sábado, 26 de enero de 2013

SENTIDO Y SENSIBILIDAD XXXIII

Tras una cierta oposición, Marianne cedió a los es­fuerzos de su hermana y una mañana aceptó salir con ella y la señora Jennings durante media hora. Sin embargo, lo hizo con la expresa condición de que no harían visitas y que se limitaría a acompa­ñarlas a la joyería Gray en Sackville Street, donde Elinor estaba negociando el cambio de unas po­cas alhajas de su madre que se veían anticuadas.
Cuando se detuvieron en la puerta, la señora Jennings recordó que en el otro extremo de la ca­lle vivía una señora a quien debía pasar a ver; y como nada tenía que hacer en Gray's, decidió que mientras sus jóvenes amigas cumplían su cometi­do, ella haría su visita y luego retornaría.

Al subir las escalinatas, las señoritas Dashwood encontraron tal cantidad de personas delante de ellas que nadie parecía estar disponible para aten­der su pedido, y se vieron obligadas a esperar. No les quedó más que sentarse cerca del extre­mo del mostrador que prometía un movimiento más rápido; sólo un caballero se encontraba allí, y es probable que Elinor no dejara de tener la esperanza de despertar su cortesía para que des­pacharan pronto su pedido. Pero la exactitud de su vista y la delicadeza de su gusto resultaron ser mayores que su cortesía. Estaba encargando un estuche de mondadientes para sí mismo, y hasta que no decidió su tamaño, forma y adornos -que combinó a su gusto según su propia inventiva tras examinar y analizar durante un cuarto de hora to­dos los estuches de la tienda-, no se dio tiempo para prestar atención a las dos damas, salvo dos o tres miradas bastante atrevidas; un tipo de in­terés que sirvió para grabar en Elinor el recuer­do de una figura y rostro de acusada, natural y genuina insignificancia, aunque acicalado a la úl­tima moda.
Marianne se ahorró los molestos sentimientos de desprecio y resentimiento ante la impertinencia con que las había examinado y los jactanciosos mo­dales con que el sujeto elegía los diferentes horro­res de los distintos estuches que se le presentaban, permaneciendo ajena a todo ello; era capaz de en­simismarse en sus pensamientos e ignorar todo lo que ocurría a su alrededor en la tienda del señor Gray con la misma facilidad que en su propio dor­mitorio.
Por fin el asunto fue resuelto. El marfil, el oro y las perlas, todos recibieron su ubicación, y tras fijar el último día en que su existencia podía sos­tenerse sin la posesión del estuche, el caballero se calzó los guantes con estudiada calma y, arrojan­do otra mirada a las señoritas Dashwood, pero una mirada que más parecía pedir admiración que ma­nifestarla, se retiró con un aire satisfecho en que se mezclaban un verdadero engreimiento y una afectada indiferencia.
Sin pérdida de tiempo, Elinor expuso sus asun­tos y estaba a punto de concluirlos cuando otro caballero se colocó a su lado. Se volvió a mirarlo, y con algo de sorpresa se encontró con que era su hermano.
El afecto y placer que mostraron al encontrar­se fue el suficiente para hacerlos creíbles en la tien­da del señor Gray. En verdad, John Dashwood estaba lejos de lamentar volver a ver a sus herma­nas; más bien, los tres se alegraron y él indagó acer­ca de la madre de ellas en forma respetuosa y atenta.

Elinor se enteró de que él y Fanny llevaban dos días en la ciudad.
-Tenía grandes deseos de haberlas visitado ayer -dijo John-, pero fue imposible, porque tuvimos que llevar a Harry a ver a los animales salvajes en Exeter Exchange y pasamos el resto del día con la señora Ferrars.

