viernes, 31 de mayo de 2013

SENTIDO Y SENSIBILIDAD XXXVIII

La señora Jennings elogió cálidamente la conducta de Edward, pero sólo Elinor y Marianne compren­dían el verdadero mérito de ella. Unicamente ellas sabían qué escasos eran los incentivos que podían haberlo tentado a la desobediencia, y cuán poco consuelo, más allá de la conciencia de hacer lo co­rrecto, le quedaría tras la pérdida de sus amigos y su fortuna. 
Elinor se enorgullecía de su integridad; y Marianne le perdonaba todas sus ofensas por compasión ante su castigo. Pero aunque el haber salido todo a la luz les devolvió la confianza que siempre había existido entre ellas, no era un tema en el que ninguna de las dos quisiera detenerse demasiado cuando se encontraban a solas. Elinor lo evitaba por principio, pues advertía lo mucho que tendía a transformársele en una idea fija con las demasiado entusiastas y positivas certezas de Marianne, esto es, su creencia en que Edward la seguía queriendo, un pensamiento del cual ella más bien deseaba desprenderse; y el valor de Marianne pronto la abandonó al intentar conversar sobre un tema que cada vez le producía una mayor insatis­facción consigo misma, puesto que necesariamen­te la llevaba a comparar la conducta de Elinor con la suya propia.
Sentía todo el peso de la comparación, pero no como su hermana había esperado, incitándola ahora a hacer un esfuerzo; lo sentía con el dolor de un continuo reprocharse a sí misma, lamentaba con enorme amargura no haberse esforzado nun­ca antes, pero ello sólo le traía la tortura de la pe­nitencia sin la esperanza de la reparación. Su espíritu se había debilitado a tal grado que toda­vía se sentía incapaz de ningún esfuerzo, y así lo único que lograba era desanimarse más.
Durante uno o dos días no tuvieron ninguna otra noticia de los asuntos de Harley Street o de Bartlett's Buildings. Pero aunque ya sabían tanto del tema que la señora Jennings podría haber estado suficientemente ocupada en difundirlo sin tener que averiguar más, desde un comienzo ésta había de­cidido hacer una visita de consuelo e inspección a sus primas tan pronto como pudiera; y nada sino el verse estorbada por más visitas que lo habitual le había impedido cumplirlo en el plazo transcu­rrido.
Al tercer día tras haberse enterado de los por­menores del asunto, el clima fue tan agradable, un domingo tan hermoso, que muchos se dirigieron a los jardines de Kensington, aunque recién corría la segunda semana de marzo. La señora Jennings y Elinor estaban entre ellos; pero Marianne, que sabía que los Willoughby estaban de nuevo en la ciudad y vivía en constante temor de encontrarlos, prefirió permanecer en casa antes que aventurarse a ir a un lugar tan público.
Poco después de haber llegado al parque, se les unió y siguió con ellas una íntima amiga de la señora Jennings, a la cual ésta dirigió toda su con­versación; Elinor no lamentó esto en absoluto, por­que le permitió dedicarse a pensar tranquilamente.
No vio ni trazas de los Willoughby o de Edward, y durante algún rato de nadie que de una u otra forma, grata o ingrata, le fuera interesante. Pero al final, y con una cierta sorpresa de su parte, se vio abordada por la señorita Steele, quien, aunque con algo de timidez, se manifestó encantada de haber­se encontrado con ellas, y a instancias de la muy gentil invitación de la señora Jennings, dejó por un momento a su propio grupo para unírseles. De in­mediato, la señora Jennings se dirigió a Elinor en un susurro:

-Sáquele todo, querida. A usted la señorita Steele le contará cualquier cosa con sólo pregun­társelo. Ya ve usted que yo no puedo dejar a la señora Clarke.
Afortunadamente para la curiosidad de la se­ñora Jennings, sin embargo, y también la de Eli­nor, la señorita Steele contaba cualquier cosa sin necesidad de que le hicieran preguntas, porque de otra forma no se habrían enterado de nada.

-Me alegra tanto haberla encontrado -le dijo a Elinor, tomándola familiarmente del brazo-, porque más que nada en el mundo quería verla. -Y lue­go, bajando la voz-: Supongo que la señora Jen­nings ya sabrá todo. ¿Está enojada?
-En absoluto, según creo, con ustedes.
-Qué bueno. Y lady Middleton, ¿está ella eno­jada?
-No veo por qué habría de estarlo.
-Me alegra terriblemente escucharlo. ¡Dios san­to! ¡Lo he pasado tan mal con esto! En toda mi vida había visto a Lucy tan furiosa. Primero juró que nunca más volvería a arreglarme ninguna toca nue­va ni jamás haría ninguna otra cosa por mí; pero ahora ya se ha aplacado y estamos tan amigas como siempre. Mire, anoche le hizo este lazo a mi sombrero y le colocó la pluma. Ya, ahora también us­ted se va a reír de mí. Pero, ¿por qué no había yo de usar cintas rosadas? A mí no me importa si es el color favorito del reverendo. Por mi parte, es­toy segura de que nunca habría sabido que sí lo prefería por sobre todos los demás, de no ser por­que a él se le ocurrió decirlo. ¡Mis primas me han estado fastidiando tanto! Créame, a veces no sé qué hacer cuando estoy con ellas.
Se había desviado a un tema en el cual Elinor no tenía nada que decir, y así pronto juzgó conve­niente ver cómo volver al primero.

-Y bueno, señorita Dashwood -su tono era triunfante-, la gente puede decir lo que quiera res­pecto de que el señor Ferrars haya decidido ter­minar con Lucy, porque no hay tal, puede creerme; y es una vergüenza que se hagan correr tan odio­sos rumores. Sea lo que fuere que Lucy piense al respecto, usted sabe que nadie tenía por qué afir­marlo como algo cierto.

-Le aseguro que no he escuchado a nadie in­sinuar tal cosa =-dijo Elinor.

-¿Ah no? Pero sé muy bien que sí lo han di­cho, y más de una persona; porque la señorita Godby le dijo a la señorita Sparks que nadie en su sano juicio podría esperar que el señor Ferrars renunciara a una mujer como la señorita Morton, dueña de una fortuna de treinta mil libras, por Lucy Steele, que no tiene nada en absoluto; y lo escu­ché de la misma señorita Sparks. Y además, tam­bién mi primo Richard dijo que temía que cuando hubiera que poner las cartas sobre la mesa, el se­ñor Ferrars desaparecería; y cuando Edward no se nos acercó en tres días, yo misma no sabía qué creer; pensaba para mí que Lucy lo daba por per­dido, pues nos fuimos de la casa de su hermano el miércoles y no lo vimos en todo el jueves, vier­nes y sábado, y no sabíamos qué había sido de él. En un momento Lucy pensó escribirle, pero luego su espíritu se rebeló ante la idea. No obstante, él apareció hoy en la mañana, justo cuando volvía­mos de la iglesia; y allí supimos todo: cómo el miér­coles le habían pedido ir a Harley Street y su madre y todos los demás le habían hablado, y cómo él había declarado ante todos que sólo amaba a Lucy y que no, se casaría con nadie sino con Lucy. Y cómo había estado tan preocupado por lo ocurri­do, que junto con salir de la casa de su madre ha­bía montado en su caballo y se había dirigido a no sé qué lugar en el campo; y cómo se había que­dado en una posada todo el jueves y el viernes, para imaginar qué hacer. Y tras pensar una y otra vez todo el asunto, dijo que le parecía que ahora que no tenía fortuna, que no tenía nada en abso­luto, sería una maldad pedirle a Lucy que mantu­viera el compromiso, porque con ello saldría perdiendo, dado que él sólo tenía dos mil libras y ninguna esperanza de nada más; y si él iba a to­mar las órdenes religiosas, como en ocasiones ha­bía pensado hacer, no obtendría nada sino una parroquia, y, ¿cómo iban a vivir con eso? No so­portaba pensar que a ella no le fuera mejor en la vida, así que le imploró, si ello le importaba aun­que fuera un poco, poner término de inmediato a todo el asunto y dejar que él se las ingeniara por sí mismo. Todo esto se lo escuché decir con abso­luta claridad. Y fue completamente por el bien de ella, y pensando en ella, no en él, que habló de terminar el compromiso. Puedo jurar que nunca dijo una sílaba respecto de estar cansado de ella o desear casarse con la señorita Morton o nada que se le parezca. Pero, en todo caso, Lucy no quiso prestar oído a palabras tan bondadosas, y así le dijo de inmediato (con mucha dulzura y amor, ya sabe, todo eso... ¡Uy!, una no puede repetir esas cosas, ya sabe)... le dijo de inmediato que no tenía nin­guna intención de romper el compromiso, porque podía vivir con él con una nada, y por poco que fuera lo que él tenía, ella se contentaría con eso, o algo así. Entonces él se alegró horrores, y habla­ron durante un rato acerca de lo que debían ha­cer, y estuvieron de acuerdo en que él tomara las órdenes de inmediato y en que debían postergar su boda hasta que él pudiera obtener un benefi­cio. Y justo en ese momento no pude seguir escu­chando, porque mi prima me llamó desde abajo para decirme que la señora Richardson había lle­gado en su coche y llevaría a una de nosotras a los jardines de Kensington; así que me vi obligada a entrar en la habitación e interrumpirlos para pre­guntarle a Lucy si deseaba ir, pero no quería dejar a Edward; así que corrí arriba y me puse un par de medias de seda, y me vine con los Richardson.

