jueves, 22 de agosto de 2013

SENTIDO Y SENSIBILIDAD XLIV

Elinor, retrocediendo con una mirada de horror al verlo, obedeció al primer impulso de su corazón y se volvió a toda prisa para abandonar la habitación; su mano ya se encontraba en el tirador de la puerta cuando Willoughby la detuvo al avanzar rá­pidamente hacia ella y decirle, en un tono más im­perativo que suplicante:
-Señorita Dashwood, media hora... diez minu­tos... le ruego que se quede.

-No, señor -replicó ella con firmeza-, no me quedaré. Nada tengo que ver yo en sus asuntos. Supongo que los criados olvidaron decirle que el señor Palmer no se encontraba en casa.

-Aunque me hubieran dicho -exclamó él con gran vehemencia- que el señor Palmer y toda su parentela estaban en el infierno, no me habrían movido de la puerta. Es con usted que quiero ha­blar, sólo con usted.
-¡Conmigo! -había enorme asombro en su voz-. Bien, señor... sea rápido, y si le es posible, menos vehemente.

-Siéntese, y acataré ambas órdenes.

Elinor vaciló; no sabía qué hacer. La posibili­dad de que llegara el coronel Brandon y lo encon­trara ahí se le cruzó por la mente. Pero le había prometido escucharlo, y en ello estaba comprome­tida su curiosidad no menos que su honor. Tras un momento de reflexión, entonces, que la llevó a concluir que la prudencia exigía darse prisa y que su consentimiento era lo que mejor podía lograr­lo, caminó en silencio hacia la mesa y se sentó. El ocupó una silla frente a ella, y durante medio mi­nuto no cruzaron palabra.

-Le ruego sea rápido, señor -le dijo Elinor en tono impaciente-, no tengo tiempo que perder.
Sentado con aire de profunda meditación, él pareció no haberla oído.

-Su hermana -dijo abruptamente un momento después- está fuera de peligro. El criado me lo dijo. ¡Gracias a Dios! Pero, ¿es verdad? ¿Realmente es ver­dad?
Elinor no le respondió. Repitió él entonces la pregunta, con mayor urgencia aún.

-Por el amor de Dios, dígamelo: ¿está o no está fuera de peligro?

-Esperamos que lo esté.
Willoughby se levantó y cruzó la habitación.

-Si lo hubiera sabido tan sólo media hora an­tes... Pero ya que estoy aquí -habló con forzada vivacidad mientras volvía a la mesa-, ¿qué impor­ta? Por esta vez, señorita Dashwood... quizá sea la última vez... alegrémonos juntos. Estoy de hu­mor para la alegría. Dígame sinceramente -sus me­jillas se iluminaron de un rubor más profundo- ¿cree que soy más un canalla o un necio?

Elinor lo contempló más estupefacta que nun­ca. Comenzó a pensar que debía estar ebrio: era lo único que podía explicar tan extraña visita, tan insólitos modales; y con esta impresión, se puso inmediatamente de pie, diciendo:

-Señor Willoughby, le aconsejaría en este mo­mento que volviera a Combe. No puedo seguir per­diendo el tiempo con usted. Sea lo que fuere que desea tratar conmigo, será mejor que reflexione y me lo explique mañana.

-La comprendo -replicó él con una sonrisa ex­presiva y voz perfectamente tranquila-. Sí, estoy muy ebrio. Una pinta de cerveza con que acom­pañé las carnes frías que comí en Marlborough bas­tó para trastornarme.

-¡En Marlborough! -exclamó Elinor, entendien­do cada vez menos lo que ocurría.

