miércoles, 12 de junio de 2013

SENTIDO Y SENSIBILIDAD XXXIX

Las señoritas Dashwood llevaban ya algo más de dos meses en la ciudad, y la impaciencia de Marianne por irse aumentaba de día en día. 
Marianne
Añoraba el aire, la libertad, la tranquilidad del campo; y se imagina­ba que si algún lugar podía traerle paz, ese lugar era Barton. 
No era menor la ansiedad de Elinor, cuyo deseo de partir de inmediato era menor al de Ma­riano sólo en la medida en que estaba consciente de las dificultades de un viaje tan largo, algo que la última se negaba a admitir. No obstante, comenzó a pensar seriamente en llevarlo a cabo, y ya había mencionado sus deseos a su gentil anfitriona, que se resistió a ellos con toda la elocuencia de su bue­na voluntad, cuando surgió una posibilidad que, aun­que aún las mantenía lejos del hogar durante algunas semanas más, en conjunto le pareció a Elinor mu­cho más conveniente que ningún otro plan. Los Pal­mer se irían a Cleveland más o menos a fines de marzo, por Pascua de Resurrección; y la señora Jen­nings, junto a sus dos amigas, recibieron una muy cálida invitación de Charlotte para acompañarlos. En sí mismo, este ofrecimiento no habría sido suficien­te para la delicadeza de la señorita Dashwood; pero como fue respaldado por una muy real cortesía de parte del señor Palmer, y a ello se sumó la enorme mejoría que había experimentado su trato hacia ellas desde que se supo que su hermana pasaba por mo­mentos muy desdichados, pudo aceptarlo con gran placer.
Cuando le dijo a Marianne lo que había hecho, sin embargo, la primera a reacción que tuvo no fue muy auspiciosa.

-¡Cleveland! -exclamó muy agitada-. No, no puedo ir a Cleveland.

-Te olvidas -le respondió Elinor gentilmente ­que la casa de Cleveland no está... que no está en las vecindades de...
-Pero es en Somersetshire... Yo no puedo ir a Somersetshire... Ahí, adonde tanto deseé ir... No, Elinor, no puedes pretender que vaya allá.

Elinor no quiso discutir sobre la conveniencia de superar tales sentimientos; se limitó a esforzar­se en contrarrestarlos recurriendo a otros; y, así, le pintó ese viaje como una forma de fijar el plazo en que podrían volver donde su querida madre, a quien tanto deseaba ver, de la manera más conve­niente y cómoda, y quizá sin gran tardanza. Des­de Cleveland, que estaba a unas pocas millas de Bristol, la distancia a Barton no era más de un día de viaje, aunque fuera un largo día; y el criado de su madre podía fácilmente ir ahí para acompañar­las; y como no tendrían que quedarse en Cleve­land más de una semana, podrían estar de vuelta en casa en poco más de tres semanas a contar de ese momento. Como el cariño de Marianne por su madre era sincero, debía vencer, con muy pocas dificultades, los males imaginarios que ella había puesto en acción.

La señora Jennings estaba tan lejos de sentirse hastiada de sus huéspedes, que las instó con gran vehemencia a que volvieran con ella a su casa des­de Cleveland. Elinor le agradeció la atención, pero ésta no consiguió cambiar sus planes; y con el in­mediato acuerdo de su madre, tomaron todas las providencias necesarias para volver al hogar en las mejores condiciones posibles; y Marianne encon­tró un cierto alivio en poner por escrito las horas que aún la separaban de Barton.

-¡Ah, coronel! No sé qué haremos, usted y yo, sin las señoritas Dashwood -fueron las palabras que le dirigió la señora Jennings la primera vez que él la visitó tras haberse fijado la partida de Elinor y Marianne-, porque están decididas a volver a su casa desde donde los Palmer; ¡y qué solitarios es­taremos cuando yo vuelva acá! ¡Dios! Nos sentare­mos a mirarnos con la boca abierta, más aburridos que un par de gatos.

