lunes, 25 de febrero de 2013

SENTIDO Y SENSIBILIDAD XXXIV

La señora de John Dashwood confiaba tanto en el criterio de su esposo, que al día siguiente mismo acudió a visitar a la señora Jennings y a su hija; 

y la recompensa de tal confianza fue encontrar que incluso la primera, incluso la mujer con quienes se estaban quedando sus cuñadas, no era en absolu­to indigna de su atención; y en cuanto a lady Middleton, ¡la encontró una de las mujeres más en­cantadoras del mundo!
También a lady Middleton le agradó sobremane­ra la señora Dashwood. Había en ambas una espe­cie de frío egoísmo que las hizo sentirse mutuamente atraídas; y simpatizaron entre sí en un insípido trato circunspecto y una total falta de entendimiento.
Los mismos modales, sin embargo, que hicie­ron a la señora de John Dashwood merecedora de la buena opinión de lady Middleton no satisficie­ron a la señora Jennings, a quien no le pareció más que una mujercita de aire arrogante y trato poco cordial, que no mostró ningún afecto por las her­manas de su esposo y parecía no tener casi nada que decirles; durante el cuarto de hora que con­cedió a Berkeley Street, pasó por lo menos siete minutos y medio en silencio.
A Elinor le habría gustado saber, aunque prefi­rió no preguntar, si Edward estaba en la ciudad; pero por nada del mundo Fanny habría mencio­nado voluntariamente su nombre delante de ella hasta no poder decirle que el matrimonio con la señorita Morton estaba resuelto, o hasta que las expectativas de su esposo respecto del coronel Brandon se hubieran ratificado; y ello porque creía que todavía estaban tan apegados el uno al otro, que nunca era demasiado el cuidado que se debía poner en mantenerlos separados de palabra y obra. Sin embargo, el informe que ella se negaba a dar, muy pronto llegó desde otra fuente. No transcu­rrió mucho tiempo antes de que Lucy reclamara de Elinor su compasión por no haber podido ver to­davía a Edward, aunque él había llegado a la ciu­dad con el señor y la señora Dashwood. 

No se atrevía a ir a Bartlett's Buildings por miedo a ser descubierto, y aunque era indecible la impacien­cia de ambos por verse, por el momento lo único que podían hacer era escribirse.
Edward no tardó en confirmar por sí mismo que estaba en la ciudad, al acudir dos veces a Berke­ley Street. Dos veces encontraron su tarjeta de vi­sita en la mesa al volver de sus ocupaciones matinales. Elinor estaba contenta de que hubiera ido, pero más contenta aún de no haberse encon­trado con él.
Los Dashwood estaban tan portentosamente encantados con los -Middleton que, aunque no era su costumbre dar nada, decidieron ofrecer una cena en su honor, y a poco de conocerlos los invitaron a Harley Street, donde habían alquilado una exce­lente casa por tres meses. Invitaron también a sus hermanas y a la señora Jennings, y John Dashwood se preocupó de asegurar la presencia del coronel Brandon, el cual, siempre feliz de estar allí donde estaban las señoritas Dashwood, recibió sus afano­sas cortesías con algo de sorpresa, pero mucho pla­cer. 

Iban a conocer a la señora Ferrars, pero Elinor no pudo saber si sus hijos formarían parte de la concurrencia. No obstante, la expectación por ver­la a ella fue suficiente para despertar su interés en acudir a ese compromiso; pues aunque ahora iba a poder conocer a la madre de Edward sin esa enorme ansiedad que en el pasado le habría sido inevitable, aunque ahora podía verla con total in­diferencia respecto de la opinión que pudiera des­pertar en ella, su deseo de estar en la compañía de la señora Ferrars, su curiosidad por saber cómo era, eran tan vivos como antes.
Muy poco después, todo el interés con que es­peraba la invitación a cenar aumentó, con más in­tensidad que placer, al saber que también acudirían las señoritas Steele.
Tan buena impresión habían logrado crear de sí mismas ante lady Middleton, tan gratas se le ha­bían hecho por sus infatigables atenciones, que aunque Lucy de ninguna manera era elegante, y su hermana ni siquiera bien educada, estaba tan dispuesta como sir John a invitarlas a pasar una o dos semanas en Conduit Street; y apenas supie­ron de la invitación de los Dashwood, las señori­tas Steele encontraron que les era muy conveniente llegar unos pocos días antes del fijado para la fiesta.
Sus intentos de atraer la atención de la señora de John Dashwood presentándose como las sobri­nas del caballero que durante muchos años había estado al cuidado de su hermano no habrían sido muy eficaces, sin embargo, para procurarles un asiento a su mesa; pero en cuanto huéspedes de lady Middleton debían ser bien recibidas; y Lucy, que por tanto tiempo había deseado conocer per­sonalmente a la familia para tener una visión más cercana de sus caracteres y de los obstáculos que a ella se le presentarían, y a la vez la oportunidad de esforzarse por agradarles, pocas veces había es­tado tan feliz en su vida como cuando recibió la tarjeta de la señora de John Dashwood.