Harry estaba absolutamente feliz. Tenía todas las intenciones de ir a visitarlas boy en la mañana, si es que podía encontrar una media hora libre, ¡pero siempre hay tanto que hacer cuan­do recién se llega a la ciudad! He venido acá a en­cargar un sello para Fanny. Pero creo que con toda seguridad mañana podré acudir a Berkeley Street y conocer a la señora Jennings. Tengo entendido que es dueña de una muy buena fortuna. Y a los Middleton también tienen que presentármelos. Como son parientes de mi suegra, me complacerá presentarles mis respetos. Han resultado excelen­tes vecinos para ustedes, según he sabido.
-Excelentes, sin ninguna duda. Su preocupación por nuestra comodidad, la amistad que en todo nos han demostrado, van más allá de las palabras.
-Créanme que me alegra muchísimo escuchar­lo; en verdad, muchísimo. Pero era de esperar: son gente de gran fortuna, están emparentados con us­tedes, y era natural que les ofrecieran todas las muestras de cortesía y las comodidades necesarias para hacerles grata la situación. Entonces, están confortablemente instaladas en su casita de cam­po y no les falta nada. Edward nos describió el lu­gar como algo encantador; lo más completo en su tipo que podía existir, dijo, y que todas ustedes pa­recían disfrutarlo mucho. Para nosotros fue una gran alegría saberlo, les aseguro.

Elinor se sintió un poco avergonzada por su hermano, y no lamentó que la llegada del criado de la señora Jennings, que venía a decirle que su señora las estaba esperando en la puerta, la libe­rara de la necesidad de responderle.
El señor Dashwood las acompañó hasta las es­calinatas, fue presentado a la señora Jennings en la puerta de su carruaje, y tras manifestar de nue­vo su esperanza de poder visitarlas al día siguien­te, se retiró.

La visita se cumplió como es debido. Llegó con la falsa excusa de que su esposa no había podido venir pues “estaba tan ocupada con su madre, que en verdad no tenía tiempo de ir a ninguna otra par­te”. La señora Jennings, por su parte, le aseguró de inmediato que ella no se andaba con ceremo­nias, porque todos eran primos, o algo así, y que de todas maneras iría muy pronto a visitar a la se­ñora de John Dashwood, y que llevaría con ella a sus cuñadas. El trato de él hacia ellas, aunque re­servado, fue muy afectuoso; hacia la señora Jen­nings, de solícita cortesía; y al llegar el coronel Brandon poco después, lo observó con una curio­sidad que parecía decir que sólo esperaba saber que era rico para extender a él idéntica cortesía.

Tras permanecer media hora, le pidió a Elinor ir con él a Conduit Street para que lo presentara a Sir John y lady Middleton. Como hacía un hermo­so día, ella accedió de inmediato. Y no bien se ha­bían alejado de la casa, él comenzó a hacerle preguntas.
-¿Quién es el coronel Brandon? ¿Es un hom­bre de fortuna?
-Sí, tiene una muy buena propiedad en Dor­setshire.
-Me alegro. Parece un hombre muy caballero­so, y creo, Elinor, que puedo felicitarte por la pers­pectiva de una situación muy respetable en la vida.
-¿A mí, hermano... qué quieres decir?
-Le gustas. Lo observé muy de cerca, y estoy convencido de ello. ¿A cuánto asciende su fortu­na?
-Creo que a dos mil al año.
-Dos mil al año. -Y luego, esforzándose por alcanzar un tono de entusiasta generosidad, agre­gó-: Elinor, por ti, desearía con todo el corazón que fuera el doble.
-Sí, te creo -respondió Elinor-, pero estoy se­gura de que el coronel Brandon no tiene el me­nor deseo de casarse conmigo.
-Estás equivocada, Elinor; muy equivocada. Con un pequeño esfuerzo de tu parte lo conseguirías. Quizá por el momento esté indeciso, lo escaso de tu fortuna pueda coartarlo o sus amigos se lo des­aconsejen. Pero esas pequeñas atenciones y estí­mulos que las damas tan fácilmente pueden ofrecer, lo persuadirán a pesar de sí mismo. Y no hay ra­zón alguna para que no intentes ganártelo. No debe suponerse que algún otro afecto que hayas tenido antes... en pocas palabras, tú sabes que un afecto como ése es totalmente imposible, las objeciones son insuperables... eres demasiado sensata para no darte cuenta. El coronel Brandon es el hombre; y por mi parte, no me ahorraré ninguna amabilidad con él, de manera que tú y tu familia le agraden. Es una unión que debe complacer a todos. En fin, es algo que -bajando la voz hasta un fatuo susu­rro- será extremadamente conveniente para todas las partes. -Reconsiderando las cosas, sin embar­go, agregó-: Esto es, quiero decir... todos tus ami­gos anhelan verte bien establecida, Fanny en especial, porque tu bienestar le es muy caro, te lo aseguro. Y a su madre también, la señora Ferrars, una mujer muy bondadosa, estoy cierto de que le daría un gran placer; ella misma lo dijo el otro día.
Elinor no se dignó responder.