Quizá la señora Jennings tenía la esperanza de que este expresivo boceto de su futuro hastío lo incitara a hacer esa proposición que le permitiría liberarse de tal destino; y si así era, poco después tuvo motivos para pensar que había logrado su ob­jetivo; pues al acercarse Elinor a la ventana para tomar de manera más expedita las medidas de un grabado que iba a copiar para su amiga, él la si­guió con una mirada particularmente significativa y conversó con ella durante varios minutos. Tam­poco el efecto que tuvo esta conversación en la joven escapó a la observación de la señora Jen­nings, pues aunque era demasiado digna para es­tar escuchando, e incluso para no escuchar se había cambiado de lugar a uno cercano al piano donde Marianne estaba tocando, no pudo evitar ver que Elinor mudaba de color, escuchaba con gran agi­tación y estaba demasiado concentrada en lo que él decía para seguir con su labor. Confirmando aún más sus esperanzas, en el intervalo en que Marian­ne cambiaba de una lección a otra no pudo evitar que llegaran a sus oídos algunas de las palabras del coronel, con las cuales parecía estar excusán­dose por el mal estado de su casa. Esto eliminó toda duda en ella. Le extrañó, es cierto, que él pen­sara que ello era necesario, pero supuso que sería la etiqueta correcta. No pudo distinguir la respuesta de Elinor, pero a juzgar por el movimiento de sus labios, parecía pensar que ésa no era una objeción de peso; y la señora Jennings la alabó en su cora­zón por su honestidad. Siguieron hablando luego sin que pudiera captar ni una palabra más, cuan­do otra afortunada pausa en la ejecución de Ma­rianne le hizo llegar estas palabras en la tranquila voz del coronel:
-Temo que no pueda realizarse muy pronto.
Atónita y espantada ante palabras tan poco pro­pias de un enamorado, estuvo casi a punto de ex­clamar a viva voz, “¡Dios! ¡Y qué trabas podría haber!”; pero frenando su impulso, se limitó a ex­clamar para sí: “¡Qué extraño! Seguro que no ne­cesita esperar a ser más viejo”.
Esta tardanza de parte del coronel, sin embar­go, no pareció ofender ni mortificar en lo más mí­nimo a su hermosa compañera, pues cuando poco después terminaban de conversar y se separaban en distintas direcciones, la señora Jennings escu­chó claramente a Elinor diciendo, con voz que mostraba que sentía lo que decía:

-Para siempre me sentiré en deuda con usted.
La señora Jennings se sintió encantada ante esta muestra de gratitud, y tan sólo se extrañó de que el coronel, tras escuchar tales palabras, pudiera des­pedirse, según lo hizo de inmediato, con la mayor sangre fría, ¡y marcharse sin responderle nada! Ja­más habría pensado que su viejo amigo sería un pretendiente tan poco entusiasta.

Lo que realmente hablaron entre ellos, fue como sigue:
-He sabido -dijo él, con enorme piedad- de la injusticia cometida con su amigo, el señor Fe­rrars, por su familia; si estoy en lo cierto, lo han proscrito completamente por persistir en su com­promiso con una joven muy meritoria. ¿Se me ha informado bien? ¿Es así?