-No entiendo bien qué quiere decir con eso de interrumpirlos -dijo Elinor-; ustedes estaban en la misma habitación, ¿o no?

-¡Por supuesto que no! ¡Vaya, señorita Dashwood! ¿Acaso piensa que la gente se dice palabras de amor cuando hay alguien más presente? ¡Pero, cómo se le ocurre! Estoy segura de que usted sabe de eso mucho más que yo -dijo riendo de manera afectada-. No, no; estaban encerrados en la sala, y todo lo que oí fue sólo escuchando a través de la puerta.

-¡Cómo! -exclamó Elinor-. ¿Me ha estado repi­tiendo cosas de las que se enteró únicamente es­cuchando a través de la puerta? Lamento no haberlo sabido antes, pues de ninguna manera habría acep­tado que me comunicara pormenores de una con­versación que usted misma no debía conocer. ¿Cómo pudo proceder tan mal con su hermana?

-¡Pero no! Qué problema va a haber con eso. Me limité a pararme junto a la puerta y a escuchar todo lo que podía. Y estoy segura de que Lucy ha­bría hecho lo mismo conmigo, porque hace uno o dos años, cuando Martha Sharpe y yo compartía­mos tantos secretos, ella no tenía empacho en es­conderse en un armario, o tras la pantalla de la chimenea, para escuchar lo que conversábamos.

Elinor intentó cambiar de tema, pero era im­posible alejar a la señorita Steele por más de un par de minutos de lo que ocupaba el primer lugar en su mente.

-Edward habla de irse pronto a Oxford -dijo-, pero por el momento está alojado en el N° ... de Pall Mall. Qué mala persona es su madre, ¿no? ¡Y su hermano y su cuñada tampoco fueron muy ama­bles! Pero no le voy a hablar a usted en contra de ellos; y con todo, nos enviaron a casa en su pro­pio carruaje, lo que fue más de lo que yo espera­ba. Y por mi parte, yo estaba aterrada de que su cuñada fuera a pedir que le devolviéramos los ace­ricos que nos había dado uno o dos días atrás; pero nada se dijo sobre ellos, y me cuidé de mantener el mío fuera de la vista de los demás. Edward dice que tiene que arreglar algunos asuntos en Oxford, así que debe ir allá por un tiempo; y después, ape­nas consiga a un obispo, se ordenará. ¡Qué curio­sidad me da saber qué parroquia le darán! ¡Dios bendito! -continuó con una risita tonta-, apostaría mi vida a que sé lo que dirán mis primas cuando lo sepan. Me dirán que le escriba al reverendo, para que le dé a Edward la parroquia de su nuevo be­neficio. Sé que lo harán; pero le digo que por nada del mundo haría tal cosa. “¡Ay!”, les diré directa­mente, “como pueden pensar tal cosa. Yo escribir­le al reverendo... ¡por favor!”

-Bueno -dijo Elinor-, es un alivio estar prepa­rada para lo peor. Ya tiene lista su respuesta.

La señorita Steele iba a continuar con el mis­mo tema, pero la proximidad del grupo con el que había venido la obligó a cambiarlo.

-¡Ay! Ahí vienen los Richardson. Tenía mucho más que contarle, pero tengo que ir a reunirme con ellos ya. Le aseguro que son personas muy distin­guidos. El hace horrores de dinero, y tienen su pro­pio carruaje. No tengo tiempo de hablar personal­mente a la señora Jennings, pero por favor dígale que estoy muy contenta de saber que no está eno­jada con nosotras, y lo mismo respecto de lady Middleton; y si ocurriese cualquier cosa que las obligara a usted y a su hermana a alejarse, y la se­ñora Jennings quisiese compañía, tenga plena se­guridad de que estaríamos felices de quedamos con ella durante todo el tiempo que quisiera. Supongo que lady Middleton no nos volverá a invitar esta temporada. Adiós; lamento que no estuviera acá la señorita Marianne. Déle mis más afectuosos recuer­dos. ¡Vaya, si está usted usando su vestido de mu­selina a lunares! ¿Acaso no temía rasgarlo?
Tal fue su preocupación al separarse, pues tras haberlo dicho, sólo tuvo tiempo de presentar sus respetos y despedirse de la señora Jennings antes de que la señora Richardson reclamara su compa­ñía; y así, Elinor quedó en posesión de informa­ción que serviría de alimento a sus reflexiones durante algún tiempo, aunque no se había entera­do de casi nada que ya no hubiera previsto y su­puesto por sí misma. El matrimonio de Edward y Lucy estaba tan firmemente decidido y la fecha en que tendría lugar tan absolutamente imprecisa como ella creía que estarían; según lo había espe­rado, todo dependía de ese cargo que, hasta el momento, parecía no tener posibilidad alguna de obtener.

Tan pronto estuvieron de vuelta en el carruaje, la señora Jennings se manifestó ansiosa de infor­mación; pero como Elinor deseaba difundir lo me­nos posible aquella que, en primer lugar, había sido obtenida de manera tan poco leal, se limitó a una sucinta repetición de esos simples pormenores que estaba segura que Lucy, por su propio interés, de­searía se hicieran públicos. La continuidad de su compromiso y los medios que utilizarían para lle­varlo a buen término fue todo lo que contó; y esto llevó a la señora Jennings a la siguiente y muy na­tural observación:

-¡Esperar hasta que consiga un beneficio! Cla­ro, todos sabemos cómo va a terminar eso: espe­rarán un año, y viendo que así no consiguen nada, se acomodarán en una parroquia de cincuenta li­bras anuales, más los intereses de las dos mil li­bras de él y lo poco que el señor Steele y el señor Pratt puedan darle a ella. ¡Y después tendrán un hijo cada año! ¡Y Dios los libre, qué pobres serán! Tengo que ver qué puedo darles para ayudarlos a instalar su casa. Dos doncellas y dos criados decía yo el otro día... ¡qué va! No, no, deben conseguir­se una chica fuerte para todo servicio. La hermana de Betty de ninguna manera les serviría ahora.
A la mañana siguiente le llegó a Elinor una carta por correo, de la misma Lucy. Decía como sigue:
Bartlett's Building, marzo
Espero que mi querida señorita Dashwood me perdone la libertad que me he tomado al escribirle; pero sé que sus sentimientos de amis­tad hacia mí harán que le complazca saber tan buenas noticias de mí y mi querido Edward, tras todos los problemas que debimos enfren­tar el último tiempo; por tanto, no me excusa­ré más y procederé a decirle que, ¡gracias a Dios!, aunque hemos sufrido atrozmente, aho­ra estamos muy bien y tan felices como siem­pre deberemos estar, por nuestro mutuo amor. Hemos enfrentado grandes pruebas y grandes persecuciones, pero, al mismo tiempo, debe­mos agradecer a muchos amigos, entre los cua­les usted ocupa uno de los lugares más importantes, cuya gran bondad recordaré siem­pre con toda mi gratitud, al igual que Edward, a quien le he hablado de ella. Estoy segura de que tanto a usted como a la querida señora Jen­nings les alegrará saber que ayer en la tarde pasé dos felices horas junto a él, que él no que­ría oír hablar de separamos, aunque yo, pen­sando que era mi deber hacerlo, insistí en ello en aras de la prudencia, y me habría separado de él en ese mismo momento, de haberlo él aceptado; pero me dijo que ello no ocurriría jamás, no le importaba el enojo de su madre mientras contara con mi afecto; nuestras pers­pectivas no son muy brillantes, a decir verdad, pero debemos esperar y confiar en que ocurra lo mejor; muy pronto se ordenará, y si estu­viera en su poder recomendarlo a quienquiera tenga un beneficio que otorgar, estoy segura de que no nos olvidará, y la querida señora Jen­nings también, confiamos en que intercederá por nosotros ante sir John o el señor Palmer, o cualquier amigo que pueda ayudamos. La po­bre Anne ha tenido mucha culpa en todo esto por lo que hizo, pero lo hizo con las mejores intenciones, así que no digo nada; espero que no sea un gran problema para la señora Jen­nings pasar a visitamos, si alguna mañana vie­ne por estos lados;, sería muy amable si lo hiciera, y mis primas estarían orgullosas de co­nocerla. El papel en que escribo me recuerda que ya debo terminar, rogándole que le pre­sente mis más agradecidos y respetuosos re­cuerdos, lo mismo que a sir John y lady Middleton, y a los queridos niños, cuando ten­ga oportunidad de verlos, y mi amor para la señorita Marianne, quedo, etc., etc.

