lunes, 29 de julio de 2013

SENTIDO Y SENSIBILIDAD XLIII

Al día siguiente, Marianne se levantó a la hora acos­tumbrada; a todas las preguntas respondió que se encontraba mejor, e intentó convencerse a sí mis­ma de ello dedicándose a sus ocupaciones habi­tuales. 
Pero haber pasado un día completo sentada junto a la chimenea temblando de escalofríos, con un libro en la mano que era incapaz de leer, o echada en un sofá, decaída y sin fuerzas, no ha­blaba muy bien de su mejoría; y cuando por fin se fue temprano a la cama sintiéndose cada vez peor, el coronel Brandon quedó simplemente ató­nito ante la tranquilidad de Elinor, que aunque la atendió y cuidó durante todo el día, en contra de los deseos de Marianne y obligándola a tomar las medicinas necesarias en la noche, tenía la misma confianza de ella en la seguridad y eficacia del sue­ño, y no estaba en verdad alarmada.

Una noche muy agitada y febril, sin embargo, frustró las esperanzas de ambas; y cuando Marianne, tras insistir en levantarse se confesó incapaz de sentarse y se devolvió voluntariamente a la cama, Elinor se mostró dispuesta a aceptar el consejo de la señora Jennings y enviar por el boticario de los Palmer.
El boticario acudió, examinó a la paciente, y aunque animó a la señorita Dashwood a confiar en que unos pocos días le devolverían la salud a su hermana, al declarar que su dolencia tenía una tendencia pútrida y permitir que sus labios pronun­ciaran la palabra “infección”, instantáneamente alar­mó a la señora Palmer, por su hijo. La señora Jennings, que desde un comienzo había creído la enfermedad más seria de lo que pensaba Elinor, escuchó con aire grave el informe del señor Ha­rris, y confirmando los temores y preocupación de Charlotte, la urgió a alejarse de allí con su criatu­ra; y el señor Palmer, aunque trató de vanas sus aprensiones,. se vio incapaz de resistir la enorme ansiedad y porfía de su esposa. Se decidió, enton­ces, su partida; y antes de una hora después de la llegada del señor Harris, partió con su hijito y la niñera a la casa de una pariente cercana del señor Palmer, que vivía unas pocas millas pasado Bath; allí, ante sus insistentes ruegos, su esposo prome­tió unírsele en uno o dos días, y a ese lugar su madre prometió acompañarla, también obedecien­do a sus súplicas. La señora Jennings, sin embar­go, con una bondad que hizo a Elinor realmente quererla, se manifestó decidida a no moverse de Cleveland mientras Marianne siguiera enferma, y a esforzarse mediante sus más atentos cuidados en reemplazar a la madre de quien la había alejado; y en todo momento Elinor encontró en ella una activa y bien dispuesta colaboradora, deseosa de compartir todas sus fatigas y, muy a menudo, de gran utilidad por su mayor experiencia en el cui­dado de enfermos.
La pobre Marianne, exánime y abatida por el carácter de su dolencia y sintiéndose completa­mente indispuesta, ya no podía confiar en que al día siguiente se repondría; y pensar en lo que al día siguiente habría ocurrido de no mediar su des­afortunada enfermedad, agravó su malestar; por­que ese día iban a iniciar su viaje a casa y, acompañadas todo el camino por un criado de la señora Jennings, sorprenderían a su madre a la mañana siguiente. Lo poco que habló fue para la­mentar esta inevitable demora; y ello aunque Eli­nor intentó levantarle el ánimo y hacerla creer, como en ese momento ella misma lo creía, que ese retraso sería muy breve.
El día siguiente trajo poco o ningún cambio en el estado de la paciente; evidentemente no estaba mejor, y salvo el hecho de que no había ninguna mejoría, no parecía haber empeorado. El grupo se había reducido ahora aún más, pues el señor Pal­mer, aunque sin muchos deseos de irse, tanto por espíritu humanitario y su buen natural como por no querer parecer atemorizado por su esposa, ter­minó dejando que el coronel Brandon lo conven­ciera de seguirla, según le había prometido; y mientras preparaba su partida, el coronel Brandon mismo, haciendo un esfuerzo mucho mayor, tam­bién comenzó a hablar de irse. En este punto, sin embargo, la bondad de la señora Jennings se in­terpuso de muy buena manera, pues que el coro­nel se alejara mientras su amada sufría tal inquietud por causa de su hermana significaría privarlas a ambas de todo consuelo; y así, diciéndole sin tar­danza que para ella misma era necesaria su pre­sencia en Cleveland, que lo necesitaba para jugar al piquet con ella en las tardes mientras la señorita Dashwood estaba arriba con su hermana, etc., le insistió tanto que se quedara, que él, que al acce­der cumplía con lo que su corazón deseaba en pri­mer lugar, no pudo ni siquiera fingir por mucho rato alguna vacilación al respecto, en especial cuan­do los ruegos de la señora Jennings fueron cálida­mente secundados por el señor Palmer, que parecía sentirse aliviado al dejar allí a una persona tan ca­paz de apoyar o aconsejar a la señorita Dashwood en cualquier emergencia.
A Marianne, por supuesto, la mantuvieron aje­na a todas estas disposiciones. No sabía que había sido la causa de que los dueños de Cleveland tu­vieran que dejar su casa antes de la semana de ha­ber llegado. No la sorprendió no ver a la señora Palmer, y como por ello mismo no le preocupaba, nunca mencionaba su nombre.
Dos días habían pasado desde la partida del señor Palmer, y las condiciones de la paciente se mantenían iguales, con muy pocos cambios. El se­ñor Harris, que la visitaba todos los días, de ma­nera bastante audaz seguía hablando de una rápida mejoría, y la señorita Dashwood se mostraba igual­mente optimista; pero los demás no tenían expec­tativas tan alegres. Muy al comienzo del ataque, la señora Jennings había decidido que Marianne nun­ca se recuperaría; y el coronel Brandon, cuyo prin­cipal servicio era escuchar los presagios de la señora Jennings, no estaba en un estado de ánimo capaz de resistir su influencia. Intentó recurrir a la razón para superar temores que la opinión diferente del boticario hacía parecer absurdos; pero la gran cantidad de horas que cada día pasaba a solas eran demasiado propicias para alimentar pensamientos tristes, y no podía borrar de su mente la convic­ción de que no iba a ver más a Marianne con vida.
En la mañana del tercer día, sin embargo, las sombrías predicciones de ambos resultaron casi fa­llidas, pues cuando llegó el señor Harris declaró a su paciente mucho mejor. Tenía el pulso más fuerte y mostraba síntomas mucho más favorables que en su visita anterior. Elinor, confirmadas sus más gra­tas esperanzas, era toda alegría. Estaba feliz porque, en las cartas a su madre, se había atenido a su pro­pio juicio y no al de sus amigos, y por haberle res­tado importancia a la indisposición que había retrasado su partida de Cleveland, y casi se atrevió a fijar la fecha en que Marianne podría viajar.
Pero el día no terminó de manera tan auspi­ciosa como había comenzado. Hacia el anochecer recrudeció la enfermedad de Marianne, con más pesadez, agitación y malestar que antes. Su herma­na, sin embargo, aún optimista, prefería atribuir el cambio sólo al cansancio de haber estado sentada mientras le hacían la cama; y tras hacerle tomar con todo cuidado los cordiales prescritos, con alegría la vio sumirse en un sopor que esperaba fuese muy beneficioso. Su sueño, aunque no tan tranquilo como habría esperado Elinor, duró un tiempo con­siderable; y ésta, ansiosa de observar por sí misma los resultados, decidió quedarse a su lado hasta que despertara. La señora Jennings, que no estaba en­terada del cambio operado en la paciente, se fue a la cama más temprano que de costumbre; su don­cella, una de las principales encargadas del cuida­do de la enferma, estaba buscando un poco de solaz en la habitación del ama de llaves, y Elinor permanecía sola con Marianne.
El sueño de Marianne comenzó a hacerse cada vez más agitado; y Elinor, que en ningún momen­to dejaba de observar atentamente sus continuos cambios de posición y escuchar los reiterados, aun­que inarticulados quejidos que salían de sus labios, casi deseaba sacarla de un sopor tan penoso cuan­do Marianne, repentinamente despierta ante un rui­do imprevisto en la casa, se irguió sobresaltada, exclamando en un desvarío febril:

-¿Ha venido mamá?

