiera peligro de una infección.
 
Marianne seguía recuperándose día a día, y la radiante alegría en el semblante y en el ánimo de la señora Dashwood daban fe de que era, como repetidamente se confesaba, una de las mujeres más felices del mundo. Elinor no podía escuchar sus palabras, ni contemplar sus manifestaciones, sin preguntarse a veces si su madre alguna vez recordaba a Edward. Pero la señora Dashwood, confia­da en el moderado relato de sus desilusiones que le había hecho llegar Elinor, permitió que la exu­berancia de su alegría la llevara a pensar sólo en lo que podía aumentarla. Marianne le había sido devuelta tras un peligro en el cual -así había co­menzado a sentir- ella misma, con su propio erra­do juicio, había contribuido a ponerla, pues había estimulado su desdichado afecto por Willoughby; y en su recuperación tenía aún otro motivo de ale­gría, en el cual Elinor no había pensado. Así se lo hizo saber tan pronto como se presentó la oportu­nidad de una conversación privada entre ellas.
 
-Por fin estamos solas. Mi querida Elinor, toda­vía no conoces toda mi felicidad. El coronel Brandon ama a Marianne; él mismo me lo ha dicho.
Elinor, sintiéndose alternativamente contenta y apenada, sorprendida y no sorprendida, era toda silenciosa atención.
 
-Nunca reaccionas como yo, querida Elinor, o me extrañaría ahora tu compostura. Si alguna vez me hubiera puesto a pensar en qué sería lo mejor para mi familia, habría concluido que el matrimo­nio del coronel Brandon con una de ustedes era lo más deseable. Y creo que, de las dos, Marianne puede ser la más feliz con él.
 
Elinor estuvo medio tentada de preguntarle por qué creía eso, sabiendo que no podría darle razón alguna que se sustentara en consideraciones impar­ciales sobre edad, caracteres o sentimientos; pero su madre siempre se dejaba llevar por su imaginación en todos los temas que le interesaban y, así, en vez de preguntar, lo dejó pasar con una sonrisa.
 
-Me abrió completamente el corazón ayer mien­tras veníamos hacia acá. Fue muy de improviso, muy impremeditado. Yo, como puedes imaginár­telo, no podía hablar de nada sino de mi niña; él no podía ocultar su angustia; vi que era tan gran­de como la mía, y él, quizá pensando que la mera amistad, tal como son hoy las cosas, no podría jus­tificar una simpatía tan ardiente (o tal vez no pen­sando en nada, supongo), dejándose invadir por sentimientos irresistibles, me dio a conocer su pro­fundo, tierno y firme afecto por Marianne. La ha amado, querida Elinor, desde la primera vez que la vio.
 
En esto, sin embargo, Elinor percibió no el len­guaje, no las declaraciones del coronel Brandon, sino los adornos con que su madre solía enrique­cer todo aquello que la deleitaba, amoldándolo a su propia infatigable fantasía.
 
-Su afecto por ella, que sobrepasa infinitamente todo lo que Willoughby sintió o fingió, mucho más cálido, más sincero, más constante, como sea que lo llamemos, ¡ha subsistido incluso al conocimien­to de la desdichada predilección de Marianne por aquel joven despreciable! ¡Y sin egoísmos, sin ali­mentar esperanzas! ¿Cómo pudo verla feliz con otro? ¡Qué nobleza de espíritu! ¡Qué franqueza, qué sinceridad! Con él nadie puede engañarse.
 
-Nadie duda -dijo Elinor- sobre la reputación del coronel Brandon como hombre excelente.
 
-Sé que es así -replicó su madre con gran se­riedad-, o después de la advertencia que hemos te­nido, sería la última en estimular este afecto, o ni siquiera de complacerme en él. Pero el que haya ido a buscarme como lo hizo, con una amistad tan diligente, tan pronta, basta como prueba de que es uno de los hombres más estimables del mundo.
 