-Sí; salí de Londres hoy a las ocho de la ma­ñana y los únicos diez minutos que pasé fuera de mi calesín desde esa hora, fueron los que dediqué a una ligera merienda en Marlborough.
La firmeza de sus modales y la inteligencia de su mirada mientras hablaba convencieron a Elinor de que, cualquiera fuese la imperdonable locura que lo traía a Cleveland, no se trataba de ebrie­dad; y tras pensar durante unos instantes, dijo:

-Señor Willoughby, usted tiene que darse cuen­ta, y yo ciertamente así lo creo, que después de todo lo que ha pasado, su venida acá y la forma en que lo ha hecho, imponiéndome su presencia, exigen una excusa muy especial. ¿Qué pretende con esto?

-Lo que pretendo -dijo el joven con tono gra­vemente enérgico-, si es que puedo, es hacer que usted me odie un poco menos que ahora. Preten­do ofrecer alguna explicación, alguna disculpa por lo ocurrido en el pasado; abrirle mi corazón y con­vencerla de que aunque siempre he sido un bue­no para nada, no siempre he sido un canalla; y, de esta forma, obtener algo semejante al perdón de Ma... de su hermana.

¿Es ése el verdadero motivo que lo trajo aquí?

-Por mi vida que sí lo es -fue su respuesta, dicha con un fervor que trajo a la memoria de Eli­nor todo lo que había sido el antiguo Willoughby, y que a su pesar la hizo creerlo sincero.

-Si eso es todo, puede darse por satisfecho, pues Marianne sí... hace mucho que lo ha perdo­nado.

-¡Lo ha hecho! -exclamó el joven, con el mis­mo tono intenso-. Entonces me ha perdonado an­tes de que hubiera debido hacerlo. Pero me perdonará otra vez, y esta vez por motivos mucho más valederos. Ahora, ¿querrá escucharme?
Elinor asintió con un gesto de la cabeza.

-No sé -dijo, tras una pausa llena de expecta­ción por parte de Elinor, de cavilaciones en él-, cómo se habrá explicado usted mi comportamien­to con su hermana, o qué motivos diabólicos me habrá atribuido. Tal vez le sea difícil pensar mejor de mí; sin embargo, vale la pena intentarlo, y le contaré todo. Al comienzo de mi intimidad con su familia, no tenía yo ninguna otra intención, ningún otro interés en la relación que pasar momentos agradables mientras duraba mi forzada permanen­cia en Devonshire, más agradables de los que ha­bía disfrutado hasta entonces. Su hermana, con su aspecto adorable y atractivas maneras, no podía dejar de encantarme; y su trato hacia mí, casi des­de el principio fue... ¡Es increíble, cuando pienso en cómo' fue su trato, y en cómo era ella, que mi corazón haya sido tan insensible! Pero al comien­zo, debo confesarlo, sólo halagó mi vanidad. Sin preocuparme por su felicidad, pensando sólo en mi propia diversión, permitiéndome sentimientos que toda mi vida había estado acostumbrado a con­sentir, me esforcé con todos los medios a mi al­cance por hacerme agradable a ella, sin ninguna intención de corresponder a su afecto.

En este punto, la señorita Dashwood, lanzán­dole una mirada del más airado desprecio, lo de­tuvo diciéndole:

-No vale la pena, señor Willoughby, que siga hablando, o que yo siga escuchándolo. A un co­mienzo como éste nada puede seguirle. No me an­gustie haciéndome oír más sobre este asunto.