Tan pronto Elinor terminó de leer la carta, lle­vó a cabo lo que, según sus conclusiones, era el verdadero objetivo de quien la había escrito, y la colocó en manos de la señora Jennings, que la leyó en voz alta con profusos comentarios de satisfac­ción y alabanza.

-¡Pero qué bien! ¡Y qué bonito escribe! Sí, pues, eso fue muy correcto, liberarlo del compromiso si él así lo quería. Eso fue muy propio de Lucy. ¡Po­bre criatura! Con todo el corazón querría poder con­seguirle un beneficio... Mire, me llama querida señora Jennings. Es una de las mejores muchachas que existe... Muy bien, le digo. Esa frase está muy bien armada. Sí, sí, por supuesto que iré a verla. ¡Qué atenta, piensa en todo el mundo! Gracias, que­rida, por mostrármela. Es una de las cartas más bo­nitas que yo haya visto, y habla muy bien de la inteligencia y los sentimientos de Lucy.

lunes, 20 de mayo de 2013

SENTIDO Y SENSIBILIDAD XXXVII

La señora Palmer se encontraba tan bien al térmi­no de una quincena, que su madre sintió que ya no era necesario destinarle todo su tiempo a ella; y contentándose con visitarla una o dos veces al día, dio fin a esta etapa para volver a su propio hogar y a sus propias costumbres, encontrando a las señoritas Dashwood muy dispuestas a retomar la parte que habían desempeñado en ellas.
Al tercer o cuarto día tras haberse reinstalado en Berkeley Street, la señora Jennings, recién de vuelta de su visita cotidiana a la señora Palmer, en­tró con un aire de tan apremiante importancia en la sala donde Elinor se encontraba a solas, que ésta se preparó para escuchar algo prodigioso; y tras haberle dado sólo el tiempo necesario para formar­se tal idea, comenzó de inmediato a fundamentar­la diciendo: 
-¡Cielos! ¡Mi querida señorita Dashwood! ¿Supo la noticia?
-No, señora. ¿De qué se trata?
-¡Algo tan extraño! Pero ya le contaré todo. Cuando llegué donde el señor Palmer, encontré a Charlotte armando todo un alboroto en tomo al niño. Estaba segura de que estaba muy enfermo: lloraba y estaba molesto, y estaba todo cubierto de grani­tos. Lo examiné entonces de cerca, y “¡Cielos, que­rida!”, le dije. “No es nada, sólo un sarpullido”, y la niñera dijo lo mismo. Pero Charlotte no, ella no es­taba satisfecha, así que enviaron por el señor Do­novan; y por suerte acababa de llegar de Harley Street, así que fue de inmediato, y apenas vio al niño dijo lo mismo que nosotras, que no era nada sino un sarpullido, y ahí Charlotte se quedó tranquila. Y entonces, justo cuando se iba, me vino a la cabeza, y no sé cómo se me fue a ocurrir pensar en eso, pero se me vino a la cabeza preguntarle si había alguna noticia. Y entonces él puso esa sonrisita afec­tada y tonta, y fingió todo un aire de gravedad, como si supiera esto y lo otro, hasta que al fin susurró: “Por temor a que algún informe desagradable llega­ra a las jóvenes bajo su cuidado sobre la indisposi­ción de su cuñada, creo aconsejable decir que, en mi opinión, no hay motivo de alarma; confío en que la señora Dashwood se recupere perfectamente”.

-¡Cómo! ¿Está enferma Fanny?