-Ahora, sería extraordinario -continuó-, algo muy gracioso, si Fanny pudiera ver a un hermano y yo a una hermana llegando a una situación esta­ble en sus vidas al mismo tiempo. Y no es muy improbable.

-¿Es que se casa el señor Edward Ferrars? -dijo Elinor con tono resuelto.

-Todavía no está decidido, pero hay algo de eso en el aire. Tiene una excelente madre. La se­ñora Ferrars, con la mayor generosidad, se hará pre­sente y le asignará mil libras anuales si la unión tiene lugar. La dama en cuestión es la honorable señorita Morton, hija única del fallecido lord Mor­ton, con treinta mil libras: una unión muy desea­ble por ambas partes, y no me cabe duda de que a la larga se materializará. Mil libras anuales es una importante cantidad para que una madre se des­haga de ella, la ceda para siempre; pero la señora Ferrars tiene un espíritu muy noble. Para darte otro ejemplo de su generosidad: el otro día, apenas lle­gamos a la ciudad, consciente de que en este mo­mento no abundábamos en dinero, puso en las manos de Fanny doscientas libras en billetes. Algo muy bienvenido, porque nuestros gastos son enor­mes acá.

Hizo una pausa esperando su aprobación y sim­patía, y ella se obligó a decir:
-Sin duda los gastos de ustedes, en la ciudad y en el campo, deben ser considerables, pero tam­bién cuentan con una buena renta.

-No tan buena, me atrevería a decir, como su­pone mucha gente. No me quejo, sin embargo; sin duda es holgada y, así lo espero, mejorará con el tiempo. Actualmente estamos cercando el ejido de Norland, lo que es un gasto muy serio. Y también hice una pequeña compra este medio año, la granja de East Kingham, debes recordarla, allí donde so­lía vivir el viejo Gibson. Esas tierras me eran tan convenientes en todo sentido, tan directamente co­lindantes con mi propiedad, que sentí que era mi deber comprarlas. No me habría perdonado dejar­las caer en otras manos. Hay que pagar por lo que a uno le conviene, y ello sí me ha costado una gran cantidad de dinero.

-¿Más de lo que crees que valen real e intrín­secamente?

-Vamos, espero que no. Podría haberlas ven­dido al día siguiente por más de lo que pagué; pero en cuanto al precio, en verdad habría sido bastan­te desafortunado, porque en ese momento estaban tan bajos los valores, que si no hubiera tenido la cantidad necesaria en el banco tendría que haber­las rematado con una gran pérdida.
Elinor no pudo sino sonreír.
-Cuando llegamos a Norland tuvimos también otro gasto grande inevitable. Nuestro respetado pa­dre, como bien sabes, legó todos los efectos de Stanhill que quedaban en Norland (y bien valio­sos que eran) a tu madre. Lejos estoy de quejarme por ello; el derecho que le asistía a disponer de sus bienes a su antojo es incuestionable. Pero, como consecuencia, hemos debido hacer importan­tes compras de ropa blanca, vajilla, etc., para re­emplazar lo que se entregó. Podrás imaginar, tras todos estos gastos, cuán lejos de ser ricos estamos y cuán bienvenida es la bondad de la señora Fe­rrars.

-Por supuesto -dijo Elinor-; y con el respaldo de su generosidad, espero que puedan llegar a vi­vir en condiciones más holgadas.

-Uno o dos años más pueden contribuir mu­cho a ello -respondió él gravemente-; no obstan­te, aún queda mucho por hacer. Todavía no se ha colocado ni una piedra del invernadero de Fanny, y del jardín de flores lo único que hay es el pro­yecto.

-¿Dónde estará situado el invernadero?

-En la pequeña loma tras la casa. Hemos echa­do abajo todos los viejos nogales para hacerle es­pacio. Será una hermosa vista desde varias partes del parque, y justo en la pendiente frente a él irá el jardín de flores, así que se verá muy lindo. Ya hemos eliminado los viejos espinos que crecían a manchones en la cima.