-Todavía no -replicó su hermana, ocultando su terror y ayudando a Marianne a tenderse nueva­mente-; aunque espero que luego estará aquí. Hay un largo trecho, lo sabes, desde acá a Barton.

-Pero no debe dar la vuelta por Londres -ex­clamó Marianne, con el mismo tono inquieto-. Nun­ca la volveré a ver, si va a Londres.
Alarmada, Elinor se dio cuenta de que Marian­ne estaba delirando, y mientras intentaba calmar­la, ansiosamente le tomó el pulso. Era más débil y rápido que nunca; y al ver que Marianne seguía desvariando acerca de mamá, su temor aumentó hasta el punto de decidirla a enviar de inmediato por el señor Harris y despachar un mensajero a Barton para hacer venir a su madre. Junto con to­mar esta resolución, pensó en consultar de inme­diato con el coronel Barton la mejor forma de lle­varla a cabo; y así, tan pronto hubo llamado a la doncella para que la reemplazara junto a su her­mana, se apresuró a bajar a la sala donde sabía que por lo general él se encontraba, aunque mucho más tarde que en el momento actual.
No era momento para vacilaciones. De inme­diato le hizo presente sus temores y sus dificulta­des. Sus temores, el coronel no tenía ni el valor ni la confianza necesarios para intentar aplacarlos: los escuchó con silencioso desaliento; pero de sus di­ficultades se hizo cargo de inmediato, pues con una rapidez que parecía evidenciar que mentalmente ya había previsto la ocasión y el servicio requerido, se ofreció a ser el mensajero que traería a la seño­ra Dashwood. Elinor no presentó ninguna objeción que no fuera fácilmente rebatida. Le agradeció con palabras breves pero fervorosas, y mientras él se apresuraba a enviar a su criado con un mensaje para el señor Harris y una orden para conseguir caballos de posta de inmediato, ella le escribió unas pocas líneas a su madre.
El consuelo de un amigo como el coronel Bran­don en esos momentos, de un compañero de esa laya para su madre... ¡qué enorme gratitud desper­taba en ella! ¡Un amigo cuyo juicio la iba a guiar, cuya compañía aliviaría su dolor y cuyo afecto qui­zá la calmaría...! En la medida en que la perturba­ción que debía producir en ella un llamado como ése pudiera serle suavizada, su presencia, su trato y su ayuda con toda seguridad iban a lograrlo.


El, entretanto, sintiera lo que sintiese, actuaba con toda la firmeza de una mente ordenada; hizo todos los arreglos necesarios con la mayor diligen­cia, y calculó con exactitud el momento en que ella podría esperar su vuelta. No perdió ni un instante en demoras de ningún tipo. 
Llegaron los caballos incluso antes de que se los esperara, y el coronel Brandon, limitándose a estrechar la mano de Eli­nor con una mirada solemne y unas pocas pala­bras dichas en una voz demasiado baja para que llegaran a sus oídos, se apresuró a montar en el carruaje. Eran entonces aproximadamente las doce, y Elinor volvió a los aposentos de su hermana para esperar la llegada del boticario y velar junto a ella por el resto de la noche. Fue una noche de sufri­mientos casi iguales para ambas hermanas. Hora tras hora fueron pasando en insomne dolor y deli­rio por parte de Marianne, y la más cruel ansiedad en Elinor, antes de que apareciera el señor Harris. Se habían despertado los temores de Elinor, que la hacían pagar con creces toda su anterior seguri­dad, y la sirviente sentada junto a ella -porque no había permitido que llamaran a la señora Jennings ­la torturaba aún más al insinuar las cosas que su ama había pensado desde el comienzo.
A intervalos, las ideas de Marianne seguían fi­jas incoherentemente en su madre, y cada vez que mencionaba su nombre, el corazón de la pobre Eli­nor sufría una punzada de dolor; se reprochaba haber tomado a la ligera tantos días de enferme­dad, y anhelando un socorro inmediato, pensaba que pronto todo socorro sería en vano, que todo se había retrasado demasiado, y se imaginaba a su afligida madre llegando demasiado tarde a ver a su preciosa hija con vida o en uso de su razón.
Estaba a punto de enviar a buscar de nuevo al señor Harris o, si él no podía acudir, solicitar nue­vos consejos, cuando el boticario -pero no antes de las cinco- hizo su aparición. Su opinión, sin embargo, compensó en algo su tardanza, pues aun­que reconoció un cambio inesperado y desfavora­ble en su paciente, insistió en que no había un pe­ligro grave y se refirió al alivio que un nuevo tra­tamiento debía procurar con una confianza que, en menor grado, se comunicó a Elinor. Prometió ir de nuevo dentro de las tres o cuatro horas siguientes, y dejó tanto a su paciente como a la preocupada acompañante más tranquilas de lo que las había encontrado.
La señora Jennings se enteró de lo ocurrido en la mañana, dando muestras de gran preocupación y con muchos reproches por no haber sido llama­da a ayudar. Sus antiguos temores, que ahora revi­vían con mucho mejor base, no le dejaron duda alguna sobre lo ocurrido; y aunque se esforzaba en consolar a Elinor, su certeza sobre el peligro que corría su hermana no le permitía ofrecerle el con­suelo de la esperanza. Su corazón estaba realmen­te apesadumbrado. El rápido decaer, la temprana muerte de una muchacha tan joven, tan adorable como Marianne, habría podido afectar incluso a una persona menos cercana. Pero Marianne podía es­perar más de la compasión de la señora Jennings. Durante tres meses le había servido de compañía, todavía estaba a su cuidado, y se sabía que la ha­bían herido profundamente y que había sufrido durante largo tiempo. También veía la angustia de la hermana, que era muy en especial su favorita; y en cuanto su madre, cuando la señora Jennings pensaba que probablemente Marianne sería para ella lo que Charlotte era para sí misma, sentía una genuina compasión por sus sufrimientos.
El señor Harris fue puntual en su segunda visi­ta, pero las esperanzas que había colocado en los efectos de la anterior se vieron frustradas. Sus me­dicamentos habían fallado; la fiebre no había sido vencida; y Marianne, sólo más tranquila -no más dueña de sí- permanecía en un denso sopor. Eli­nor, captando todos, y más que todos sus temores en un solo instante, propuso solicitar más consejos. Pero él lo juzgó innecesario; aún tenía algo más que intentar, una nueva prescripción en cuyo éxito con­fiaba tanto como en el de la última, y su visita con­cluyó con animosas palabras de seguridad que llegaron a los oídos de la señorita Dashwood, pero no lograron alcanzar su corazón. Aunque se mante­nía tranquila, excepto cuando pensaba en su ma­dre, casi había perdido las esperanzas; y en este estado siguió hasta mediodía, apenas moviéndose del lado de su hermana, su mente saltando de una ima­gen de dolor a otra, de un amigo acongojado a otro, con su espíritu abatido al máximo por la conversa­ción de la señora Jennings, que no tenía reparos en atribuir la gravedad y peligro de este trastorno a las muchas semanas en que Marianne ya antes había estado indispuesta a causa de su desengaño. Elinor sentía cuán razonable era esa idea, y ello le signifi­caba un nuevo dolor añadido a sus reflexiones.
Alrededor de mediodía, sin embargo, comen­zó -pero con una cautela, un temor a ilusionarse falsamente que durante algún rato la hicieron ca­llar, incluso frente a su amiga- a imaginar, a tener la esperanza de estar percibiendo una ligera mejo­ría en el pulso de su hermana; esperó, vigiló, lo examinó una y otra vez; y finalmente, con una agi­tación más difícil de ocultar bajo un exterior cal­mado que toda su angustia precedente, se atrevió a comunicar sus esperanzas. La señora Jennings, aunque obligada tras un examen a reconocer una recuperación temporal, intentó que su joven ami­ga evitara entregarse a la idea de que continuaría así; y Elinor, recorriendo mentalmente todos los ar­gumentos que le recomendaban desconfiar, también se dijo que no debía alimentar esperanzas. Pero era demasiado tarde. La esperanza ya había hecho su entrada; y ella, sintiendo su ansioso aletear, se in­clinó sobre su hermana para aguardar... ya ni sa­bía qué. Pasó media hora, y los síntomas favorables seguían bendiciéndola. Incluso aparecieron otros, confirmándolos. Su respiración, su piel, sus labios, todos apelaban a Elinor con señales de mejoría, y Marianne fijó sus ojos en ella con una mirada ra­cional, aunque lánguida. La ansiedad y la esperanza la acosaban en igual medida, impidiéndole un mo­mento de tranquilidad hasta la llegada del señor Harris a las cuatro, cuando las seguridades que le dio, sus felicitaciones por una recuperación de su hermana que incluso sobrepasaba sus expectativas, le entregaron confianza y consuelo, y pudo dejar correr lágrimas de alegría.
Marianne estaba notablemente mejor en- todo sentido, y el señor Harris la declaró por completo fuera de peligro. La señora Jennings, quizá satisfe­cha porque sus presagios habían recibido justifica­ción parcial en la última alarma que habían vivido, se permitió confiar en el juicio del boticario y ad­mitió con genuina alegría, y pronto con indudable gozo, la probabilidad de una completa recuperación.
Elinor no podía estar alegre. Su gozo era de una clase diferente, y llevaba a algo muy distinto a la alegría. Marianne devuelta a la vida, a la salud, a los amigos y a su amorosa madre, era una idea que le llenaba el corazón de exquisito consuelo y se lo expandía en fervorosa gratitud; pero no se manifes­taba ni en demostraciones externas de alegría, ni en palabras o sonrisas. Todo lo que abrigaba el pecho de Elinor era satisfacción, callada y fuerte.
Siguió junto a su hermana con escasos interme­dios toda la tarde, calmando cada uno de sus temores, satisfaciendo cada una de las interrogantes de su debilitado espíritu, prestando todos los auxilios necesarios y vigilando casi cada mirada y cada alien­to. Por supuesto, en algunos momentos se le hizo presente la posibilidad de una recaída, recordándo­le lo que era la ansiedad; pero cuando sus frecuen­tes y minuciosos exámenes le mostraron que continuaban todos y cada uno de los síntomas de recuperación, y a las seis vio a Marianne sumirse en un sueño tranquilo, ininterrumpido y, según todas las apariencias, confortable, acalló todas sus dudas.
Se acercaba ya el momento en que podía es­perarse el regreso del coronel Brandon. A las diez, creía Elinor, o no mucho más tarde, su madre se vería libre del terrible suspenso con que ahora de­bía ir viajando hacia ellas. ¡Quizá también el coro­nel era apenas un poco menos merecedor de piedad! ¡Ah, cuán lento transcurría el tiempo que aún los mantenía en la ignorancia!
A las siete, dejando a Marianne todavía entre­gada a un dulce sueño, se unió a la señora Jen­nings en la sala para tomar té. Sus temores la habían mantenido incapaz de desayunar, y en la cena el giro repentino de los acontecimientos le había impedido comer mucho; el actual refrigerio, entonces, con los sentimientos de gozo con que Elinor llegaba a él, fue muy especialmente bien re­cibido. Al terminar, la señora Jennings quiso con­vencerla de que descansara algo antes de la llegada de su madre, y le permitiera a ella tomar su lugar junto a Marianne; pero Elinor no se sentía ni fati­gada ni capaz de dormir, y no iba a permitir que la mantuvieran lejos de su hermana ni por un ins­tante. La señora Jennings subió con ella entonces hasta la pieza de la enferma para constatar que todo seguía bien, la dejó allí entregada a su cometido y a sus pensamientos, y se retiró a sus habitaciones a escribir algunas cartas y luego a dormir.
La noche era fría y tormentosa. Si hubieran sido las diez, Elinor habría estado segura de que en ese momento escuchaba un carruaje acercándose a la casa; y fue tan grande su seguridad de haberlo es­cuchado, a pesar de que era casi imposible que ya hubieran llegado, que se dirigió al saloncito junto a la. pieza y abrió una celosía para constatar la ver­dad. En seguida vio que sus oídos no la habían engañado. De inmediato tuvo a la vista el brillo de los faroles de un carruaje. A su incierta luz le pa­reció distinguir que era tirado por cuatro caballos; y esto, aunque era señal del enorme temor de su madre, explicó en parte tan inesperada rapidez.
Nunca, en toda su vida, había encontrado Eli­nor más difícil mantenerse tranquila. Saber lo que su madre debía estar sintiendo en el momento en que el carruaje se detuvo ante la puerta... sus du­das, su miedo, ¡quizá su desesperación!, ¡y lo que ella debía decir!... sabiendo eso era imposible man­tener la calma. Todo lo que quedaba por hacer era apresurarse; y así, quedándose sólo hasta que pudo dejar a la doncella de la señora Jennings con su hermana, corrió escaleras abajo.