El efecto en Elinor fue diferente. De inmedia­to comenzó a pensar que Edward, que vivía con su madre, debía estar invitado, al igual que su ma­dre, a una cena organizada por su hermana; ¡y verlo por primera vez, después de todo lo ocurri­do, en la compañía de Lucy! ¡No sabía si podría soportarlo!­
Las aprensiones de Elinor quizá no se basaban por completo en la razón, y por cierto no en la realidad. Encontraron alivio, sin embargo, no en sus propias reflexiones, sino en la buena voluntad de Lucy, que creyó infligirle una terrible desilusión al decirle que Edward de ninguna manera estaría en Harley Street el martes, e incluso tenía la esperanza de herirla más aún convenciéndola de que tal inasistencia se debía al enorme afecto que sentía por ella, el cual era incapaz de ocultar cuando es­taban juntos.
Y llegó la importante fecha, ese día martes en que las dos jóvenes serían presentadas a su formi­dable suegra.

-¡Compadézcame, querida señorita Dashwood! -dijo Lucy, mientras subían juntas las escalinatas, pues los Middleton habían llegado tan poco des­pués de la señora Jennings, que el criado los guió a todos al mismo tiempo-. Nadie más aquí sabe lo que siento. Apenas puedo tenerme en pie, se lo aseguro. ¡Válgame Dios! ¡En unos instantes veré a la persona de quien depende toda mi felicidad, la que va a ser mi madre!

Elinor podría haber aliviado de inmediato su inquietud sugiriéndole la posibilidad de que fuera la madre de la señorita Morton, y no la de ella, la que estaban por conocer; pero en vez de hacer eso, le aseguró, y con gran sinceridad, que sí la com­padecía, y ello para gran asombro de Lucy, que aunque en verdad se sentía incómoda, esperaba al menos ser objeto de irrefrenable envidia por parte de Elinor.
La señora Ferrars era una mujer pequeña y del­gada, erguida hasta parecer solemne en su aspec­to, y seria hasta la acrimonia en su expresión. De cutis cetrino, sus facciones eran pequeñas, sin be­lleza ni expresividad natural; pero una afortunada contracción del ceño la había salvado de la des­gracia de un semblante soso, al proporcionarle los recios rasgos del orgullo y el mal carácter. No era mujer de muchas palabras, puesto que, a diferen­cia del común de la gente, las adecuaba a la canti­dad de sus ideas; y de las pocas sílabas que dejó caer, ni una sola estuvo dirigida a la señorita Dash­wood, a quien miraba con la enérgica determina­ción de no encontrarle nada grato por ningún motivo.