Elinor se guardó para sí los comentarios y re­paros que tenía al respecto, y agradeció que Ma­rianne no hubiera estado presente para compartir su irritación.
Habiendo dicho ya lo suficiente para dejar en claro su pobreza y evitar la necesidad de comprar un par de aretes para cada una de sus hermanas en su siguiente visita a Gray's, sus pensamientos tomaron un rumbo más alegre y comenzó a felici­tar a Elinor por tener una amiga como la señora Jennings.

-En verdad parece una mujer muy valiosa. Su casa, su forma de vida, todo habla de una renta muy buena, y es una relación que no sólo les ha sido de gran utilidad hasta ahora, sino que a la larga puede resultar materialmente provechosa. La invi­tación que les ha hecho a la ciudad ciertamente las favorece; y, de todas maneras, es una tan bue­na señal del aprecio en que las tiene, que con toda seguridad no las olvidará a la hora de su muerte. Debe tener bastante que dejar.

-Nada en absoluto, diría yo más bien; lo único que tiene es el usufructo de los bienes de su mari­do, que pasarán a sus hijos.

-Pero es impensable que viva de acuerdo con su renta. Poca gente medianamente prudente lo hace; y todo lo que ahorre, podrá repartirlo.

-¿Y no crees más probable que se lo deje a sus hijas antes que a nosotras?

-Sus hijas están muy bien casadas, y entonces no veo la necesidad de que las recuerde más. En cambio, a mi juicio, al tomarlas tan en considera­ción y tratarlas en la forma en que lo hace, les ha dado a ustedes una especie de derecho en sus pla­nes futuros que una mujer precavida no debiera pasar por alto. Nada hay más bondadoso que su trato hacia ustedes, y difícilmente puede hacerlo sin estar consciente de las expectativas que despierta con ello.

-Pero no despierta ninguna en quienes tienen más parte en esto. En verdad, hermano, tu preocu­pación por nuestro bienestar y prosperidad está lle­gando demasiado lejos.

-Vaya, por supuesto -dijo él, aparentando un aire reflexivo-, es muy poco, muy poco lo que la gente puede controlar. Pero, mi querida Elinor, ¿qué le ocurre a Marianne? Tiene muy mal aspecto, está de mal color y ha adelgazado mucho. ¿Acaso está enferma?

-No está bien, durante las últimas semanas ha estado sufriendo de los nervios.

-Lamento saberlo. A su edad, ¡cualquier enfer­medad destruye la lozanía para siempre! ¡Y la suya ha sido tan breve! En septiembre era una mucha­cha tan bonita como la mejor que yo haya visto, muy atractiva para los hombres. Su tipo de belleza tenía algo muy especialmente seductor. Recuerdo que Fanny solía decir que se iba casar antes y me­jor que tú; no es que ella no te tenga a ti un enor­me cariño, pero eso es lo que le parecía. Sin embargo, se equivocaba. Dudo que Marianne vaya a casarse ahora con un hombre que valga a lo más quinientas o seiscientas libras al año, y me enga­ñaría mucho si no lo haces mejor. ¡Dorsetshire! Conozco muy poco Dorsetshire, pero, mi querida Elinor, me encantará saber mas; y pienso que pue­do prometerte que Fanny y yo estaremos entre tus primeros y más complacidos visitantes.

Elinor puso gran esmero en intentar conven­cer a su hermano de que no había ninguna posi­bilidad de un matrimonio entre ella y el coronel Brandon; pero la expectativa lo alegraba demasia­do como para renunciar a ella, y estaba decidido a lograr una relación más cercana con ese caballe­ro y alentar el matrimonio a través de todas las atenciones posibles. Su remordimiento por no ha­ber hecho nada personalmente por sus hermanas creaba en él un enorme afán por que todos los de­más hicieran mucho por ellas; y una proposición del coronel Brandon o un legado de la señora Jen­nings eran los caminos más fáciles para compen­sar su propio descuido.
Tuvieron la suerte de encontrar a lady Middle­ton en casa, y sir John llegó antes de que pusie­ran término a su visita. Las cortesías abundaron de lado y lado. Sir John siempre estaba presto a que le agradara todo el mundo, y aunque el señor Dashwood no parecía saber mucho de caba­llos, pronto lo tuvo por un buen hombre; lady Middleton, en tanto, viendo en su aspecto suficien­tes elementos a la moda, consideró que valía la pena relacionarse con él; y el señor Dashwood se marchó encantado con ambos.