-Insisto en que lo escuche todo -replicó él-. Nunca fui dueño de una gran fortuna y siempre he sido de gustos caros, siempre me he asociado con gente de ingresos mayores que los míos. Des­de mi mayoría de edad, o incluso antes, creo, año tras año han aumentado mis deudas; y aunque la muerte de mí anciana prima, la señora Smith, me liberaría de ellas, dado que se trata de un hecho incierto y posiblemente muy distante, durante al­gún tiempo había tenido la intención de recons­truir mi situación a través del matrimonio con una mujer de fortuna. Una relación con su hermana no era, por tanto, pensable; y así me encontraba ac­tuando con una ruindad, egoísmo y crueldad que ninguna mirada de indignación o desprecio, ni si­quiera la suya, señorita Dashwood, podría censu­rar bastante, y siempre con el propósito de conquistar su afecto, sin intenciones de correspon­derlo. Pero hay una cosa que puede decirse a mi favor, incluso en ese horrendo estado de egoísta vanidad, y es que no sabía la profundidad del dañó que tramaba, porque en ese entonces no sabía lo que era amar. Pero, ¿alguna vez lo he sabido? Bien puede dudarse de ello, pues si realmente hubiera amado, ¿podría acaso haber sacrificado mis senti­mientos a la vanidad, a la avaricia? O, lo que es peor, ¿podría haber sacrificado los suyos? Pero lo he hecho. Para evitar una pobreza relativa, que su afecto y compañía habrían despojado de todos sus horrores, he perdido, elevándome a una situación de fortuna, todo lo que hubiese hecho de ella una bendición.

-Entonces -dijo Elinor, algo aplacada-, sí se sin­tió durante un tiempo encariñado con ella.

-¡Haber resistido tantos atractivos, haber recha­zado tal ternura! ¡Qué hombre en el mundo lo ha­bría hecho! Sí, poco a poco, sin darme cuenta, me encontré sinceramente enamorado de ella; y las horas más felices de mi vida fueron las que pasé con ella, cuando sentía que mis intenciones eran estrictamente honorables y mis sentimientos inta­chables. Incluso entonces, sin embargo, cuando es­taba completamente decidido a plantearle mi amor, me permití contra todo decoro postergar día a día el momento de hacerlo, llevado por mi renuencia a establecer un compromiso mientras siguiera en tan grandes apuros económicos. No voy a justifi­car esto... ni la detendré si usted quiere explayar­se sobre lo absurdo, y peor que absurdo, de dudar en comprometer mi palabra allí donde mi honor ya estaba comprometido. Los hechos han demos­trado cuán neciamente astuto fui, trabajando tanto para regalarme la posibilidad de hacerme despre­ciable y desgraciado para siempre. Por último, sin embargo, me resolví y decidí que en la primera oportunidad en que pudiera hablarle a solas, justi­ficaría las atenciones que sin cesar le había prodi­gado y le declararía abiertamente un afecto que ya había hecho tanto por mostrarle. Pero entre tanto, en el intervalo de las pocas horas que transcurri­rían antes de que se me presentara la oportunidad de hablar con ella en privado, algo ocurrió, una desafortunada circunstancia que destruyó toda mi resolución y, con ella, todo mi bienestar. Algo se descubrió -aquí vaciló y bajó los ojos-. La señora Smith había sabido, de una u otra forma, me ima­gino que a través de algún pariente lejano que que­ría privarme de su favor, sobre un asunto, una relación... pero no es necesario que me explaye sobre eso -añadió, mirándola ruborizado y con aire interrogativo-, a través de su amistad tan íntima... probablemente está al tanto de toda la historia des­de hace mucho.

-Lo estoy -respondió Elinor, también ruborizán­dose, y volviendo a endurecer su corazón contra cualquier sentimiento de compasión hacia él-, es­toy enterada de todo. Y de qué forma podrá disculpar con sus explicaciones ni la más pequeña parte de su culpa en ese atroz asunto, es más de lo que puedo imaginar.

-Recuerde -exclamó Willoughby-, por boca de quién le llegó esa historia. ¿Podía acaso ser impar­cial? Admito que debí respetar la condición y la persona misma de esa joven. No es mi intención justificarme, pero tampoco puedo permitirle a us­ted suponer que no tengo nada que argumentar; que porque sufrió, era irreprochable; y que por­que yo era un libertino, ella debía ser una santa. Si la vehemencia de sus pasiones, la debilidad de su entendimiento... pero no quiero defenderme. Su afecto por mí mereció un mejor trato, y a menudo recuerdo con enormes sentimientos de culpa esa ternura que durante un muy breve lapso tuvo el poder de crear en mí una réplica. Cómo quisiera, de todo corazón, que ello nunca hubiera ocurri­do. Pero el daño que me hice a mí es mayor que el suyo; y he dañado a alguien cuyo afecto por mí (¿puedo decirlo?) era apenas menos ardiente que el de ella, y cuya inteligencia... ¡Ah! ¡Cuán infinita­mente superior!