El trajín que escuchó en el vestíbulo mientras. pasaba por un recibidor interior, le confirmó que ya estaban en la casa. Avanzó a toda prisa hacia la sala, entró... y allí vio únicamente a Willoughby.

jueves, 25 de julio de 2013

SENTIDO Y SENSIBILIDAD XLII

Otra corta visita a Harley Street, en la cual Elinor recibió las felicitaciones de su hermano por viajar hasta Barton sin incurrir en ningún gasto y por el hecho de que el coronel Brandon podría seguirlas a Cleveland en uno o dos días, completó el con­tacto de hermano y hermanas en la ciudad; y una débil invitación de Fanny a que fueran a Norland siempre que llegaran a pasar por ahí, que de to­das las cosas posibles era la menos probable, jun­to a una promesa más cálida, aunque menos pública, de John a Elinor respecto de una pronta visita a Delaford, fue todo lo que se dijo respecto de un futuro encuentro en el campo.
Divertía a Elinor observar que todos sus ami­gos parecían decididos a enviarla a Delaford, de todos los lugares, precisamente el que ahora me­nos querría visitar o el último en que desearía vi­vir; pues no sólo su hermano y la señora Jennings lo consideraban su futuro hogar, sino que incluso Lucy, al despedirse, la invitó insistentemente a que la visitara allí.
En los primeros días de abril, y en las prime­ras horas de la mañana, aunque tolerablemente temprano, los dos grupos, provenientes de Hanover Square y de Berkeley Street, salieron desde sus res­pectivos hogares para encontrarse en el camino, según lo habían convenido. Para comodidad de Charlotte y de su hijo echarían más de dos días en el viaje, y el señor Palmer, moviéndose de manera más expedita con el coronel Brandon, se les uni­ría en Cleveland poco después.
Marianne, aunque escasas habían sido las ho­ras gratas pasadas en Londres y ansiosa como es­taba desde hacía tanto por alejarse de allí, llegado el momento no pudo evitar una gran pena al de­cir adiós a la casa donde por última vez había dis­frutado de aquellas esperanzas y aquella confianza en Willoughby que ahora se habían apagado para siempre. Tampoco pudo abandonar el lugar en que Willoughby se entregaba a nuevos compromisos y a nuevos planes en los que ella no tendría parte alguna, sin derramar copiosas lágrimas.
La satisfacción de Elinor en el momento de la partida fue más real. Nada había en Londres que entretuviera sus pensamientos y permaneciera en sus recuerdos; a nadie dejaba atrás de quien sepa­rarse para siempre le significara ni un instante de pena; le alegraba liberarse de la persecución de la amistad de Lucy; estaba agradecida por alejar de allí a su hermana sin que se hubiese encontrado con Willoughby desde su matrimonio, y tenía pues­tas sus esperanzas en lo que unos pocos meses de tranquilidad en Barton podrían hacer para devol­ver la paz de espíritu a Marianne, y afianzar la suya propia.