-Tendré cosas muy agradables que contarle a Fanny -le dijo a su hermana mientras iban de re­greso-. ¡Lady Middleton es de verdad una mujer muy elegante! Es el tipo de mujer que a Fanny le encantará conocer. Y la señora Jennings también, una mujer de excelente trato, aunque no tan ele­gante como su hija. Tu hermana, mi esposa, no tie­ne por qué tener reparos en visitarla, lo que, a decir la verdad, ha sido un poco el caso, y muy enten­diblemente, pues todo lo que sabíamos era que la señora Jennings era la viuda de un hombre que había obtenido todo su dinero por bajos medios; y Fanny y la señora Ferrars habían decidido de an­temano que ni la señora Jennings ni sus hijas eran el tipo de mujeres con las que Fanny querría rela­cionarse. Pero ahora puedo llevarles las más satis­factorias referencias sobre ambas.

viernes, 18 de enero de 2013

SENTIDO Y SENSIBILIDAD XXXII

Cuando la señorita Dashwood dio a conocer en detalle esta conversación a su hermana, como lo hizo con gran prontitud, el efecto que tuvo en ésta no fue por completo el que la primera había es­perado. 
No fue que Marianne pareciera desconfiar de la autenticidad de lo relatado, pues a todo prestó la más tranquila y dócil atención, no objetó ni co­mentó nada, en ningún momento intentó justificar a Willoughby, y con sus lágrimas pareció mostrar que sentía imposible cualquier justificación. Pero aunque posteriormente su comportamiento le dio a Elinor la certeza de que sí había logrado con­vencerla de la culpabilidad del joven; aunque com­placida pudo ver que, como consecuencia, Marianne ya no evitaba al coronel Brandon cuan­do las visitaba, conversaba con él, e incluso hasta por iniciativa propia, con una especie de compasi­vo respeto, y aunque la veía de un ánimo menos exasperadamente irritable que antes, no la veía menos desdichada. Su mente estaba estable, pero se había establecido en un sombrío abatimiento. 