-Es lo mismo que yo le dije, querida. “¡Cielos!”, le dije. “¿Está enferma la señora Dashwood?” Y allí salió todo a la luz; y en pocas palabras, según lo que me pude dar cuenta, parece ser esto: el señor Edward Ferrars, el mismísimo joven con quien yo solía hacerle a usted bromas (aunque, como han resultado las cosas, ahora estoy terriblemente con­tenta de que en verdad no hubiera nada de eso), el señor Edward Ferrars, al parecer, ¡ha estado com­prometido desde hace más de un año con mi pri­ma Lucy! ¡Ahí tiene, querida! ¡Y sin que nadie supiera ni una palabra del asunto, salvo Nancy! ¿Lo habría creído posible? No es en absoluto extraño que se gusten, ¡pero que las cosas avanzaran tan­to entre ellos, y sin que nadie lo sospechara! ¡Eso sí que es extraño! Nunca llegué a verlos juntos, o con toda seguridad lo habría descubierto de inme­diato. Bueno, y entonces mantuvieron todo esto muy en secreto por temor a la señora Ferrars, y ni ella ni el hermano de usted ni su cuñada sospe­charon nada de todo el asunto... hasta que esta mis­ma mañana, la pobre Nancy, que, como usted sabe, es una criatura muy bien intencionada, pero nada en el terreno de las conspiraciones, lo soltó todo. “¡Cielos!, pensó para sí, “le tienen tanto cariño a Lucy, que seguro no se opondrán a ello”; y así, vino y se fue donde su cuñada, señorita Dashwood, que estaba sola bordando su tapiz, sin imaginar lo que se le venía encima... porque acababa de decirle a su hermano, apenas hacía cinco minutos, que pen­saba armarle a Edward un casamiento con la hija de algún lord, no me acuerdo cuál. Así que ya pue­de imaginar el golpe que fue para su vanidad y orgullo. 
En seguida le dio un ataque de histeria, con tales gritos que hasta llegaron a oídos de su hermano, que se encontraba en su propio gabine­te abajo, pensando en escribir una carta a su ma­yordomo en el campo. Entonces voló escaleras arriba y allí ocurrió una escena terrible, porque para entonces se les había unido Lucy, sin soñar siquiera lo que estaba pasando. ¡Pobre criatura! La compa­dezco. Y créame, pienso que se comportaron muy duros con ella; su cuñada la reprendió hecha una furia, hasta hacerla desmayarse. 
Nancy, por su par­te, cayó de rodillas y lloró amargamente; y su her­mano se paseaba por la habitación diciendo que no sabía qué hacer. La señora Dashwood dijo que las jóvenes no podrían quedarse ni un minuto más en la casa, y su hermano también tuvo que arro­dillarse para convencerla de que las dejara al me­nos hasta que hubiesen empacado sus ropas. Y entonces ella tuvo otro ataque de histeria, y él es­taba tan asustado que mandó a buscar al señor Donovan, y el señor Donovan encontró la casa toda conmocionada. El carruaje estaba listo en la puer­ta para llevarse a mis pobres primas, y justo esta­ban subiéndose cuando él salió; la pobre Lucy, me contó, estaba en tan malas condiciones que ape­nas podía caminar; y Nancy estaba casi igual de mal. Déjeme decirle que no tengo paciencia con su cuñada; y espero con todo el corazón que se casen, a pesar de su oposición. ¡Dios! ¡Cómo se va a poner el pobre señor Edward cuando lo sepa! 
¡Que hayan maltratado así a su amada! Porque di­cen que la quiere enormemente, con todas sus fuer­zas. ¡No me extrañaría que sintiera la mayor de las pasiones! Y el señor Donovan piensa lo mismo. Conversamos mucho con él sobre esto; y lo mejor de todo es que él volvió a Harley Street, para es­tar a mano cuando se lo dijeran a la señora Fe­rrars, porque enviaron por ella apenas mis primas dejaron la casa y su cuñada estaba segura de que también ella se iba a poner histérica; y bien pue­de ponerse, por lo que a mí me importa. No le tengo compasión a ninguno de ellos. Nunca he co­nocido a gente que haga tanto alboroto por asun­tos de dinero y de grandeza. No hay ningún motivo en el mundo por el que el señor Edward y Lucy no deban casarse; estoy segura de que la señora Ferrars puede permitirse velar muy bien por su hijo; y aunque Lucy personalmente casi no tiene nada, sabe mejor que nadie cómo sacar el mayor prove­cho de cualquier cosa; y yo diría que si la señora Ferrars le asignara aunque fueran quinientas libras anuales, podría hacerlas lucir lo mismo que otra persona haría con ochocientas. ¡Cielos! ¡Qué cómo­dos podrían vivir en una casita como la de ustedes, o un poco más grande, con dos doncellas y dos cria­dos; y creo que yo podría ayudarlos en lo de las doncellas, porque la mía, Betty, tiene una hermana desocupada que les vendría perfectamente!
La señora Jennings finalizó su discurso, y como Elinor tuvo tiempo suficiente para ordenar sus pensamientos, pudo responder y hacer los comen­tarios que se suponía debía despertar en ella el tema en cuestión. Contenta de saber que no era sospechosa de tener ningún interés particular en él y que la señora Jennings (como últimamente va­rias veces le había parecido ser el caso) ya no se la imaginaba encariñada con Edward; y feliz sobre todo porque no estuviera ahí Marianne, se sintió muy capaz de hablar del asunto sin turbarse y dar una opinión imparcial, según creía, sobre la con­ducta de cada uno de los interesados.
No sabía Elinor muy bien cuáles eran en ver­dad sus propias expectativas al respecto, aunque se esforzó seriamente en alejar de ella la idea de que pudiera terminar de otra forma que con el matri­monio de Edward y Lucy. Sí estaba ansiosa de sa­ber lo que diría y haría la señora Ferrars, aunque no cabían muchas dudas en cuanto a su naturaleza, y más ansiosa aún de saber cómo se comportaría Edward. Sentía bastante compasión por él; por Lucy, muy poca... e incluso le costó algo de trabajo pro­curar ese poco; por el resto, ninguna.
Como la señora Jennings no cambiaba de tema, muy pronto Elinor advirtió que sería necesario pre­parar a Marianne para discutirlo. Sin pérdida de tiempo había que desengañarla, ponerla al tanto de la verdad y conseguir que escuchara los comen­tarios de los demás sin revelar ninguna inquietud por su hermana, y tampoco ningún resentimiento hacia Edward.
Penosa era la tarea que debía cumplir Elinor. Iba a tener que destruir lo que en verdad creía ser el principal consuelo de su hermana: dar detalles acerca de Edward que temía lo harían desmerecer para siempre a los ojos de Marianne; y hacer que por el parecido entre sus situaciones, que ante la viva imaginación de ella parecería enorme, debie­ra revivir una vez más su propia desilusión. Pero ingrata como debía ser tal tarea, había que cum­plirla y, en consecuencia, Elinor se apresuró a ha­cerlo.
Lejos estaba de desear detenerse demasiado en sus propios sentimientos o de mostrar que sufría mucho, a no ser que el dominio sobre sí misma que había practicado desde el momento en que supo del compromiso de Edward le indicara que sería útil frente a Marianne. Su relato fue claro y sencillo; y aunque no pudo estar desprovisto de emoción, no fue acompañado ni de agitación vio­lenta ni de arrebatos de dolor. Eso correspondía más a la oyente, porque Marianne escuchó todo horrorizada y lloró sin parar.
 Por lo general, Elinor tenía que consolar a los demás cuando ella estaba afligida tanto como cuando ellos lo estaban; y así, confortó a Marianne al ofrecerle la certidumbre de su propia tranquilidad y una vigorosa defensa de Edward frente a todos los cargos, salvo el de im­prudencia.
Pero Marianne no dio crédito durante un buen rato a ninguno de los argumentos de Elinor. Ed­ward parecía un segundo Willoughby; y si Elinor admitía, como lo había. hecho, que sí lo había ama­do muy sinceramente, ¡cómo podía sentir menos que ella! En cuanto a Lucy Steele, la consideraba tan absolutamente despreciable, tan completamente incapaz de atraer a ningún hombre sensible, que no la iban a poder convencer primero de creer, y después de perdonar, que Edward hubiera sentido antes ningún afecto por ella. Ni siquiera admitía que hubiese sido algo natural; y Elinor abandonó sus esfuerzos, dejando que algún día la convenciera de que así eran las cosas lo único que podía llegar a convencerla: un conocimiento más profundo de la humanidad.
En su primer intento de comunicación, no ha­bía podido ir más allá de establecer el hecho del compromiso y el tiempo que tenía de existencia. Irrumpieron entonces las emociones de Marianne, poniendo fin a todo orden en la descripción de los Pormenores; y durante algunos momentos, todo lo que pudo hacerse fue calmar su aflicción, tranqui­lizar sus temores y combatir su resentimiento. La Primera pregunta que hizo, que abrió el camino a nuevos detalles, fue:

-¿Y hace cuánto tiempo que lo sabes, Elinor? ¿Te ha escrito él?

-Lo he sabido desde hace cuatro meses. Cuan­do Lucy fue por primera vez a Barton Park en no­viembre pasado, me habló en privado de su compromiso.
Ante estas palabras, Marianne expresó con sus ojos lo que sus labios no podían formular. Tras un momento de asombrado silencio, exclamó:

-¡Cuatro meses! ¿Lo has sabido durante cuatro meses?
Elinor lo confirmó.

-¡Cómo! ¿Mientras cuidabas de mí cuando yo estaba sumida en el dolor, tu corazón cargaba con todo esto? ¡Y yo que te he reprochado ser feliz!

-No era conveniente que en esos momentos tú supieras cuán opuesto a eso era mi sentir.

-¡Cuatro meses! -volvió a exclamar Marianne-. ¡Y tú tan tranquila, tan alegre! ¿En qué te has sos­tenido?

-En sentir que estaba cumpliendo mi deber. Mi promesa a Lucy me imponía el secreto. Le debía a ella, entonces, evitar cualquier indicio de la verdad; y le debía a mi familia y a mis amigos evitarles una preocupación por causa mía que no estaría en mis manos solucionar.

Lo anterior pareció sacudir fuertemente a Ma­rianne.

-A menudo he querido sacarte a ti y a mamá del engaño -añadió Elinor-, y una o dos veces he intentado hacerlo; pero sin traicionar la confianza que habían depositado en mí, jamás las habría con­vencido.

-¡Cuatro meses! ¡Y todavía lo amabas!

-Sí, pero no lo amaba sólo a él; y mientras me importara tanto el bienestar de otras personas, me alegraba ahorrarles el conocimiento de lo mucho que sufría. Ahora puedo pensar y hablar de todo ello sin gran emoción. No querría que sufrieras por causa mía; porque te aseguro que yo ya no sufro excesivamente. Tengo muchas cosas en qué apo­yarme. No creo haber causado esta desilusión con ninguna imprudencia mía y la he sobrellevado, en lo que me ha sido posible, sin esparcirla a mi al­rededor. Absuelvo a Edward de toda conducta en esencia impropia. Le deseo mucha felicidad; y estoy tan segura de que siempre cumplirá con su de­ber que, aunque ahora pueda abrigar algún arrepentimiento, a la larga será feliz. Lucy no care­ce de juicio, y ése es el fundamento sobre el que se puede construir todo lo que es bueno. Y des­pués de todo, Marianne, después de lo fascinante que puede ser la idea de un amor único y perma­nente y de todo cuanto pueda ponderarse una fe­licidad que depende por completo de una persona en especial, las cosas no son así... no es adecua­do... no es posible que lo sean. Edward se casará con Lucy; se casará con una mujer superior en as­pecto e inteligencia a la mitad de las personas de su sexo; y el tiempo y la costumbre le enseñarán a olvidar que alguna vez creyó a alguna otra su­perior a ella.