El viaje transcurrió sin contratiempos. El segun­do día los llevó al querido, o repudiado, condado de Somerset, que así aparecía por turnos en la ima­ginación de Marianne; y en la mañana del tercer día llegaron a Cleveland.
Cleveland era una casa amplia, de moderna construcción, ubicada en la pendiente de una loma cubierta de pasto. No tenía parque, pero los jardi­nes de agrado eran de buen tamaño; y como cual­quier otro lugar de la misma importancia, tenía su monte bajo y su alameda; por un camino de grava lisa que circundaba una plantación se llegaba al frontis de la casa; el césped estaba salpicado de árboles; la casa misma se erguía al amparo de abe­tos, serbales y acacias, y todos juntos, entrevera­dos con altos chopos lombardos, formaban una espesa barrera que ocultaba la vista de las depen­dencias.

Marianne entró en la casa con el corazón hen­chido de emoción por saberse a sólo ochenta mi­llas de Barton y a no más de treinta de Combe Magna; y antes de haber estado quince minutos entre sus muros, mientras los demás ayudaban a Charlotte, que deseaba mostrarle el niño al ama de llaves, salió de nuevo, escabulléndose por los si­nuosos senderos entre los arbustos que recién co­menzaban a reverdecer, para alcanzar un montículo distante; y allí, desde un templete griego, su mira­da, recorriendo una amplia zona de campiñas ha­cia el sudeste, pudo posarse tiernamente en las lejanas colinas recortadas contra el horizonte e ima­ginar que desde sus cumbres se alcanzaría a ver Combe Magna.
En tales momentos de preciosa, incomparable angustia, se embriagó en lágrimas de agonía por estar en Cleveland; y al volver por caminos dife­rentes a la casa, sintiendo el feliz privilegio de gozar de la libertad del campo, de deambular de un lugar a otro en una soberana y lujosa soledad, re­solvió entregarse la mayor parte de las horas de todos los días que permanecería con los Palmeral placer de estos vagabundeos solitarios.
Volvió justo a tiempo para unirse a los demás en el momento en que salían de la casa en una excursión por las inmediaciones; y el resto de la mañana pasó rápidamente mientras paseaban con toda calma por el huerto, examinando las enreda­deras en flor sobre los muros y escuchando al jar­dinero lamentarse por las plagas; recorrieron sin apuro el invernadero, donde la pérdida de sus plan­tas favoritas, incautamente expuestas _y quemadas por las heladas, hicieron reír a Charlotte; y visita­ron el corral de aves, donde encontró nuevos mo­tivos de regocijo en las rotas esperanzas de la moza: gallinas que abandonaban sus nidos, o se las ro­baba un zorro, o nidadas de prometedores pollue­los que morían antes de tiempo.
Como la mañana había estado hermosa y sin humedad en el aire, Marianne, con sus proyectos de pasar la mayor parte del tiempo afuera, no pen­só que el clima podría cambiar durante su perma­nencia en Cleveland. Fue una gran sorpresa, entonces, encontrar que una tenaz lluvia le impe­día salir después de la cena. Había confiado en un paseo vespertino al templete griego, y quizá por todo el lugar, y un anochecer nada más que frío o hú­medo no la habría disuadido; pero una lluvia densa y persistente ni siquiera a ella podía parecerle un clima seco y agradable para una caminata.
Los de la casa formaban un grupo pequeño, y las horas fueron pasando tranquilamente. La seño­ra Palmer tenía a su hijo y la señora Jennings sus bordados; hablaron de los amigos que habían de­jado atrás, organizaron los compromisos de lady Middleton y varias veces se preguntaron si el se­ñor Palmer y el coronel Brandon llegarían más allá de Reading esa noche. Elinor, aunque con escaso interés en la conversación, participaba en ella; y Marianne, que tenía el don de arreglárselas en cual­quier casa para llegar a la biblioteca, sin importar . cuánto la evitara la familia en general, muy pronto se agenció un libro.
La señora Palmer no escatimaba nada que su constante buen humor y espíritu amistoso pudie­ran ofrecer para que sus invitadas se sintieran bien acogidas. La franqueza y cordialidad de su trato más que compensaba por esa falta de compostura y ele­gancia que a menudo la hacía fallar en las forma­lidades de la cortesía; conquistaba con su afabilidad, acreditada por su rostro tan lindo; sus necedades, aunque evidentes, no desagradaban porque no era presuntuosa; y Elinor le habría podido perdonar cualquier cosa, salvo su risa.
La llegada de los dos caballeros al día siguien­te, a una cena muy tardía, aportó un grato aumen­to de la concurrencia y una muy bienvenida variación en las conversaciones, que una larga ma­ñana bajo la misma lluvia sostenida había reduci­do a niveles muy bajos.
Elinor había visto tan poco al señor Palmer, y en ese poco había visto tanta diversidad en su tra­to a su hermana y a ella misma, que no sabía qué esperar de él al encontrarlo en su propia familia. Lo que encontró, sin embargo, fue un comporta­miento perfectamente caballeroso hacia todos sus invitados, y sólo en ocasiones áspero con su es­posa y la madre de ella; lo encontró muy capaz de ser una grata compañía, y lo único que le im­pedía serlo siempre era una excesiva capacidad de sentirse tan superior a la gente en general como debía creerse con respecto de la señora Jennings y de Charlotte. En cuanto a los restantes aspectos de su carácter y hábitos, no mostraban, hasta don­de Elinor alcanzaba a percibir, ningún rasgo inusual en personas de su sexo y edad. Le gustaba una buena mesa, pero no solía llegar a la hora; quería a su hijo, pero fingía desdén; y haraganeaba en la mesa de billar durante las mañanas en vez de dedicarlas a los negocios. En conjunto, sin embargo, a Elinor le gustaba mucho más de lo que había es­perado, y en su corazón no lamentaba que no le pudiera gustar más: no lamentaba que la observa­ción de su epicureísmo, su egoísmo y su presun­ción la llevaran a descansar con gusto en el recuerdo del generoso temple de Edward, sus gus­tos simples y tímidos sentimientos.
En esos días Elinor tuvo noticias de Edward, o al menos de algunos sucesos relacionados con sus intereses, a través del coronel Brandon, que hacía poco había estado en Dorsetshire y que, dirigién­dose a ella al mismo tiempo como amiga desinte­resada del señor Ferrars y gentil confidente suya, le conversaba largamente sobre la rectoría de De­laford, describía sus deficiencias y- le contaba qué pensaba hacer para solucionarlas. Su comporta­miento hacia ella en esto, al igual que en todo lo demás; su sincero placer en verla tras una ausen­cia de tan sólo diez días; su disposición a conver­sar con ella y su respeto por sus opiniones, bien podían justificar que la señora Jennings estuviera convencida de que la quería, y quizá hasta habría bastado para que Elinor también lo sospechara si no creyera, como desde el comienzo, que Marian­ne seguía siendo su verdadera predilecta. Pero tal como eran las cosas, esa idea no se le habría pa­sado por la mente de no ser por las insinuaciones de la señora Jennings; y entre las dos, Elinor no podía evitar creerse mejor observadora: ella obser­vaba los ojos del coronel, en tanto la señora Jen­nings sólo pensaba en su comportamiento; y mientras sus miradas de ansiosa inquietud cuando Marianne comenzó a sentir los primeros síntomas de un fuerte resfrío manifestados en dolores de ca­beza y de garganta, al no estar expresadas en pa­labras escapaban completamente a la observación de la señora Jennings, ella podía descubrir en sus ojos los vivos sentimientos y la innecesaria alarma de un enamorado.