Le dolía más la pérdida de la imagen que tenía de Willoughby que el haber perdido su amor; el que hubiera seducido y abandonado a la señorita Williams, la miseria de esa pobre niña y la duda en torno a lo que alguna vez pudieron haber sido los propósitos del joven hacia ella misma, todo ello la agobiaba de tal manera que no podía allanarse a hablar de lo que sentía ni siquiera con Elinor; y con su callado ensimismamiento en sus penas, ha­cía sufrir a su hermana más que si le hubiera abier­to su corazón hablándole una y otra vez de ellas.
Relatar lo que sintió y dijo la señora Dashwood al recibir y responder la carta de Elinor sería tan sólo repetir lo que sus hijas ya habían sentido y dicho; una desilusión apenas menos dolorosa que la de Marianne, y una indignación mayor aún que la de Elinor. Una tras otra les hizo llegar largas cartas, en las que les hablaba de su dolor y de lo que pensaba; expresaba su ansiedad y preocupación por Marianne y la llamaba a soportar con entereza su desgracia. ¡Terrible debía ser en verdad la aflicción de Marianne, cuando su madre podía hablar de en­tereza! ¡Qué vejatorio y humillante debía ser el ori­gen de sus lamentos, para que la señora Dashwood no quisiera verla abandonándose a ellos!
En contra de sus propios intereses y convenien­cia, la señora Dashwood había decidido que, en ese momento, convendría más a Marianne estar en cualquier lugar menos en Barton, donde todo lo que su vista alcanzaba le recordaría intensa y do­lorosamente el pasado, al hacerle presente en todo momento a Willoughby tal como allí lo había co­nocido. Así, les recomendó a sus hijas que por nin­gún motivo acortaran su visita a la señora Jennings, pues aunque nunca habían fijado con exactitud su duración, todos esperaban que abarcaría al menos cinco o seis semanas. Allí no podrían eludir las dis­tintas ocupaciones, los proyectos y la compañía que Barton no les podía ofrecer y que, según espera­ba, podrían de vez en cuando lograr que Marianne, sin darse cuenta, se interesara por algo más allá de ella misma e incluso se divirtiera un poco, por mucho que ahora rechazara desdeñosamente am­bas posibilidades.
En cuanto al peligro de encontrarse de nuevo con Willoughby, su madre pensaba que Marianne estaba tan a salvo en la ciudad como en el cam­po, dado que nadie entre quienes se consideraban sus amigos lo admitiría ahora en su compañía. Na­die, intencionalmente, haría que se cruzaran sus caminos; por negligencia, nunca estarían expues­tos a una sorpresa; y el azar tenía menos oportu­nidad de ocurrir entre las multitudes de Londres que en el aislamiento de Barton, donde podría im­ponerle a ella la presencia del joven durante la vi­sita de éste a Allenham con ocasión de su matrimonio, un hecho que la señora Dashwood había considerado en un principio como probable, y que ahora había llegado a esperar como cierto.
Tenía aún otro motivo para desear que sus hi­jas permanecieran donde estaban: una carta de su hijastro le había comunicado que él y su esposa estarían en Londres antes de mediados de febrero, y ella consideraba correcto que vieran de vez en cuando a su hermano.
Marianne había prometido dejarse guiar por la opinión de su madre y se sometió entonces a ella sin objeciones, a pesar de ser por completo dife­rente a lo que ella deseaba o esperaba y aunque la creía un perfecto error basado en razones equi­vocadas; un error que, además, al demandar de ella la permanencia en Londres, la privaba del único alivio posible a su miseria -la íntima compasión de su madre- y la condenaba a una compañía y a si­tuaciones que le impedirían conocer ni un solo momento de paz.
No obstante, constituyó un gran consuelo para Marianne el hecho de que aquello que le hacía daño significara un bien para su hermana; y Eli­nor, por su parte, sospechando que no depende­ría de ella evitar completamente a Edward, se tranquilizó pensando que aunque la prolongación de su permanencia en Londres atentaría contra de su propia felicidad, sería mejor para Marianne que un inmediato retorno a Devonshire.
Su cuidado en proteger a su hermana de escu­char el nombre de Willoughby no fue en vano. Marianne, aunque sin saberlo, cosechó todos sus frutos; pues ni la señora Jennings, ni sir John, ni siquiera la misma señora Palmer, lo mencionaron jamás frente a ella. Elinor deseaba que igualmente se hubieran abstenido de hacerlo en su presencia, pero tal cosa era imposible, y así se veía obligada a escuchar día tras día las manifestaciones de in­dignación de todos ellos.
Sir John no lo habría creído posible. “¡Un hom­bre de quien siempre había tenido tantos motivos para pensar bien! ¡Un muchacho de tan buen ca­rácter! ¡No creía que hubiera un mejor jinete en toda Inglaterra! Era algo inexplicable. Deseaba de todo corazón verlo en el infierno. ¡Nunca más le dirigi­ría la palabra, en ningún lugar donde lo encontra­ra, por nada del mundo! No, ni siquiera si se lo topara en el albergue de Barton y tuvieran que que­darse esperando dos horas juntos. ¡Ese truhán! ¡Ese perro desleal! ¡Tan sólo la última vez que se ha­bían encontrado, había ofrecido darle uno de los cachorros de Folly! ¡Pues no! ¡Con esto se acababa todo!”