-Si es así como piensas -dijo Marianne-, si pue­de compensarse tan fácilmente la pérdida de lo que es más valioso, tu aplomo y tu dominio sobre ti misma son quizá un poco menos asombrosos. Se acercan más a lo que yo puedo comprender.

-Te entiendo. Supones que mis sentimientos nunca han sido muy fuertes. Durante cuatro me­ses, Marianne, todo esto me ha pesado en la men­te sin haber podido hablar de ello a nadie en el mundo; sabiendo que, cuando lo supieran, tú y mi madre serían enormemente desgraciadas, y aun así impedida de prepararlas para ello ni en lo más mínimo. Me lo contó... de alguna manera me fue impuesto por la misma persona cuyo más antiguo compromiso destrozó todas mis expectativas; y me lo contó, así lo pensé, con aire de triunfo. Tuve, por tanto, que vencer las sospechas de esta per­sona intentando parecer indiferente allí donde mi interés era más profundo. Y no ha sido sólo una vez; una y otra vez he tenido que escuchar sus esperanzas y alegrías. Me he sabido separada de Edward para siempre, sin saber de ni siquiera una circunstancia que me hiciera desear menos la unión. Nada hay que lo haya hecho menos dig­no de aprecio, ni nada que asegure que le soy indiferente. He tenido que luchar contra la mala voluntad de su hermana y la insolencia de su ma­dre, y he sufrido los castigos de querer a alguien sin gozar de sus ventajas. Y todo esto ha estado ocurriendo en momentos en que, como tan bien lo sabes, no era el único dolor que me afligía. Si puedes creerme capaz de sentir alguna vez... con toda seguridad podrías suponer que he sufrido ahora. La tranquila mesura con que actualmente he llegado a tomar lo ocurrido, el consuelo que he estado dispuesta a aceptar, han sido producto de un doloroso esfuerzo; no llegaron por sí mis­mos; en un comienzo no contaba con ellos para aliviar mi espíritu... no, Marianne. Entonces, si no hubiera estado atada al silencio, quizá nada... ni siquiera lo que le debía a mis amigos más queri­dos... me habría impedido mostrar abiertamente que era muy desdichada.

Marianne estaba completamente consternada.
-¡Ay, Elinor! -exclamó-. Me has hecho odiar­me para siempre. ¡Qué desalmada he sido conti­go! Contigo, que has sido mi único consuelo, que me has acompañado en toda mi miseria, ¡que pa­recías sufrir únicamente por mí! ¿Así es como te lo agradezco? ¿Es ésta la única recompensa que pue­do ofrecerte? Porque tu valía me abrumaba, he es­tado intentando desconocerla.

A esta confesión siguieron las más tiernas cari­cias. Dado el estado de ánimo en que se encon­traba ahora, Elinor no tuvo dificultad alguna para obtener de ella todas las promesas que requería; y a pedido suyo, Marianne se comprometió a no to­car nunca el tema con la más mínima apariencia de amargura; a estar con Lucy sin dejar traslucir el menor incremento en el desagrado que sentía por ella; e incluso ,a ver al mismo Edward, si el azar los juntaba, sin disminuir en nada su habitual cor­dialidad. Todas eran grandes concesiones, pero cuando Marianne sentía que había hecho algún daño, nada que pudiera hacer para repararlo le pa­recía demasiado.

Cumplió a la perfección su promesa de ser dis­creta. Prestó atención a todo lo que la señora Jen­nings tenía que decir sobre el tema sin cambiar de color, no discrepó con ella en nada, y tres veces se la escuchó decir “Sí, señora”. Su única reacción al escucharla alabar a Lucy fue cambiar de asien­to, y cuando la señora Jennings mencionó el cari­ño de Edward, tan sólo se le apretó la garganta. Tantos avances en el heroísmo de su hermana hi­cieron que Elinor se sintiera capaz de afrontar todo.
La mañana siguiente las puso nuevamente a prueba con la visita de su hermano, que llegó con un aspecto muy serio a discutir el terrible asunto y traerles noticias de su esposa.

-Habrán escuchado, supongo -les dijo con gran solemnidad, no bien se hubo sentado-, del insóli­to descubrimiento que ayer tuvo lugar bajo nues­tro techo.
Todos hicieron gestos de asentimiento; parecía un momento demasiado atroz para las palabras.

-Mi esposa -continuó- ha sufrido espantosa­mente. También la señora Ferrars... en suma, ha sido una escena muy difícil y dolorosa; pero con­fío en que capearemos la tormenta sin que ningu­no de nosotros resulte demasiado abatido. ¡Pobre Fanny! Estuvo con ataques histéricos todo el día de ayer. Pero no quisiera alarmarlas demasiado. Donovan dice que no hay nada demasiado impor­tante que temer; es de buena constitución y capaz de enfrentarse a cualquier cosa. ¡Lo ha sobrelleva­do con la entereza de un ángel! Dice que no vol­verá a pensar bien de nadie; ¡y no es de extrañar, tras haber sido engañada en esa forma! Recibir tanta ingratitud tras mostrar tanta bondad y entregar tanta confianza. Fue obedeciendo a la generosidad de su corazón que invitó a estas jóvenes a su casa; simplemente porque pensó que se merecían algu­nas atenciones, que eran unas muchachas inofen­sivas y bien educadas y que serian una compañía agradable; porque por otra parte ambos deseábamos enormemente haberte invitado a ti y a Marianne a quedarse con nosotros, mientras la gentil amiga donde se están quedando ahora atendía a su hija. ¡Y ahora verse así recompensados! “Con todo el corazón”, dice la pobre Fanny con su modo afec­tuoso, “querría que hubiéramos invitado a tus her­manas en vez de a ellas”.
Hizo en este momento una pausa, esperando los agradecimientos del caso; y habiéndolos obte­nido, continuó.

-Lo que sufrió la pobre señora Ferrars cuando Fanny se lo contó, es indescriptible. Mientras ella, con el más sincero afecto, había estado planifican­do la unión más conveniente para él, ¡cómo supo­ner que todo el tiempo él había estado compro­metido con otra persona! ¡No se le habría pasado por la mente sospechar algo así! Y si hubiera sos­pechado la existencia de cualquier predisposición de parte de él, no la hubiera buscado por ese lado. “Ahí, se los aseguro”, dijo, “me habría sentido a salvo”. Ha sido una verdadera agonía para ella. Conversamos entre nosotros, entonces, sobre lo que debía hacerse, y finalmente ella decidió enviar por Edward. El acudió. Pero me es muy triste contar­les lo que siguió. Todo lo que la señora Ferrars pudo decir para inducirlo a poner fin al compro­miso, reforzado, como pueden suponer, por mis argumentos y los ruegos de Fanny, resultó inútil. El deber, el cariño, todo lo desestimó. Nunca ha­bía pensado que Edward fuese tan obstinado, tan insensible. Su madre le explicó los generosos pro­yectos que tenía para él, en caso de que se casase con la señorita Morton; le dijo que le traspasaría las propiedades de Norfolk, las cuales, descontan­do las contribuciones, producen sus buenas mil li­bras al año; incluso le ofreció, cuando las cosas se pusieron desesperadas, subirlo a mil doscientas; y por el contrario, si persistía en esta unión tan des­ventajosa, le describió las inevitables penurias que acompañarían su matrimonio. Le insistió en que las dos mil libras de que personalmente dispone se­rían todo su haber; no lo volvería a ver nunca más; y estaría tan lejos de prestarle la menor ayuda, que si él fuera a asumir cualquier profesión con miras a obtener un mejor ingreso, haría todo lo que es­tuviera en su poder para impedirle progresar en ella.
Ante esto, Marianne, en un arrebato de indig­nación, golpeó sus manos exclamando:
-¡Dios bendito! ¡Cómo es posible!