Dos deliciosas caminatas vespertinas al tercer y cuarto día de su estancia allí, no sólo por la gra­va seca entre los arbustos sino por todo el lugar, y especialmente por los rincones más alejados, don­de había algo más de vida silvestre que en el res­to, donde los árboles eran más añosos y la hierba más larga y húmeda, habían producido en Marianne -con la ayuda de la enorme imprudencia de que­darse con las medias y los zapatos mojados pues­tos- un resfrío tan violento que, aunque durante un día o dos ella intentó restarle importancia o ne­garlo, terminó por imponerse a través de malesta­res cada vez mayores, hasta no poder seguir siendo ignorado ni por ella misma ni por el interés de los demás. De todos lados le llovieron recetas que, como siempre, fueron rechazadas. Aunque se sen­tía débil y afiebrada, con los miembros adoloridos, tos y la garganta áspera, un buen sueño durante la noche la sanaría por completo; y fue con bas­tantes dificultades que Elinor pudo persuadirla, cuando se fue a la cama, de probar uno o dos de los remedios más sencillos.

viernes, 12 de julio de 2013

SENTIDO Y SENSIBILIDAD XLI

Después de haber ido a agradecer al coronel Bran­don, Edward se dirigió a casa de Lucy con su feli­cidad a cuestas; y ésta era tan grande cuando llegó a Bartlett's Buildings, que al día siguiente la joven pudo asegurarle a la señora Jennings, que la había ido a visitar para felicitarla, que nunca antes en toda su vida lo había visto tan contento.
Por lo menos la felicidad de Lucy y su estado de ánimo no dejaban lugar a dudas, y con gran entusiasmo se unió a la señora Jennings en sus expectativas de un grato encuentro en la rectoría de Delaford antes del día de san Miguel. Al mis­mo tiempo, estaba tan lejos de negar a Elinor el crédito que Edward le daría, que se refirió a su amistad por ambos con la más entusiasta gratitud, estaba pronta a reconocer cuánto le debían, y de­claró abiertamente que ningún esfuerzo, presente o futuro, que realizara la señorita Dashwood en bien de ellos la sorprendería, puesto que la creía capaz de cualquier cosa por aquellos a quienes realmente apreciaba. 
En cuanto al coronel Bran­don, no sólo estaba dispuesta a adorarlo como a un santo, sino que, más aún, verdaderamente de­seaba que en todas las cosas terrenales se lo tra­tara como tal; deseaba que las contribuciones que recibía aumentaran al máximo; y secretamente decidió que, una vez en Delaford, se valdría lo más posible de sus criados, su carruaje, sus vacas y sus gallinas.

Había transcurrido ya una semana desde la vi­sita de John Dashwood a Berkeley Street, y como desde entonces no habían tenido ninguna noticia sobre la indisposición de su esposa más allá de una averiguación verbal, Elinor comenzó a sentir que era necesario hacerle una visita. Sin embargo, tal obligación no sólo iba en contra de sus propias in­clinaciones, sino que, además, no encontraba nin­gún estímulo en sus compañeras. Marianne, no satisfecha con negarse absolutamente a ir, inten­tó con todas sus fuerzas impedir que fuera su her­mana; y en cuanto a la señora Jennings, aunque su carruaje estaba siempre al servicio de Elinor, era tanto lo que le disgustaba la señora de John Dashwood, que ni la curiosidad de ver cómo esta­ba tras el tardío descubrimiento, ni su intenso de­seo de agraviarla tomando partido por Edward, pudieron vencer su renuencia a estar de nuevo en su compañía. Como resultado, Elinor partió sola a una visita que nadie podía tener menos deseos de hacer, y a correr el riesgo de un tête-à-tête con una mujer que a nadie podía desagradarle con más motivos que a ella.
Le dijeron que la señora Dashwood no estaba; pero antes de que el carruaje pudiera devolverse, por casualidad salió su esposo. Manifestó gran pla­cer en encontrarse con Elinor, le dijo que en ese momento iba a visitarlas a Berkeley Street, y ase­gurándole que Fanny estaría feliz de verla, la invi­tó a entrar.
Subieron hasta la sala. No había nadie allí.

-Supongo que Fanny está en su habitación -le dijo-; iré a buscarla de inmediato, porque estoy se­guro de que no tendrá ningún inconveniente en verte a ti ... lejos de ello, en realidad. Especialmen­te ahora... pero, de todos modos, tú y Marianne siempre fueron sus favoritas. ¿Por qué no vino Ma­rianne?
Elinor la disculpó lo mejor que pudo.

-No lamento verte a ti sola -replicó él-, por­que tengo mucho que hablar contigo. Este beneficio del coronel Brandon, ¿es verdad? ¿Realmente se lo ha ofrecido a Edward? Lo escuché ayer por ca­sualidad, e iba a verte con el propósito de averi­guar más sobre ello.

-Es completamente cierto. El coronel Brandon le ha dado el beneficio de Delaford a Edward.

-¿Es posible? ¡Qué increíble! ¡No hay ninguna relación, ningún parentesco entre ellos! ¡Y ahora que los beneficios se negocian a un precio tan alto! ¿Cuánto da éste?

-Cerca de doscientas libras al año.

-Muy bien, y para la siguiente postulación a un beneficio de ese valor, suponiendo que el último titular haya sido viejo y de mala salud, y lo fuera a dejar vacante luego, podría haber conseguido, digamos, mil cuatrocientas libras. ¿Y cómo es po­sible que no arreglara ese asunto antes de que mu­riera esta persona? Por supuesto, ahora es muy tarde para venderlo, ¡pero alguien con el juicio del coronel Brandon! ¡Me extraña que haya sido tan poco previsor en algo por lo que es tan usual, tan natural preocuparse! Bien, estoy convencido de que casi todos los seres humanos tienen enormes in­congruencias. Pensando en ello, sin embargo, su­pongo que esto puede ser lo que ha ocurrido: Edward mantendrá el beneficio hasta que la per­sona a quien el coronel realmente ha vendido la postulación tenga la edad suficiente para hacerse cargo de él. Sí, sí, es lo que ha ocurrido, puedes estar segura.

Elinor lo contradijo, sin embargo, terminante­mente; y lo obligó a aceptar su autoridad en la ma­teria contándole que el coronel Brandon le había encomendado a ella transmitir su ofrecimiento a Edward y, por tanto, tenía que entender bien los términos en que había sido hecho.

-¡Es en verdad asombroso! -exclamó él, des­pués de escuchar sus palabras-. ¿Y qué motivo ha­brá tenido el coronel para hacerlo?

-Uno muy sencillo: ayudar al señor Ferrars.

-Bien, bien; sea lo que fuere el coronel Bran­don, ¡Edward Ferrars es un hombre afortunado! Sin embargo, no le menciones a Fanny este asunto; porque aunque lo ha sabido por mí y lo ha toma­do bastante bien, no querrá oír hablar mucho de ello.

En este punto le costó algo a Elinor refrenarse de observar que, a su parecer, Fanny bien podría haber sobrellevado con compostura la adquisición de un capital por parte de su hermano a través de medios que no significaban un empobrecimiento ni para ella ni para su hijo.

-La señora Ferrars -añadió él, bajando la voz a un tono acorde con la importancia del tema­ hasta ahora no sabe nada de esto, y creo que será mejor ocultárselo mientras sea posible. Cuando se realice la boda, temo que deberá enterarse de todo.

-Pero, ¿por qué habría de tomarse tales precau­ciones? Aunque no se debiera suponer que la se­ñora Ferrars pueda tener la menor satisfacción al saber que su hijo tiene el dinero suficiente para vi­vir... tal cosa sería impensable; pero, ¿por qué, des­pués de lo que hizo, debe suponerse que a ella le importe algo? Ha terminado con su hijo, lo ha ex­pulsado de su lado para siempre y ha hecho que todos aquellos sobre quienes tiene influencia ha­gan lo mismo. Con toda seguridad, después de ha­ber hecho esto no es posible imaginarla capaz de sentir alguna pena o alegría relacionada con él..., no puede interesarle nada que le acontezca. ¡No será tan inconsistente como para despreocuparse del bienestar de un hijo, y luego seguir preocupán­dose por él como lo haría una madre!

-¡Ay, Elinor! -dijo John-. Tu razonamiento es bueno, pero en su base hay ignorancia de lo que es la naturaleza humana. Cuando se lleve a cabo la infortunada unión de Edward, no te quepa duda de que su madre sufrirá tanto como si nunca lo hubie­ra arrojado de su lado; por ello, mientras sea posi­ble, es necesario ocultarle todas las circunstancias que puedan adelantar ese terrible momento. La señora Ferrars nunca podrá olvidar que Edward es su hijo.