Elinor le respondió que así era.
-La crueldad, la grosera crueldad -replicó él, con gran emoción- de dividir, o intentar dividir a dos jóvenes que se quieren, es terrible. La señora Ferrars no sabe lo que puede estar haciendo, a lo que puede llevar a su hijo. Dos o tres veces he visto al señor Ferrars en Harley Street, y me agra­da mucho. No es un joven al que se pueda llegar a conocer íntimamente en poco tiempo, pero lo he visto lo suficiente para desearle el bien por sus pro­pios méritos, y en cuanto amigo suyo, se lo deseo aún más. Entiendo que desea ordenarse. ¿Tendría la bondad de decirle que el beneficio de Delaford, que acaba de quedar vacante, según me han in­formado en el correo de hoy, es suyo si cree que vale la pena aceptarlo? Aunque, quizá, en las des­afortunadas circunstancias en que ahora se encuen­tra parecería insensato dudarlo. Sólo desearía que el beneficio fuera de mayor valor. Es una rectoría, pero pequeña; creo que el último titular no hacía más de doscientas libras al año, y aunque por su­puesto puede mejorar, temo que no en la canti­dad que le permitiría al señor Ferrars un ingreso muy holgado. No obstante, en las actuales circuns­tancias tendré mucho gusto en presentarlo. Por fa­vor, dígaselo.
El asombro de Elinor ante este encargo difícil­mente habría sido mayor si el coronel en verdad le hubiera estado ofreciendo matrimonio. Tan sólo dos días atrás había pensado que Edward no tenía esperanza alguna de conseguir el cargo que le per­mitiría casarse, y ahora era suyo; ¡y ella, nada me­nos que ella, era la encargada de hacérselo saber! Su emoción fue grande, aunque la señora Jennings la hubiera atribuido a otra causa; y aun si en ella se mezclaban pequeños sentimientos menos puros, menos agradables, también sentía una enorme gra­titud y aprecio, que expresó en cálidas palabras, por la general benevolencia y los especiales senti­mientos de amistad que habían llevado al coronel a realizar ese gesto. Se lo agradeció de todo cora­zón, elogió ante él los principios y disposición de Edward de la manera en que creía se lo merecían, y prometió llevar a cabo el encargo con gran pla­cer, si en verdad era su deseo dar a otra persona una tarea tan agradable. Pero, al mismo tiempo, no pudo evitar pensar que nadie la cumpliría mejor que él. Era, en pocas palabras, una misión de la cual le habría gustado verse libre, por no infligir a Edward el dolor de recibir un favor de ella; pero el coronel Brandon, a quien guiaba idéntica deli­cadeza para preferir no hacerlo él mismo, parecía tan empeñado en que ella se hiciera cargo, que de ninguna manera quiso Elinor negarse. Pensaba que Edward aún se encontraba en la ciudad, y por for­tuna le había escuchado su dirección a la señorita Steele. Podía, entonces, cumplir con informarlo ese mismo día. Tras haberse acordado esto, el coronel Brandon comenzó a hablar de las ventajas que para él representaba haber conseguido un vecino tan respetable y agradable; y fue entonces que lamen­tó que la casa fuera pequeña y de regular calidad, un problema al cual Elinor, tal como la señora Jen­nings supuso que había hecho, no dio mayor im­portancia, al menos en lo concerniente al tamaño de la vivienda.

-A mi ver -le dijo-, no significará ningún in­conveniente para ellos el que la casa sea peque­ña, porque será proporcional a su familia y a sus ingresos.
El coronel se sorprendió al descubrir que ella pensaba en el matrimonio de Edward como la consecuencia directa de la propuesta, pues no imagi­naba posible que el beneficio de Delaford pudiera aportar el tipo de ingreso con el que alguien acos­tumbrado al estilo de vida del joven se atrevería a establecerse, y así lo dijo.

-Esta pequeña rectoría no da más que para man­tener al señor Ferrars como soltero; no le permite casarse. Lamento decir que mi patrocinio termina aquí, y tampoco mi participación va más allá. Sin embargo, si por alguna imprevista casualidad estu­viera en mi poder prestarle un nuevo servicio, ten­dría que haber cambiado mucho mi opinión sobre él si en ese momento no estuviera tan dispuesto a serle útil como sinceramente quisiera poder serlo ahora. Lo que hoy hago parece escaso, dado que le permite avanzar tan poco hacia el que debe ser su principal, su único motivo de felicidad. Su matrimo­nio todavía debe seguir siendo un bien lejano; al menos, temo que no pueda realizarse muy pronto.

Tal fue la frase que, al equivocar su sentido, ofendió de manera tan justa los delicados senti­mientos de la señora Jennings; pero tras este rela­to de lo que en verdad ocurrió entre el coronel Brandon y Elinor mientras estaban junto a la ven­tana, la gratitud expresada por ésta al separarse quizá aparezca, en general, no menos razonable­mente encendida ni menos adecuadamente enun­ciada que si su causa hubiera sido una oferta de matrimonio.