-Bien puede extrañarte, Marianne -replicó su hermano-, la obstinación capaz de resistir argumen­tos como ésos. Tu exclamación es absolutamente natural.

Marianne iba a replicar, pero recordó sus pro­mesas, y se abstuvo.

-Todos estos esfuerzos, sin embargo -continuó él-, fueron en vano. Edward dijo muy poco; pero cuando habló, lo -hizo de la manera más decidida. Nada podría convencerlo de renunciar a su com­promiso. Cumpliría con él, sin importar el costo.

-Entonces -exclamó la señora Jennings con brusca sinceridad, incapaz de seguir guardando si­lencio-, ha actuado como un hombre honesto. Le ruego me perdone, señor Dashwood, pero si él hubiera hecho otra cosa, habría pensado que era un truhán. En algo me incumbe este asunto, al igual que a usted, porque Lucy Steele es prima mía, y creo que no hay mejor muchacha en el mundo, ni otra más merecedora de un buen esposo.

John Dashwood no cabía en sí- de asombro; pero era tranquilo por naturaleza, poco dado a irri­tarse, y nunca tenía intenciones de ofender a na­die, en especial a nadie con dinero. Fue así que replicó, sin ningún resentimiento:

-Por ningún motivo hablaría yo sin respeto de algún familiar suyo, señora. La señorita Lucy Steele es, me atrevería a decir, una joven muy meritoria, pero en el caso actual, debe saber usted que la unión es imposible. Y haberse comprometido en secreto con un joven entregado al cuidado de su tío, especialmente el hijo de una mujer-de tan gran fortuna como la señora Ferrars, quizá es, conside­rado en conjunto, un poquito extraordinario. En pocas palabras, no es mi intención desacreditar el comportamiento de nadie a quien usted estime, se­ñora Jennings. Todos le deseamos la mayor felici­dad a su prima, y la conducta de la señora Ferrars ha sido en todo momento la que adoptaría cual­quier madre buena y consciente en parecidas cir­cunstancias. Se ha comportado con dignidad y generosidad. Edward ha echado sus propias suer­tes, y temo que le van a salir mal.

Marianne expresó con un suspiro un temor se­mejante; y a Elinor se le encogió el corazón al pen­sar en los sentimientos de Edward mientras desafiaba las amenazas de su madre por una mujer que no podía recompensarlo.

-Bien, señor -dijo la señora Jennings-, ¿y cómo terminó todo?

-Lamento decir, señora, que con la más desdi­chada ruptura: Edward ha perdido para siempre la consideración de su madre. Ayer abandonó su casa, pero ignoro a dónde se ha ido o si está todavía en la ciudad; porque, por supuesto, nosotros no po­demos preguntar nada.

-¡Pobre joven! ¿Y qué va a ser de él?

-Sí, por cierto, señora. Qué triste es pensarlo. ¡Nacido con la expectativa de tanta riqueza! No pue­do imaginar una situación más deplorable. Los in­tereses de dos mil libras, ¡cómo va a vivir una persona con eso! Y cuando, además, se piensa que, de no haber sido por su propia locura en tres me­ses más habría recibido dos mil quinientas libras anuales (puesto que la señorita Morton posee trein­ta mil libras), no puedo imaginar situación más fu­nesta. Todos debemos tenerle lástima; y más aún considerando que ayudarlo está totalmente fuera de nuestro alcance.

-¡Pobre joven! -exclamó la señora Jennings Les aseguro que de muy buen grado le daría alo­jamiento y comida en mi casa; y así se lo diría, si pudiera verlo. No está bien que tenga que costearse todo solo ahora, viviendo en posadas y tabernas.
Elinor le agradeció íntimamente por su bondad hacia Edward, aunque no podía evitar sonreír ante la manera en que era expresada.

-Si tan sólo hubiese hecho por sí mismo -dijo John Dashwood- lo que sus amigos estaban dis­puestos a hacer por él, estaría ahora en la situa­ción que le corresponde y nada le habría faltado. Pero tal como son las cosas, ayudarlo está fuera del alcance de nadie. Y hay algo más que se está preparando en su contra, peor que todo lo ante­rior: su madre ha decidido, empujada por un esta­do de ánimo muy entendible, asignar de inmediato a Robert las mismas propiedades que, en las con­diciones- adecuadas, habrían sido de Edward. La dejé esta mañana con su abogado, hablando de este asunto.

-¡Bien! dijo la señora Jennings-, ésa es su venganza. Cada uno lo hace a su manera. Pero no creo que yo me vengaría dando independencia econó­mica a un hijo porque el otro me había fastidiado.

Marianne se levantó y salió de la habitación.

-¿Puede haber algo más mortificante para el espíritu de un hombre -continuó John- que ver a su hermano menor dueño de una propiedad que podría haber sido suya? ¡Pobre Edward! Lo com­padezco sinceramente.

Tras algunos minutos más entregado al mis­mo tipo de expansiones, terminó su visita; y ase­gurándoles repetidas veces a sus hermanas que no había ningún peligro grave en la indisposición de Fanny y que, por lo tanto no debían preocu­parse por ella, se fue, dejando a las tres damas con unánimes sentimientos sobre los sucesos del momento, al menos en lo que tocaba a la con­ducta de la señora Ferrars, la de los Dashwood y la de Edward.
La indignación de Marianne estalló no bien su hermano dejó la habitación; y como su vehemen­cia hacía imposible la discreción de Elinor e inne­cesaria la de la señora Jennings, las tres se unieron en una muy animada crítica de todo el grupo.

viernes, 3 de mayo de 2013

SENTIDO Y SENSIBILIDAD XXXVI


Pocos días después de esta reunión, los periódicos anunciaron al mundo que la esposa de Thomas Pal­mer, Esq., había dado a luz sin contratiempos a un hijo y heredero; un párrafo muy interesante y satis­factorio, al menos para todos los conocidos cerca­nos que ya estaban enterados de la noticia.

Este suceso, de gran importancia para la felici­dad de la señora Jennings, produjo una alteración pasajera en la distribución de su tiempo y afectó en forma parecida los compromisos de sus jóve­nes amigas; pues, como deseaba estar lo más po­sible con Charlotte, iba a verla todas las mañanas apenas se vestía, y no volvía hasta el atardecer; y las señoritas Dashwood, por pedido especial de los Middleton, pasaban todo el día en Conduit Street. Si hubiera sido por su propia comodidad, habrían preferido quedarse, al menos durante las mañanas, en la casa de la señora Jennings; pero no era esto algo que se pudiera imponer en contra de los de­seos de todo el mundo. Sus horas fueron traspasa­das entonces a lady Middleton y a las dos señoritas Steele, para quienes el valor de su compañía era tan escaso como grande era el afán con que apa­rentaban buscarla.

Las Dashwood eran demasiado lúcidas para ser buena compañía para la primera; y para las últi­mas eran motivo de envidia, pues las considera­ban intrusas en sus territorios, partícipes de la amabilidad que ellas deseaban monopolizar. Aun­que nada había más cortés que el trato de lady Middleton hacia Elinor y Marianne, en realidad no le gustaban en absoluto. 
Como no la adulaban ni a ella ni a sus niños, no podía creer que fueran de buen natural; y como eran aficionadas a la lectura, las imaginaba satíricas: quizá no sabía exactamen­te qué era ser satírico, pero eso carecía de impor­tancia. En el lenguaje común implicaba una censura, y la aplicaba sin mayor cuidado.