-Me sorprendes; habría creído que a estas al­turas ya casi se le había borrado de la memoria.

-Estás completamente equivocada. La señora Ferrars es una de las madres más afectuosas que existen.

Elinor guardó silencio.

-Ahora -dijo el señor Dashwood tras una bre­ve pausa-, estamos pensando que Robert se case con la señorita Morton.

Elinor, sonriendo ante el tono grave e impor­tantísimo de la voz de su hermano, le respondió muy tranquila:
-La dama, me imagino, no tiene opción en esto.
-¡Opción! ¿Qué quieres decir?

-Todo lo que quiero decir es que supongo, por tu forma de hablar, que a la señorita Morton le debe dar lo mismo casarse con Edward o con Robert.

-Por supuesto que no hay diferencia alguna; porque ahora Robert, para todos los efectos y pro­pósitos, será considerado el hijo mayor; y en lo de­más, ambos son jóvenes muy agradables... no he sabido que uno sea superior al otro.

Elinor no dijo nada más, y John también guar­dó silencio durante algunos instantes. Puso fin a sus reflexiones de la siguiente forma:

-De una cosa, mi querida hermana -le dijo to­mándole una mano cariñosamente y hablándole en un impresionante susurro-, puedes estar segura: y te la haré saber, porque sé que te agradará. Tengo buenas razones para creer... 
en verdad, lo sé de la mejor fuente o no lo repetiría, porque en caso con­trario sería muy incorrecto mencionarlo... pero lo sé de la mejor fuente... 
no que se lo haya escu­chado decir exactamente a la misma señora Ferrars, pero su hija sí lo hizo, y ella me lo contó a mí... 
que, en resumen, más allá de las objeciones que pudo haber contra cierta... 
cierta unión... 
ya me entiendes... 
la señora Ferrars la habría preferido mil veces, no la habría molestado ni la mitad que ésta. Me sentí extremadamente contento de saber que lo veía desde esa perspectiva... 
una circunstancia muy gratificante, te imaginarás, para todos noso­tros. “No habría tenido punto de comparación”, dijo, “de dos males, el menor; y ahora estaría dis­puesta a transigir para que no ocurriese nada peor”. Pero todo eso está fuera de discusión: no hay que pensar en ello, ni mencionarlo; en lo referente a cualquier unión, ya lo sabes... 
no hay posibilidad alguna... todo eso ha terminado. 
Pero pensé con­tarte esto, porque sabía cuánto te complacería. No que tengas nada que lamentar, mi querida Elinor. No cabe duda de que lo estás haciendo muy bien... 
igual de bien o, si se toma en cuenta todo, quizá mejor... 
¿Has estado con el coronel Brandon aho­ra último?
Elinor había escuchado lo suficiente si no para gratificar su vanidad y elevar su autoestima, para agitar sus nervios y hacerla pensar; y le alegró, por tanto, que la entrada del señor Ferrars la salvara de tener que responder a tanta cosa y del peligro de escuchar más a su hermano. Tras charlar durante algunos momentos, John Dashwood, recor­dando que aún no había informado a Fanny sobre la presencia de su hermana, abandonó la habita­ción en su búsqueda. 
Y Elinor quedó allí con la tarea de mejorar su relación con Robert, el cual, con su alegre despreocupación, con la satisfecha autocomplacencia que le permitía disfrutar de un tan injusto reparto del amor y de la generosidad de su madre en perjuicio de su hermano exclui­do... amor y generosidad de los que se había he­cho merecedor tan sólo por su propia vida disipada y la integridad de ese hermano, confirmaba a Eli­nor en su más desfavorable opinión sobre su inte­ligencia y sentimientos.
Apenas habían estado dos minutos a solas cuan­do él empezó a hablar de Edward, pues también había sabido del beneficio e hizo muchas pregun­tas al respecto. Elinor repitió los detalles que ya le había comunicado a John, y el efecto que tuvie­ron en Robert, aunque muy diferente, no fue me­nos fuerte. Se rió sin ninguna moderación. La idea de Edward transformado en clérigo y viviendo en una pequeña casa parroquial lo divertía sin lími­tes; y cuando a ello agregó la fantástica visión de Edward leyendo plegarias vestido con una sobre­pelliz blanca y haciendo las amonestaciones públi­cas del matrimonio de John Smith y Mary Brown, no pudo imaginarse nada más ridículo.
Elinor, en tanto, aguardaba en silencio y con imperturbable gravedad, el fin de tales necedades, sin poder evitar que sus ojos se clavaran en él con una mirada que mostraba todo el desprecio que le infundía. Era una mirada, sin embargo, muy bien dirigida, porque alivió sus sentimientos sin darle a entender nada a él. Cuando él dejó de lado sus comentarios ingeniosos, no lo hizo llevado por ningún reproche de ella, sino por su propia sen­sibilidad.

-Podemos bromear al respecto -dijo finalmen­te, recuperándose de las risas afectadas que habían alargado considerablemente la genuina alegría del momento-, pero, a fe mía, es algo muy serio. ¡Po­bre Edward! Está arruinado para siempre. Lo lamen­to enormemente, porque sé que es una criatura de muy buen corazón, tan bien intencionado como el que más. No debe juzgarlo, señorita Dashwood, basándose en lo poco que lo conoce. ¡Pobre Ed­ward! Es cierto que sus modales no son de lo más felices. Pero ya se sabe que no todos nacemos con las mismas capacidades, con el mismo porte. ¡Po­bre muchacho! ¡Imaginarlo entre extraños! ¡Qué cosa lamentable! Pero a fe mía que es de tan gran corazón como el mejor del reino; y le digo y le aseguro que nada me ha sacudido nunca tanto como esto que ha ocurrido. No podía creerlo. Mi madre fue la primera en decírmelo, y yo, sintien­do que debía actuar con decisión, de inmediato le dije: “Mi querida señora, no sé qué se propone ha­cer en estas circunstancias, pero en cuanto a mí, debo decirle que si Edward se casa con esta jo­ven, yo no lo volveré a mirar nunca más”. Eso fue lo que le dije de inmediato... ¡me sentía escandali­zado más allá de todo lo imaginable! ¡Pobre Ed­ward! ¡Se ha hundido por completo! ¡Se ha marginado para siempre de toda sociedad decen­te! Pero mientras se lo decía directamente a mi ma­dre, no me extrañaba en absoluto; es lo que se podía esperar de la educación que recibió. Mi po­bre madre casi enloqueció.

-¿Ha visto alguna vez a la joven?

-Sí, una vez, cuando estaba alojada en esta casa. Me había dejado caer por unos diez minutos, y me bastó con lo que vi de ella. Una simple muchacha pueblerina, desmañada, sin estilo ni ele­gancia, y casi sin ningún atractivo. La recuerdo per­fectamente. Justo el tipo de muchacha que habría creído capaz de cautivar al pobre Edward. Apenas mi madre me contó todo el asunto, de inmediato me ofrecí a hablarle, a disuadirlo de la unión; pero, según pude darme cuenta, ya era demasiado tar­de para hacer algo, pues por desgracia no estuve ahí en los primeros momentos y no supe nada de lo ocurrido hasta después de la ruptura, cuando, ya sabe usted, no me correspondía interferir. Pero si se me hubiera informado unas pocas horas an­tes, probablemente habría podido hacer algo. De todas maneras le habría hecho ver las cosas a Edward con toda claridad. “Mi querido amigo”, le habría dicho, “piensa en lo que haces. Estás com­prometiéndote en la más desafortunada unión, que toda tu familia desaprueba de manera unánime”. En fin, no puedo evitar pensar que habría encon­trado alguna manera de lograrlo. Pero ahora es de­masiado tarde. Debe estar muerto de hambre, sabe usted; con toda seguridad, absolutamente muerto de hambre.
Acababa de plantear este punto con gran com­postura cuando la llegada de la señora de John Dashwood puso fin al tema. Pero aunque ésta nun­ca lo mencionaba fuera de su propia familia, Elinor pudo ver cómo influía en su mente, visible en ese algo como expresión confundida que tenía al en­trar y en un intento de cordialidad en su trato ha­cia ella. 
Incluso llegó tan lejos como mostrarse afectada por el hecho de que Elinor y su hermana dejarían tan pronto la ciudad, y había confiado en verlas más; un esfuerzo en el cual su marido, que la había acompañado a la habitación y seguía cada una de sus palabras con aire enamorado, parecía encontrar todo lo que hay de más afectuoso y agra­ciado.