A Elinor este comportamiento no podía moles­tarla ahora. Unos pocos meses antes la habría he­rido sobremanera, pero ya no estaba en manos de la señora Ferrars hacerla desgraciada; y la diferen­cia con que trataba a las señoritas Steele -una di­ferencia que parecía a propósito para humillarla aún más- sólo la divertía. No podía dejar de sonreír al ver la afabilidad de madre e hija dirigida precisa­mente hacia la persona -porque con ella distinguían en especial a Lucy- que, de haber sabido lo que ella sabía; habrían estado más deseosas de mortifi­car; en tanto que ella, que en comparación no te­nía ningún poder para herirlas, se veía obviamente menospreciada por ambas. Pero mientras sonreía ante una afabilidad tan mal dirigida, no podía pen­sar en la mezquina necedad que la originaba, ni contemplar las estudiadas atenciones con que las señoritas Steele buscaban su prolongación sin el más absoluto desprecio por las cuatro.
Lucy era todo júbilo al sentirse tan honrosamen­te distinguida; y lo único que faltaba a la señorita Steele para alcanzar una perfecta felicidad era que le hicieran alguna broma sobre el reverendo Da­vies.
La cena fue suntuosa, los criados eran nume­rosos y todo hablaba de la inclinación de la due­ña de casa a la ostentación y de la capacidad de respaldarla por parte del anfitrión. A pesar de las mejoras y agregados que le estaban haciendo a su propiedad en Norland, y a pesar de que su dueño había estado a unos pocos miles de libras de te­ner que venderla con pérdidas, nada parecía dar señales de esa indigencia que él había intentado deducir de todo ello; no parecía haber pobreza de ninguna clase, excepto en la conversación... pero allí la deficiencia era considerable. John Dashwood no tenía mucho que decir que mereciera escuchar­se, y su esposa aún menos. Pero esto no era nin­guna desgracia en especial porque lo mismo ocurría con la mayor parte de sus invitados, casi todos víc­timas de una u otra de las siguientes inhabilidades para ser considerado agradable: falta de juicio, ya sea natural o cultivado; falta de elegancia, falta de espíritu o falta de carácter.
Cuando las señoras se retiraron al salón tras la cena esa indigencia se hizo particularmente eviden­te, dado que los caballeros habían enriquecido la con­versación con una cierta variedad -la variedad de la politica, del cerco de las tierras y de la doma de ca­ballos-, pero todo eso acabó y un solo tema ocupó a las señoras hasta la llegada del café, y éste fue com­parar las respectivas estaturas de Harry Dashwood y el segundo hijo de lady Middleton, William, que te­nían aproximadamente la misma edad.
Si los dos niños hubieran estado allí, se podría haber zanjado fácilmente el asunto midiéndolos de una vez; pero como sólo estaba presente Harry, todo fue conjeturas por ambas partes, y cada cual tenía derecho a ser igualmente terminante en su opinión y a repetirla una y otra vez todas las ve­ces que quisiera.
Se tomaron los siguientes partidos:
Las dos madres, aunque cada una convencida de que su hijo era el más alto, educadamente vo­taron a favor del otro.
Las dos abuelas, con no menos parcialidad pero con mayor sinceridad, apoyaban con igual afán a sus propios vástagos.
Lucy, que por ningún motivo quería compla­cer a una madre menos que a la otra, pensaba que los dos muchachitos eran notablemente altos para su edad, y no podía concebir que hubiera ni si­quiera la menor diferencia entre ellos; y la señori­ta Steele, con mayor afán aún, se manifestó tan rápido como pudo a favor de cada uno de ellos.
Elinor, tras haberse decidido una vez por William, con lo que ofendió a la señora Ferrars, y a Fanny más todavía, no vio- la necesidad de se­guir insistiendo en el punto; y Marianne, cuando se le pidió su parecer, ofendió a todo el mundo al declarar que no tenía ninguna opinión que dar, ya que nunca había pensado en el asunto.
Antes de abandonar Norland, Elinor había pin­tado un par de pantallas muy bonitas para su cu­ñada, las cuales, recién montadas y traídas a la casa, decoraban su actual salón; y como estas pantallas atrajeran la mirada de John Dashwood al seguir a los otros caballeros a dicho aposento, las tomó y se las alargó solícitamente al coronel Brandon para que las admirara.
-Las hizo la mayor de mis hermanas -le dijo-, y a usted, como hombre de gusto, con toda segu­ridad le agradarán. No sé si ya ha visto alguna de sus obras antes, pero en general tiene reputación de dibujar muy bien.
El coronel, aunque negando toda pretensión de ser un entendido, admiró con gran entusiasmo las pantallas, como lo habría hecho con cualquier cosa pintada por la señorita Dashwood; y como ello por supuesto despertó la curiosidad de los demás, las pinturas pasaron de mano en mano para ser exa­minadas por todos. La señora Ferrars, sin saber que eran obra de Elinor, pidió muy en especial mirar­las; y tras haber sido agraciadas con la aprobación de lady Middleton, Fanny se las presentó a su ma­dre, dejándole saber al mismo tiempo, de manera muy considerada, que las había hecho la señorita Dashwood.