Su presencia coartaba tanto a lady Middleton como a Lucy. Restringían el ocio de una y la ocu­pación de la otra. Lady Middleton se sentía aver­gonzada frente a ellas por no hacer nada; y Lucy temía que la despreciaran por ofrecer las lisonjas que en otros momentos se enorgullecía de idear y administrar. La señorita Steele era la menos afecta­da de las tres por la presencia de Elinor y Marian­ne, y sólo dependía de éstas que la aceptara por completo. Habría bastado con que una de las dos le hiciera un relato completo y detallado de todo lo ocurrido entre Marianne y el señor Willoughby, para que se hubiera sentido ampliamente recom­pensada por el sacrificio de cederles el mejor lu­gar junto a la chimenea después de la cena, gesto que la llegada de las jóvenes exigía. Pero esta oferta conciliatoria no le era otorgada, pues aunque a menudo lanzaba ante Elinor expresiones de pie­dad por su hermana, y más de una vez dejó caer frente a Marianne una reflexión sobre la -incons­tancia de los galanes, no producía ningún efecto más allá de una mirada de indiferencia de la pri­mera o de disgusto en la segunda. Con un esfuer­zo menor aún, se habrían ganado su amistad. ¡Si tan sólo le hubieran hecho bromas a causa del re­verendo Davies! Pero estaban tan poco dispuestas, igual que las demás, a complacerla, que si sir John cenaba fuera de casa podía pasar el día completo sin escuchar ninguna otra chanza al respecto sino las que ella misma tenía la gentileza de dirigirse.

Todos estos celos y sinsabores, sin embargo, pasaban tan totalmente inadvertidos para la seño­ra Jennings, que creía que estar juntas era algo que encantaba a las muchachas; y así, cada noche feli­citaba a sus jóvenes amigas por haberse librado de la compañía de una anciana estúpida durante tan­to rato. Algunas veces se les unía donde sir John y otras en su propia casa; pero dondequiera que fue­se, siempre llegaba de excelente ánimo, llena de júbilo e importancia, atribuyendo el bienestar de Charlotte a los cuidados que ella le había prodiga­do y lista para darles un informe tan exacto y de­tallado de la situación de su hija, que sólo la curiosidad de la señorita Steele podía desear. Ha­bía una cosa que la inquietaba, y sobre ella se que­jaba a diario. El señor Palmer persistía en la opinión tan extendida entre su sexo, pero tan poco pater­nal, de que todos los recién nacidos eran iguales; y aunque ella percibía con toda claridad en distin­tos momentos la más asombrosa semejanza entre este niño y cada uno de sus parientes por ambos lados, no había forma de convencer de ello a su padre, ni de hacerlo reconocer que no era exacta­mente como cualquier otra criatura de la misma edad; ni siquiera se lo podía llevar a admitir la sim­ple afirmación de que era el niño más hermoso del mundo.

Llego ahora al relato de un infortunio que por esta época sobrevino a la señora de John Dashwood. Ocurrió que durante la primera visita que le hicie­ron sus dos cuñadas junto a la señora Jennings en Harley Street, otra de sus conocidas llegó inespe­radamente, circunstancia que, en sí misma, apa­rentemente no podía causarle ningún mal. Pero mientras la gente se deje arrastrar por su imagina­ción para formarse juicios errados sobre nuestra conducta y la califique basándose en meras apa­riencias, nuestra felicidad estará siempre, en una cierta medida, a merced del azar. 
En esta ocasión, la dama que había llegado al último dejó que su fantasía excediera de tal manera la verdad y la pro­babilidad, que el solo escuchar el nombre de las señoritas Dashwood y entender que eran herma­nas del señor Dashwood, la llevó a concluir de in­mediato que se estaban alojando en Harley Street; Y. esta mala interpretación produjo como resultado, uno o dos días después, tarjetas de invitación para ellas, al igual que para su hermano y cuña­da, a una pequeña velada musical en su casa. La consecuencia de esto fue que la señora de John Dashwood debió someterse no sólo a la enorme incomodidad de enviar su carruaje a buscar a las señoritas Dashwood, sino que, peor aún, debió so­portar todo el desagrado de parecer hacerles algu­na atención: 
¿quién podría asegurarle que no iban a esperar salir con ella una segunda vez? 
Es ver­dad que siempre tendría en sus manos el poder para frustrar sus expectativas. Pero ello no era su­ficiente, porque cuando las personas se empeñan en una forma de conducta que saben equivocada, se sienten agraviadas cuando se espera algo mejor de ellas.

Marianne, entretanto, se vio llevada de manera tan paulatina a aceptar salir todos los días, que ha­bía llegado a serle indiferente ir a algún lugar o no hacerlo; se preparaba callada y mecánicamente para cada uno de los compromisos vespertinos, aunque sin esperar de ellos diversión alguna, y muy a menudo sin saber hasta el último momento adón­de la llevarían.

Se había vuelto tan indiferente a su vestimenta y apariencia, que en todo el tiempo que dedicaba a su arreglo no les prestaba ni la mitad de la aten­ción que recibían de la señorita Steele en los pri­meros cinco minutos que estaban juntas, después de estar lista. Nada escapaba a su minuciosa ob­servación y amplia curiosidad; veía todo y pregun­taba todo; no quedaba tranquila hasta saber el precio de cada parte del vestido de Marianne; po­dría haber calculado cuántos trajes tenía mejor que la misma Marianne; y no perdía las esperanzas de descubrir antes de que se dejaran de ver, cuánto gastaba semanalmente en lavado y de cuánto dis­ponía al año para sus gastos personales. Más aún, la impertinencia de este tipo de escrutinios se veía coronada por lo general con un cumplido que, aun­que pretendía ir de añadidura al resto de los hala­gos, era recibido por Marianne como la mayor impertinencia de todas; pues, tras ser sometida a un examen que cubría el valor y hechura de su vestido, el color de sus zapatos y su peinado, es­taba casi segura de escuchar que “a fe suya se veía de lo más elegante, y apostaría que iba a hacer muchísimas conquistas”.
Con estas animosas palabras fue despedida Ma­rianne en la actual ocasión mientras se dirigía al ca­rruaje de su hermano, el cual estaban listas para abordar cinco minutos después de tenerlo ante su puerta, puntualidad no muy grata a su cuñada, que las había precedido a la casa de su amiga y espera­ba allí alguna demora de parte de las jóvenes que pudiera incomodarla a ella o a su cochero.
Los acontecimientos de esa noche no tuvieron nada de extraordinario. La reunión, como todas las veladas musicales, incluía a una buena cantidad de personas que encontraba real placer en el espec­táculo, y muchas más que no obtenían ninguno; y, como siempre, los ejecutantes eran, en su pro­pia opinión y en la de sus amigos íntimos, los me­jores concertistas privados de Inglaterra.

Como Elinor no tenía talentos musicales, ni pre­tendía tenerlos, sin grandes escrúpulos desviaba la mirada del gran piano cada vez que deseaba ha­cerlo, y sin que ni la presencia de un arpa y un violoncelo se le impidieran, contemplaba a su gusto cualquier otro objeto de la estancia. En una de es­tas miradas errabundas, vio en el grupo de jóve­nes al mismísimo de quien habían escuchado toda una conferencia sobre estuches de mondadientes en Gray's. Poco después lo vio mirándola a ella, y hablándole a su hermano con toda familiaridad; y acababa de decidir que averiguaría su nombre con este último, cuando ambos se le acercaron y el se­ñor Dashwood se lo presentó como el señor Ro­bert Ferrars
.
Se dirigió a ella con desenvuelta cortesía y tor­ció su cabeza en una inclinación que le hizo ver tan claramente como lo habrían hecho las palabras, que era exactamente el fanfarrón que le había des­crito Lucy. Habría sido una suerte para ella si su afecto por Edward dependiera menos de sus pro­pios méritos que del mérito de sus parientes más cercanos. Pues en tales circunstancias la inclinación de cabeza de su hermano le habría dado el toque final a lo que el mal humor de su madre y herma­na habrían comenzado. Pero mientras reflexiona­ba con extrañeza sobre la diferencia entre los dos jóvenes, no le ocurrió que la vacuidad y presun­ción de uno le quitara toda benevolencia de juicio hacia la modestia y valía del otro. Por supuesto que eran diferentes, le explicó Robert al describirse a sí mismo en el transcurso del cuarto de hora de conversación que mantuvieron; refiriéndose a su hermano, lamentó la extremada gaucherie que, en su verdadera opinión, le impedía alternar en la bue­na sociedad, atribuyéndola imparcial y generosa­mente mucho menos a una falencia innata que a la desgracia de haber sido educado por un precep­tor particular; mientras que en su caso, aunque pro­bablemente sin ninguna superioridad natural o material en especial, por la sencilla razón de ha­ber gozado de las ventajas de la educación priva­da, estaba tan bien equipado como el que más para incursionar en el mundo.