miércoles, 10 de julio de 2013

SENTIDO Y SENSIBILIDAD XL

-Bien, señorita Dashwood -dijo la señora Jennings con una sonrisa sagaz apenas se hubo ido el ca­ballero-, no le preguntaré lo que le ha estado di­ciendo el coronel, pues aunque, por mi honor, in­tenté no escuchar, no pude evitar oír lo suficiente para entender lo que él pretendía. Le aseguro que nunca en mi vida he estado más contenta, y le de­seo de todo corazón que ello la alegre.
-Gracias, señora -dijo Elinor-. Es motivo de gran alegría para mí, y siento que hay una gran sensibilidad en la bondad del coronel Brandon. No muchos hombres actuarían como él lo ha hecho. ¡Pocos tienen un corazón tan compasivo! En toda mi vida había estado tan asombrada.
-¡Buen Dios, querida, qué modesta es usted! A mí no me extraña en absoluto, porque ahora últi­mo he pensado muchas veces que era muy pro­bable que ocurriera.

-Usted juzgaba a partir de la benevolencia ge­neral del coronel; pero al menos no podía prever que la oportunidad se presentaría tan pronto.

-¡La oportunidad! -repitió la señora Jennings-. ¡Ah! En cuanto a eso, una vez que un hombre se ha decidido en estas cosas, se las arreglará de una u otra forma para encontrar una oportunidad. Bien, querida, la felicito nuevamente; y si alguna vez ha habido una pareja feliz en el mundo, creo que pronto sabré dónde buscarla.

-Piensa ir a Delaford tras ellos, supongo -dijo Elinor con una débil sonrisa.

-Claro, querida, por supuesto lo haré. Y en cuanto a que la casa no sea buena, no sé a qué se referiría el coronel, porque es de las mejores que he visto.

-Decía que necesitaba algunas reparaciones.

-Bien, ¿y de quién es la culpa? ¿Por qué no la repara? ¿Quién sino él tendría que hacerlo?
Las interrumpió la entrada del criado, con el anuncio de que el carruaje ya estaba en la puerta; y la señora Jennings, preparándose de inmediato para salir, dijo:

-Bien, querida, tengo que irme antes de haber dicho ni la mitad de lo que quería. Pero podre­mos conversarlo en detalle en la noche, porque es­taremos solas. No le pido que venga conmigo, porque me imagino que tiene la mente demasiado llena para querer compañía; y, además, debe estar ansiosa de ir a contarle todo a su hermana.
Marianne había abandonado la habitación an­tes de que empezaran a conversar.

-Por supuesto, señora, se lo contaré a Marianne; pero por el momento no se lo mencionaré a na­die más.

-¡Ah, está bien! -dijo la señora Jennings algo desilusionada-. Entonces no querrá que se lo cuen­te a Lucy, porque pienso llegar hasta Holborn hoy.

-No, señora, ni siquiera a Lucy, si me hace el favor. Una tardanza de un día no significará mu­cho; y hasta que no le escriba al señor Ferrars, pienso que no hay que mencionárselo a nadie más. Lo haré de inmediato. Es importante no per­der tiempo en lo que a él concierne, porque, por supuesto, tendrá mucho que hacer con su orde­nación.

Este discurso al comienzo dejó extremadamente perpleja a la señora Jennings. Al principio no en­tendió por qué había que escribirle a Edward so­bre el asunto con tanto apuro. Unos momentos de reflexión, sin embargo, tuvieron como resultado una muy feliz idea, que le hizo exclamar:

-¡Ahá! Ya la entiendo. El señor Ferrars va a ser el hombre. Bien, mejor para él. Claro, por supues­to que tiene que apurarse en tomar las órdenes; y me alegra mucho que las cosas estén tan adelan­tadas entre ustedes. Pero, querida, ¿no es algo inusitado? ¿No debiera ser el coronel quien le es­criba? Seguro que él es la persona adecuada.
Elinor no entendió el sentido de las primeras palabras de la señora Jennings, y tampoco le pa­reció que valía la pena preguntarlo; y así, respon­dió sólo a la parte final.

-El coronel Brandon es un hombre tan delicado, que preferiría que fuera cualquier otra persona la que le comunique sus intenciones al señor Ferrars.

-Y entonces usted tiene que hacerlo. Bueno, ¡ésa si que es una curiosa delicadeza! Pero -añadió al ver que se preparaba a escribir- no la molestaré más. Usted conoce mejor sus propios asuntos. Así que adiós, querida. Es la mejor noticia que he tenido des­de que Charlotte dio a luz.
Y partió, sólo para volver en un instante.

-Acabo de acordarme de la hermana de Betty, querida. Estaría feliz de conseguirle un ama tan buena. Pero en verdad no sé si servirá para don­cella de una dama. Es una excelente mucama, y maneja muy bien la aguja. Pero usted decidirá todo eso a su debido tiempo.

-Por supuesto, señora -replicó Elinor, sin es­cuchar mucho lo que le decían, y más deseosa de estar sola que de dominar el tema.
Cómo comenzar, cómo expresarse en su nota a Edward, era todo lo que le preocupaba ahora. Las peculiares circunstancias existentes entre ellos hacían difícil eso que a cualquier otra persona le habría resultado lo más fácil del mundo; pero ella temía por igual decir demasiado o demasiado poco, y se quedó pensando frente al papel, con la plu­ma en la mano, hasta que la interrumpió la entra­da del mismo Edward.
Había ido a dejar su tarjeta de despedida y se había encontrado en la puerta con la señora Jennings, cuando ésta se dirigía al carruaje; y ella, tras excusarse por no devolverse con él, lo ha­bía obligado a entrar diciéndole que la señorita Dashwood estaba arriba y quería hablar con él so­bre un asunto muy especial.
Recién Elinor había estado felicitándose en me­dio de sus vacilaciones, pensando que por difícil que pudiera ser expresarse adecuadamente por escrito, al menos era preferible a dar información de pala­bra, cuando la repentina entrada de su visitante la sorprendió y confundió de gran manera, obligándola a un nuevo esfuerzo, quizá el mayor de todos. No lo había visto desde que se había hecho público su compromiso y, por tanto, desde que él se había en­terado de que ella ya lo sabía; y esto, sumado a su conciencia de lo que había estado pensando, y a lo que tenía que decirle, la hizo sentirse especialmen­te incómoda durante algunos minutos. También Ed­ward estaba perturbado, y se sentaron uno frente al otro en una situación que prometía ser inconfor­table. El no podía recordar si se había excusado por su intrusión al entrar en la habitación; pero, para mayor seguridad, lo hizo formalmente tan pronto pudo decir palabra, tras tomar asiento.
-La señora Jennings me informó -dijo- que us­ted deseaba hablarme; al menos, eso fue lo que entendí... o de ninguna manera le habría impues­to mi presencia en esta forma; aunque, al mismo tiempo, habría lamentado mucho abandonar Lon­dres sin haberla visto a usted y a su hermana; en especial considerando que con toda seguridad transcurrirá un buen tiempo... no es probable que tenga luego el placer de verlas otra vez. Parto a Oxford mañana.
-No se habría ido, sin embargo -dijo Elinor, re­cuperándose y decidida a terminar lo antes posi­ble con aquello que tanto temía-, sin haber recibi­do nuestros mejores parabienes, aunque no hubié­ramos podido ofrecérselos personalmente. La señora Jennings estaba muy en lo cierto en lo que dijo. Tengo algo importante que comunicarle, que estaba a punto de informarle por escrito. Me han encomendado la más grata tarea -respiraba algo más rápido de lo acostumbrado al hablar-. El co­ronel Brandon, que estuvo acá hace tan sólo diez minutos, me ha encargado decirle que, sabiendo que usted piensa ordenarse, tiene el enorme pla­cer de ofrecerle el beneficio de Delaford, que aca­ba de quedar vacante, y que tan sólo desearía que fuera de mayor valor. Permítame felicitarlo por te­ner un amigo tan digno y prudente, y unirme a su deseo de que el beneficio, que alcanza a alrede­dor de doscientas libras al año, representara una suma más considerable, una que le permitiera... dado que puede ser algo más que una plaza tem­poral para usted... en pocas palabras, una que le permitiera cumplir todos sus deseos de felicidad.
Como Edward no fue capaz de decir por sí mis­mo lo que sintió, difícilmente puede esperarse que otro lo diga por él. En apariencia, mostraba todo el asombro que una información tan inesperada, tan insospechada no podía dejar de producir; pero tan sólo dijo estas tres palabras:

-¡El coronel Brandon!