-Su reputación, sin embargo -respondió Elinor ­no descansa en un gesto de bondad, al cual su afecto por Marianne, si dejamos fuera el simple espíritu humanitario, lo habría impulsado. La señora Jennings, los Middleton, hace tiempo que lo cono­cen íntimamente, y lo respetan y aman por igual; e incluso yo, aunque desde hace poco, lo conoz­co bastante, y lo valoro y estimo tanto que, si Ma­rianne puede ser feliz con él, estaré tan dispuesta como usted a pensar que nuestra relación con él es para nosotros la mayor de las bendiciones. ¿Qué le respondió usted? ¿Le dio alguna esperanza?
 
-¡Ah, mi amor! No podía ahí hablar de espe­ranzas ni para él ni para mí. Marianne podía estar muriendo en ese momento. Pero él no pedía que le dieran esperanzas ni que lo animaran. Lo que hacía era una confidencia involuntaria, un desaho­go irreprimible frente a una amiga capaz de con­solarlo, no una petición a una madre. Aunque después de algunos momentos, porque en un co­mienzo me sentía bastante abrumada, sí dije que si ella vivía, como confiaba en que ocurriría, sería mi mayor felicidad promover el matrimonio entre ambos; y desde que llegamos, con la maravillosa seguridad que desde ese momento tenemos, se lo he repetido de diversas maneras, lo he animado con todas mis fuerzas. El tiempo, le digo, un poco de tiempo, se encargará de todo; el corazón de Marianne no se va a desperdiciar para siempre en un hombre como Willoughby. Sus propios méritos pronto deberán ganárselo.
 
-A juzgar por el ánimo del coronel, sin embar­go, no ha logrado contagiarle su optimismo.
 
-No. El cree que el amor de Marianne está de­masiado arraigado para que cambie antes de mu­cho tiempo; e incluso suponiendo que su corazón vuelva a estar libre, no confía lo suficiente en él para pensar que, con tanta diferencia de edad y manera de ser, él pueda atraerla. En eso, sin em­bargo, se equivoca mucho. La supera en años úni­camente hasta el punto en que ello constituye una ventaja, al darle firmeza de carácter y de princi­pios; y su manera de ser, estoy convencida de ello, es exactamente la que puede hacer feliz a tu her­mana. Y su aspecto, también sus modales, todos juegan a su favor. Mi simpatía por él no me cie­ga; por supuesto que no es tan apuesto como Willoughby; pero, al mismo tiempo, hay algo mu­cho más agradable en su semblante. Siempre hubo una cierta cosa, recuerda, en los ojos de Willoughby, ahí a ratos, que no me gustaba.
 
Elinor no lo recordaba; pero su madre, sin es­perar su conformidad, continuó:
 
-Y sus modales, los modales del coronel, no sólo me agradan más de lo que nunca hicieron los de Willoughby, sino que son de un estilo que es­toy segura atrae mucho más a Marianne. La genti­leza, la genuina preocupación por los demás que muestra, su varonil y no afectada sencillez, son mucho más acordes con la verdadera manera de ser de tu hermana, que la vivacidad, a menudo ar­tificial e inoportuna, del otro. Tengo plena seguri­dad de que si Willoughby hubiera resultado en verdad tan amable como ha demostrado ser lo con­trario, aun así Marianne no habría sido tan feliz con él como lo será con el coronel Brandon.
 
Hizo una pausa. Su hija no podía concordar con ella, pero no se escuchó su desacuerdo y, por tan­to, no significó ninguna ofensa.
 
-En Delaford no estará lejos de mí -añadió la señora Dashwood-, incluso si permanezco en Bar­ton; y con toda probabilidad, pues he sabido que es una aldea grande, debe haber alguna casa pe­queña o cabaña cerca que nos acomode tanto como la actual.
¡Pobre Elinor! ¡He aquí un nuevo plan para lle­varla a Delaford! Pero era fuerte de espíritu.
 
-¡Su fortuna, también! Porque a mi edad, tú sa­bes que todos se preocupan de eso; y aunque ni sé ni deseo saber a cuánto asciende, estoy segura de que debe ser considerable.
 
En ese momento los interrumpió la entrada de un tercero, y Elinor se retiró a meditar sobre todas estas cosas a solas, a desearle éxito a su amigo y, aun deseándoselo, a sentir un agudo dolor por Willoughby.

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