-Mmm -dijo la señora Ferrars-, muy bonitas -y sin prestarles la menor atención, se las devol­vió a su hija.

Quizá Fanny pensó por un momento que su madre había sido harto grosera, pues, enrojecien­do un tanto, dijo de inmediato:

-Son muy bonitas, señora, ¿no es verdad -pero entonces probablemente la invadió el temor de ha­ber sido demasiado cortés, demasiado entusiasta en su alabanza, porque de inmediato agrego- ¿No le parece, señora, que tienen algo del estilo de pintar de la señorita Morton? Su pintura es realmente deli­ciosa. ¡Qué bien hecho estaba su último paisaje!

-Muy bien. Pero ella hace todo muy bien.
Marianne no pudo soportar esto. Ya estaba enor­memente disgustada con la señora Ferrars; y tan inoportuna alabanza de otra a expensas de Elinor, aunque no tenía la menor idea de lo que ello signi­ficaba, la impulsó a decir con gran vehemencia:

-¡Qué manera más curiosa de elogiar algo! ¿Y qué es la señorita Morton para nosotras? ¿Quién la conoce o a quién le importa? Es en Elinor que es­tamos pensando y de quien hablamos.

Y así diciendo, tomó las pinturas de manos de su cuñada para admirarlas como se debía.
La señora Ferrars pareció extremadamente eno­jada, y poniéndose más tiesa que nunca, devolvió la ofensa con esta acre filípica:

-La señorita Morton es la hija de lord Morton.
Fanny también parecía muy enojada, y su es­poso se veía aterrado ante la audacia de su her­mana. Elinor se sentía mucho más herida por la vehemencia de Marianne que por lo que la había originado; pero la mirada del coronel Brandon, fija en Marianne, mostraba a las claras que él sólo ha­bía visto cuanto había de amable en. su reacción: el afectuoso corazón incapaz de soportar ni el más mínimo desprecio dirigido a su hermana.
Los sentimientos de Marianne no se detuvieron allí. Le parecía que la fría insolencia del compor­tamiento general de la señora Ferrars hacia su her­mana vaticinaba para Elinor esa clase de obstáculos y aflicciones que su propio corazón herido le ha­bía enseñado a temer; y apremiada por el fuerte impulso de su propia sensibilidad y afecto, después de algunos momentos se acercó a la silla de su her­mana y, echándole un brazo al cuello y acercando su mejilla a la de ella, le dijo en voz baja pero ur­gente:

-Querida, querida Elinor, no les hagas caso. No dejes que a ti te hagan infeliz.
No pudo decir más; agobiada, ocultó el rostro en un hombro de Elinor y estalló en llanto. Todos se dieron cuenta, y casi todos se preocuparon. El coronel Brandon se puso en pie y se dirigió hacia ellas sin saber lo que hacía. La señora Jennings, con un muy juicioso “¡Ah, pobrecita!”, de inmedia­to le alargó sus sales; y sir John se sintió tan des­esperadamente furioso contra el autor de esta aflicción nerviosa, que de inmediato se cambió de lugar a uno cerca de Lucy Steele y, en susurros, le hizo un breve recuento de todo el desagradable asunto.

En pocos minutos, sin embargo, Marianne se recuperó lo suficiente para poner fin a todo el al­boroto y volver a sentarse con los demás, aunque en su ánimo quedó grabada durante toda la tarde la impresión de lo ocurrido.

-¡Pobre Marianne! -le dijo su hermano al co­ronel Brandon en voz baja apenas pudo contar con su atención-. No tiene tan buena salud como su hermana; es muy nerviosa... no tiene la constitu­ción de Elinor; y hay que admitir que para una jo­ven que ha sido una beldad, debe ser muy penoso perder su atractivo personal. Quizá usted no lo sepa, pero Marianne era notablemente hermosa hasta unos pocos meses atrás... tan hermosa como Elinor. Y ahora, puede usted ver que de eso ya no le queda nada.