-Sí -continuó Elinor, sintiéndose más decidida ahora que, al menos en parte, ya había pasado lo peor-; el coronel Brandon desea testimoniarle así su preocupación por los últimos sucesos, por la cruel situación en que lo ha puesto la injustifica­ble conducta de su familia... una preocupación que le aseguro compartimos Marianne, yo y todos sus amigos; y también lo ofrece como prueba de la alta estima en que lo tiene a usted, y en especial como signo de su aprobación por el comportamiento que usted ha tenido en esta ocasión.

-¡El coronel Brandon me ofrece a mí un bene­ficio! ¿Es posible, acaso?

-La falta de generosidad de sus parientes lo lleva a asombrarse de encontrar amistad en otras partes.

-No -replicó él, formándose una repentina idea sobre lo que debía haber ocurrido-, no de encon­trarla en usted, porque no puedo ignorar que a us­ted, a su bondad, debo todo esto. Lo que siento... si pudiera, lo expresaría; pero, como usted bien sabe, no soy orador.

-Está muy equivocado. Le aseguro que lo debe enteramente, al menos casi por completo, a su pro­pio mérito, y a la percepción que de él tiene el co­ronel Brandon. No he tenido injerencia alguna en esto. Ni siquiera sabía, hasta que me comunicó sus planes, que el beneficio estaba vacante; y tampoco se me había ocurrido que él pudiera otorgar tal be­neficio. En tanto amigo mío y de mi familia, puede que quizá... de hecho estoy segura de que su pla­cer en otorgarlo es mayor; pero, le doy mi palabra, usted no debe nada a ninguna mediación mía.
En honor a la verdad, debía reconocer una par­ticipación, aunque fuera pequeña, en la acción; pero al mismo tiempo era tan poco lo que desea­ba aparecer como la benefactora de Edward, que lo admitió con vacilaciones, lo que probablemen­te contribuyó a que en la mente de él se fijara esa idea que recién le había aparecido como sospecha. Durante algunos momentos después de que Elinor terminó de hablar, se mantuvo sumido en sus pen­samientos; finalmente, como haciendo un esfuer­zo, dijo:

-El coronel Brandon parece un hombre de gran valer y respetabilidad. Siempre he escucha­do hablar de él en esos' términos, y sé que el se­ñor Dashwood, su hermano, lo estima mucho. Sin duda es un hombre de gran sensatez y un per­fecto caballero en sus modales.

-Es cierto -replicó Elinor-, y estoy segura de que, al conocerlo mejor, descubrirá que es todo eso que usted ha escuchado sobre él; y como serán vecinos tan cercanos (porque entiendo que la rec­toría es casi colindante con la casa principal), es especialmente importante que sí lo sea.
Edward no respondió; pero cuando ella volvió la cabeza hacia otro lado, la miró de manera tan seria, tan intensa, tan poco alegre, que con sus ojos parecía decir que, a partir de ese momento, él ha­bría deseado que la distancia entre la rectoría y la mansión fuera mucho mayor.
¿El coronel Brandon, según creo, se aloja en St. James Street? -le dijo poco después, levantán­dose de su asiento.
Elinor le dio el número de la casa.

-Debo apresurarme, entonces, para manifestarle la gratitud que a usted no he podido ofrecer; para asegurarle que me ha hecho muy... enormemente feliz.
Elinor no procuró retenerlo; y se separaron des­pués de que ella le hubo asegurado muy formal­mente sus más firmes deseos de felicidad en todos los cambios de circunstancias que debiera vivir; y que él hizo algunos esfuerzos por corresponder los mismos buenos deseos, aunque sin saber bien cómo expresarlos.
“Cuando lo vuelva a ver”, se dijo Elinor mien­tras la puerta se cerraba tras él, “lo que veré será el marido de Lucy”.
Y con este agradable vaticinio se sentó a recon­siderar el pasado, recordar las palabras e intentar comprender los sentimientos de Edward; y, por su­puesto, a reflexionar sobre su propio descontento.
Cuando la señora Jennings volvió a casa, aun­que venía de ver a gente que nunca había visto antes y sobre la que, por tanto, debía tener mu­cho que decir, tenía la mente tanto más llena del importante secreto en su poder que de cualquier otra cosa, que retomó el tema apenas apareció Elinor.

-Bien, querida -exclamó-, le envié al joven. Estuvo bien, ¿verdad? Y supongo que no se topó con mayores dificultades. ¿No lo encontró dema­siado reacio a aceptar su propuesta?

-No, señora; no era de esperar tal cosa.

-Bien, ¿y cuando estará preparado? Pues pare­ce que todo depende de eso.

-En realidad -dijo Elinor-, sé tan poco de esta clase de formalidades, que difícilmente puedo ha­cer conjeturas sobre el tiempo o la preparación que se requiera; pero supongo que en dos o tres me­ses podrá completar su ordenación.

-¿Dos o tres meses? -exclamó la señora Jen­nings-. ¡Dios mío, querida! ¡Y lo dice con tanta cal­ma! ¡Y el coronel debiendo esperar dos o tres meses! ¡Que Dios me libre! Creo que yo no ten­dría paciencia. Y aunque cualquiera estaría muy contento de hacerle un favor al pobre señor Fe­rrars, de verdad pienso que no vale la pena espe­rarlo dos o tres meses. Seguro que se podrá encontrar a alguien más que sirva igual... alguien que ya haya recibido las órdenes.

-Mi querida señora -dijo Elinor-, ¿de qué está hablando? Pero, si el único objetivo del coronel Brandon es prestarle un servicio al señor Ferrars.

-¡Que Dios la bendiga, querida mía! ¡No creo que esté tratando de convencerme de que el coro­nel se casa con usted para darle diez guineas al señor Ferrars!
Tras esto el engaño no pudo continuar, y de inmediato dio paso a una explicación que en el momento divirtió enormemente a ambas, sin pér­dida importante de felicidad para ninguna de las dos, porque la señora Jennings se limitó a cambiar una alegría por otra, y todavía sin abandonar sus expectativas respecto de la primera.

-Sí, sí, la rectoría no deja de ser pequeña -dijo, tras la primera efervescencia de su sorpresa y sa­tisfacción-, y probablemente necesite reparaciones; ¡pero escuchar a un hombre disculpándose, tal como lo pensé, por una casa que, por lo que sé, tiene cinco salas de estar en el primer piso y, se­gún creo haberle escuchado al ama de llaves, tie­ne cabida para quince camas...! ¡Y para usted también, acostumbrada a vivir en la casita de Bar­ton! Parecía tan ridículo. Pero, querida, debemos sugerirle al coronel que haga algo en la rectoría, que la acomode para ellos antes de que llegue Lucy.

-Pero el coronel Brandon no parece creer que el beneficio sea suficiente para permitirles casarse.

-El coronel es un papanatas, querida; como él tiene dos mil libras al año para vivir, cree que na­die puede casarse con menos. Le doy mi palabra de que, si estoy viva, haré una visita a la rectoría de Delaford antes de la fiesta de san Miguel; y créa­me que no iré si Lucy no está allí.
Elinor era de la misma opinión en cuanto a que probablemente no iban a esperar más.