A su manera, la señora Palmer estaba igualmen­te enojada. “Estaba decidida a romper de inmedia­to toda relación con él, y agradecía al cielo no haberlo conocido nunca. Deseaba con todo el co­razón que Combe Magna no estuviera tan cerca de Cleveland; pero no tenía importancia, porque es­taba demasiado lejos para visitas; lo odiaba tanto que estaba decidida a no pronunciar nunca más su nombre, y le diría a todos los que viera que era un badulaque”.
El resto de la adhesión de la señora Palmer a la causa de Marianne se manifestaba en procurar­se todos los pormenores posibles sobre la próxi­ma boda, y comunicárselos a Elinor. Pronto pudo decir qué carrocero estaba construyéndoles su nue­vo coche, quién estaba pintando el retrato del se­ñor Willoughby y en qué tienda podía verse las ro­pas de la señorita Grey.
La tranquila y cortés despreocupación de lady Middleton constituía en estas circunstancias un grato alivio para el espíritu de Elinor, abrumado como a menudo estaba por la vocinglera compasión de los demás. Era un bálsamo para ella la seguridad de no despertar ningún interés en al menos una per­sona de su círculo de amistades; un descanso sa­ber que había alguien que estaría con ella sin sentir curiosidad alguna sobre los pormenores, ni ansie­dad por la salud de su hermana.
Suele suceder que las circunstancias del momento lleven a otorgar a cualquier atributo más valor que el que realmente tiene; y así ocurría que a veces tanta afanosa conmiseración fastidiaba a Elinor hasta lle­varla a calificar la buena educación como más im­portante para el bienestar que el buen corazón.
Lady Middleton manifestaba su parecer sobre el asunto entre una y dos veces al día, si el tema salía a relucir con alguna frecuencia, diciendo: “¡Qué cosa tan terrible, en verdad!”, y mediante este continuo aunque suave desahogo, no sólo fue ca­paz de ir a ver a las señoritas Dashwood desde un comienzo sin la menor emoción, sino que muy pronto sin recordar siquiera una palabra de todo el asunto; y habiendo defendido así la dignidad de su propio sexo y censurado decididamente lo que estaba mal en el otro, se sintió en libertad de pro­teger los intereses de su grupo, por lo que decidió (aunque algo en contra de la opinión de sir John) que, como la señora Willoughby sería una mujer elegante y rica a la vez, le dejaría su tarjeta tan pronto como se hubiera casado.
Las delicadas y siempre prudentes indagacio­nes del coronel Brandon nunca eran mal recibidas por la señorita Dashwood. Con el amistoso celo con que se había esforzado en aliviarlo, se había gana­do profusamente el privilegio de discutir de ma­nera íntima el desengaño de su hermana, y siempre conversaban con entera confianza. La principal re­compensa del coronel por el penoso esfuerzo de revelar sufrimientos pasados y humillaciones actua­les, era la compasiva mirada con que Marianne solía observarlo y la dulzura de su voz siempre que se veía obligada (aunque ello no ocurría a menudo) o se obligaba a hablarle. Eran estas cosas las que le aseguraban que con su esfuerzo había logrado aumentar la buena voluntad hacia él, y las que per­mitían a Elinor esperar que dicha buena voluntad se incrementara aún más; pero la señora Jennings, ignorando todo esto, y sabiendo únicamente que el coronel continuaba tan serio como siempre y que no podía persuadirlo de hacer él mismo su propo­sición de matrimonio ni de encargársela a ella, al cabo de dos días comenzó a pensar que, en vez de para mediados del verano, no habría boda en­tre ellos sino hasta la fiesta de san Miguel, y hacia fines de la semana ya pensaba que no habría boda en absoluto. El buen entendimiento entre el coro­nel y la mayor de las señoritas Dashwood más bien llevaba a concluir que los honores de la morera, de la canaleta y de la glorieta bajo el tejo, todos le corresponderían a ésta; y, por un tiempo, la seño­ra Jennings dejó de pensar en el señor Ferrars.
A comienzos de febrero, antes de transcurridas dos semanas desde la recepción de la carta de Willoughby, Elinor debió hacerse cargo de la di­fícil tarea de informar a su hermana de que él se había casado. Se había preocupado de que le trans­mitieran a ella la noticia apenas se supiera que la ce­remonia había tenido lugar, pues deseaba evitar que su hermana se enterara de ello por los periódicos, que la veía examinar ansiosamente cada mañana.
Marianne recibió la noticia con absoluta com­postura; no hizo ninguna observación al respecto y al comienzo no derramó ninguna lágrima; pero tras un corto rato estalló en llanto, y por el resto del día permaneció en un estado apenas menos penoso que cuando recién supo que debía espe­rar ese matrimonio.
Los Willoughby abandonaron la ciudad tan pronto como estuvieron casados; y Elinor comen­zó a confiar en que, ahora que no había peligro de ver a ninguno de los dos, pudiera persuadir a su hermana, que no se había alejado de la casa desde el momento en que recibió el primer golpe, para que poco a poco volviera a salir como antes.
Alrededor de esas fechas, las dos señoritas Steele, recién llegadas a la casa de su prima en Bartlett's Building, Holbom, aparecieron de nuevo en la casa de sus más importantes parientes en Con­duit y Berkeley Street, lugares ambos en que fue­ron recibidas con gran cordialidad.
Elinor sólo pudo lamentar verlas. Su presencia siempre se le hacía penosa, y le costaba enorme­mente responder con alguna gentileza al abruma­dor placer mostrado por Lucy al descubrir que todavía estaban en la ciudad.