-A fe mía -añadió-, creo que de eso se trata todo, y así se lo digo a menudo a mi madre cuan­do se lamenta por ello. “Mi querida señora”, le digo siempre, “no debe seguir preocupándose. El daño ya es irreparable, y ha sido por completo obra suya. ¿Por qué se dejó persuadir por mi tío, sir Robert, en contra de su propio juicio, de colocar a Edward en manos de un preceptor particular en el momen­to más crítico de su vida? Si tan sólo lo hubiera enviado a Westminster como lo hizo conmigo, en vez de enviarlo al establecimiento del señor Pratt, todo esto se habría evitado”. Así es como siempre considero todo este asunto, y mi madre está com­pletamente convencida de su error.

Elinor no contradijo su opinión, puesto que, más allá de lo que creyera sobre las ventajas de la educación privada, no podía mirar con ningún tipo de beneplácito la estada de Edward en la familia del señor Pratt.

-Creo que ustedes viven en Devonshire -fue su siguiente observación-, en una casita de cam­po cerca de Dawlish.
Elinor lo corrigió en cuanto a la ubicación, y a él pareció sorprenderle que alguien pudiera vivir en Devonshire sin vivir cerca de Dawlish. Le otor­gó, sin embargo, su más entusiasta aprobación al tipo de casa de que se trataba.

-Por mi parte -dijo-, me fascinan las casas de campo; tienen siempre tanta comodidad, tanta ele­gancia. Y, lo prometo, si tuviera algún dinero de so­bra, compraría un pequeño terreno y me construiría una, cerca de Londres, adonde pudiera ir en cual­quier momento, reunir a unos pocos amigos en tor­no mío y ser feliz. A todo el que piensa edificar algo, le aconsejo que construya una pequeña casa de cam­po. Un amigo, lord Courtland, se me acercó hace algunos días con el propósito de solicitar mi conse­jo, y me presentó tres proyectos de Bonomi.* Yo debía elegir el mejor de ellos. “Mi querido Court­land”, le dije de inmediato, arrojando los tres al fue­go, “no aceptes ninguno de ellos, y de todas maneras constrúyete una casita de campo”. Y creo que con eso se dijo todo. Algunos piensan que allí no ha­bría comodidades, no habría holgura, pero están to­talmente equivocados. El mes pasado estuve donde mi amigo Elliott, cerca de Dartford. Lady Elliott de­seaba ofrecer un baile. “Pero, ¿cómo hacerlo?”, me dijo. “Mi querido Ferrars, por favor dígame cómo organizarlo. No hay ni una sola pieza en esta casita donde quepan diez parejas, ¿y dónde puede servir­se la cena?” Yo advertí de inmediato que no habría ninguna dificultad para ello, así que le dije: “Mi que­rida lady Elliott, no se preocupe. En el comedor ca­ben dieciocho parejas con toda facilidad; se pueden colocar mesas para naipes en la salita; puede abrir­se la biblioteca para servir té y otros refrescos; y haga servir la cena en el salón”. A lady Elliott le encantó la idea. Medimos el comedor y vimos que daba ca­bida justo a dieciocho parejas, y todo se dispuso pre­cisamente según mi plan. De hecho, entonces, puede ver que basta saber arreglárselas para disfrutar de las mismas comodidades en una casita de campo o en la mansión más amplia.

Elinor concordó con todo ello, porque no creía que él mereciera el cumplido de una oposición ra­cional.
Como John Dashwood disfrutaba tan poco con la música como la mayor de sus hermanas, tam­bién había dejado a su mente en libertad de diva­gar; y fue así que esa noche se le ocurrió una idea que, al volver a casa, sometió a la aprobación de su esposa. La reflexión sobre el error de la señora Dennison al suponer que sus hermanas estaban hospedadas con ellos le había sugerido lo apropia­do que sería tenerlas realmente como huéspedes mientras los compromisos de la señora Jennings la mantenían alejada del hogar. El gasto sería insigni­ficante, y no mucho más los inconvenientes; y era, en suma, una atención que la delicadeza de su con­ciencia le señalaba como requisito para liberarse por completo de la promesa hecha a su padre. Fan­ny se sobresaltó ante esta propuesta.

-No veo cómo podría hacerse dijo-, sin ofen­der a lady Middleton, puesto que pasan todos los días con ella; de no ser así, me complacería mucho hacerlo. Sabes bien que siempre estoy dispuesta a brindarles todas las atenciones que me son posibles, y así lo demuestra el hecho de haberlas llevado con­migo esta noche. Pero son invitadas de lady Middle­ton. ¿Cómo puedo pedirles que la dejen?

Su esposo, aunque con gran humildad, no veía que sus objeciones fueran convincentes.

-Ya ha pasado una semana de esta forma en Conduit Street, y a lady Middleton no le disgusta­ría que ellas les dieran la misma cantidad de días a parientes tan cercanos.
Fanny hizo una breve pausa y luego, con re­novado vigor, dijo:

-Amor mío, se lo pediría de todo corazón, si estuviera en mi poder hacerlo. Pero acababa de decidir para mí misma pedir a las señoritas Steele que pasaran unos pocos días conmigo. Son unas jovencitas muy educadas y buenas; y pienso que les debemos esta atención, considerando lo bien que se portó su tío con Edward. Verás que pode­mos invitar a tus hermanas algún otro año; pero puede que las señoritas Steele ya no vuelvan a ve­nir a la ciudad. Estoy segura de que te gustarán; de hecho, ya sabes que sí te gustan, y mucho, y lo mismo a mi madre; ¡y a Harry le gustan tanto!

El señor Dashwood se convenció. Entendió la necesidad de invitar a las señoritas Steele de in­mediato, mientras la decisión de invitar a sus her­manas algún otro año tranquilizaba su conciencia; al mismo tiempo, sin embargo, tenía la sagaz sos­pecha de que otro año haría innecesaria la invita­ción, ya que traería a Elinor a la ciudad como esposa del coronel Brandon, y a Marianne como huésped de ellos.

Fanny, regocijándose por su escapada y orgu­llosa del rápido ingenio que se la había facilitado, le escribió a Lucy la mañana siguiente, solicitán­dole su compañía y la de su hermana durante al­gunos días en Harley Street apenas lady Middleton pudiera prescindir de ellas. Ello fue suficiente para hacer a Lucy verdadera y razonablemente feliz. ¡La señora Dashwood parecía estar personalmente dis­poniendo las cosas en su favor, alimentando sus esperanzas, favoreciendo sus intenciones! Una opor­tunidad tal de estar con Edward y su familia era, por sobre todas las cosas, de la mayor importan­cia para sus intereses; y la invitación, lo más grato que podía haber para sus sentimientos. Era una oportunidad frente a la cual todo agradecimiento parecía pobre, e insuficiente la velocidad con que se la aprovechara; y respecto de la visita a lady Middleton, que hasta ese momento no había teni­do límites precisos,- repentinamente se descubrió que siempre había estado pensada para terminar en dos días más.

Cuando a los diez minutos de haberla recibido le mostraron a Elinor la nota, debió compartir por primera vez parte de las expectativas de Lucy; tal muestra de desacostumbrada gentileza, dispensa­da a tan poco tiempo de conocerse, parecía anun­ciar que la buena voluntad hacia Lucy se originaba en algo más que una mera inquina hacia ella, y que el tiempo y la cercanía podrían llegar a secun­dar a Lucy en todos sus deseos. Sus adulaciones ya habían subyugado el orgullo de lady Middleton y encontrado el camino hacia el frío corazón de la señora de John Dashwood; y tales resultados am­pliaban las probabilidades de otros mayores aún.

Las señoritas Steele se trasladaron a Harley Street, y todo cuanto llegaba a Elinor sobre su influencia allí la hacía estar más a la expectativa del aconteci­miento. Sir John, que las visitó más de una vez, tra­jo noticias asombrosas para todos sobre el favor en que se las tenía. La señora Dashwood jamás en toda su vida había encontrado a ninguna joven tan agra­dable como a ellas; le había regalado a cada una un acerico, hecho por algún emigrado; llamaba a Lucy por su nombre de pila, y no sabía si alguna vez iba a poder separarse de ellas.