-Me habría sentido muy decepcionada si ya no la hubiera encontrado aquí -repetía una y otra vez, con un fuerte énfasis en la palabra-. Pero siempre pensé que sí iba a estar. Estaba casi segura de que no se iba a ir de Londres por un buen tiempo to­davía; aunque usted en Barton me dijo, ¿recuerda?, que no iba a quedarse más de un mes. Pero en ese momento pensé que lo más probable era que cambiara de opinión cuando llegara el momento. Habría sido una lástima tan grande haberse ido an­tes de la llegada de su hermano y su cuñada. Y ahora, con toda seguridad, no tendrá ningún apu­ro en irse. Estoy increíblemente contenta de que no haya cumplido su palabra.
Elinor la comprendió perfectamente, y se vio obligada a recurrir a todo su dominio sobre sí mis­ma para aparentar que no era así.

-Bien, querida -dijo la señora Jennings-, ¿y en qué se vinieron?

-No en la diligencia, se lo aseguro -respondió la señorita Steele con instantáneo júbilo-; vinimos en coche de posta todo el camino, en la compañía de un joven muy elegante. El reverendo Davies ve­nía a la ciudad, así que pensamos alquilar juntos un coche; se comportó de la manera más gentil, y pagó diez o doce chelines más que nosotras.

-¡Vaya, vaya! -exclamó la señora Jennings-. ¡Muy bonito! Y el reverendo está soltero, supongo.

-Ahí tiene -dijo la señorita Steele, con una son­risita afectada-; todo el mundo me hace bromas con el reverendo, y no me imagino por qué. Mis primas dicen estar seguras de que hice una con­quista; pero, por mi parte, les aseguro que nunca he pensado ni un minuto en él. “¡Cielo santo, aquí viene tu galán, Nancy!”, me dijo mi prima el otro día, cuando lo vio cruzando la calle hacia la casa. “¡Mi galán, qué va!”, le dije yo, “No puedo imagi­nar de quién estás hablando. El reverendo no es para nada pretendiente mío”.

-Claro, claro, todo eso suena muy bien... pero no servirá de nada: el reverendo es el hombre, ya lo veo.

-¡No, de ninguna manera! -respondió su pri­ma con afectada ansiedad-, y le ruego que lo des­mienta sí alguna vez lo oye decir.
La señora Jennings le dio de inmediato todas las seguridades del caso de que por cierto no lo haría, haciendo completamente feliz a la señorita Steele.

-Supongo que irá a quedarse con su hermano y su hermana, señorita Dashwood, cuando ellos vengan a la ciudad -dijo. Lucy, volviendo a la car­ga tras un cese en las insinuaciones hostiles.

-No, no creo que lo hagamos.

-Oh, sí, yo diría que lo harán.
Elinor no quiso darle el gusto y continuar con sus negativas.

-¡Qué agradable que la señora Dashwood pue­da prescindir de ustedes dos durante tanto tiempo seguido!

-¡Tanto tiempo, qué va! -interpuso la señora Jennings-. ¡Pero si la visita recién comienza!
Tal respuesta hizo callar a Lucy.

-Lamento que no podamos ver a su hermana, señorita Dashwood -dijo la señorita Steele-. Sien­to mucho que no esté bien -pues Marianne había abandonado la habitación a su llegada.

-Es usted muy amable. También mi hermana lamentará haberse perdido el placer de verlas; pero últimamente ha estado muy afectada con dolores de cabeza nerviosos, que la inhabilitan para las vi­sitas o la conversación.

-¡Ay, querida, qué lástima! Pero tratándose de viejas amigas como Lucy y yo... quizá querría ver­nos a nosotras; y le aseguro que no diríamos pa­labra.
Elinor, con la mayor cortesía, declinó la pro­posición. “Quizá su hermana estaba acostada, o en bata, y, por tanto, no podía venir a verlas”.

-Ah, pero si eso es todo -exclamó la señorita Steele- igual podemos ir nosotras a verla a ella.
Elinor comenzó a encontrarse incapaz de so­portar tanta impertinencia; pero se salvó de tener que controlarse por la enérgica reprimenda de Lucy a Anne, que aunque quitaba bastante dulzura a sus modales, ahora, como en tantas otras ocasiones, sir­vió para dominar los de su hermana.