-Pero su indiferencia hacia esa desdichada niña..., debo decirlo, por desagradable que me sea discutir un asunto como éste..., su indiferencia no es excusa para la cruel manera en que la abando­nó. No imagine que ninguna debilidad, ninguna carencia natural de entendimiento en ella, discul­pa la insensible crueldad que usted mostró. Usted tiene que haber sabido que mientras se divertía en Devonshire con nuevos p+lanes, siempre alegre, siempre feliz, ella se veía reducida a la más total indigencia.

-Pero, le doy mi palabra, yo no lo sabía -re­plicó Willoughby con enorme vehemencia-; no re­cordaba no haberle dado mi dirección, y el simple sentido común le debería haber indicado cómo en­contrarla.

-Bien, señor, ¿y qué dijo la señora Smith?

-De inmediato me censuró la ofensa que ha­bía cometido, y puede deducirse cuán grande fue mi confusión. La pureza de su vida, sus ideas con­vencionales, su ignorancia del mundo... todo es­taba en contra mía. No podía yo negar el asunto, y vanos fueron todos mis esfuerzos por suavizar­lo. Estaba predispuesta de antemano, según creo, a dudar de la moralidad de mi conducta en ge­neral, y además estaba disgustada con la muy es­casa atención, el brevísimo tiempo que le había dedicado en esa visita mía. En pocas palabras, ter­minó en una ruptura total. Una sola cosa me ha­bría salvado. En lo más extremado de su moralidad, ¡pobre mujer!, ofreció olvidar el pasa­do si me casaba con Eliza. Eso era impensable... y así fui formalmente expulsado de su favor y de su casa. Debía salir de allí a la mañana siguiente, y la noche anterior la pasé reflexionando en cuál debía ser mi conducta futura. La lucha fue gran­de..., pero terminó demasiado pronto. Mi afecto por Marianne, mi total seguridad sobre el cariño de ella, todo fue insuficiente para contrarrestar el miedo a la pobreza, o hacer mella en esas falsas ideas sobre la necesidad de riqueza que tan na­turales me eran, y que una sociedad dispendiosa me había enseñado a cultivar. Tenía motivos para creerme seguro de la aceptación de mi actual es­posa, si optaba por ella, y logré persuadirme de que ésa era la única salida que la prudencia co­mún aconsejaba. Todavía, sin embargo, me aguar­daba una dura situación antes de poder partir de Devonshire; estaba comprometido a cenar con ustedes ese mismo día y, por tanto, necesitaba una excusa para faltar a ese compromiso. Me deba­tí largamente entre escribir esa excusa o presen­tarla en persona. Sentía que sería terrible ver a Marianne, e incluso dudaba si podría verla de nue­vo y seguir siendo capaz de persistir en mi deci­sión. En ese punto, sin embargo, subestimé mi propia capacidad, según ha sido demostrado por los hechos; porque fui, la vi, vi que era desdicha­da, y la dejé desdichada... y la dejé, esperando no verla nunca más.

-Pero, ¿por qué fue, señor Willoughby? -dijo Elinor, con tono de reproche-. Una nota habría bas­tado. ¿Por qué fue necesario ir en persona?

-Fue necesario a mi orgullo. No soportaba irme de allí en una forma que permitiera que ustedes, o el resto de los vecinos, sospechara nada de lo que realmente había ocurrido entre la señora Smith y yo, y decidí entonces detenerme en su casa de camino a Honiton. Ver a su querida hermana, sin embargo, fue terrible; y para empeorar las cosas, la encontré sola. Ustedes habían salido, no sé a dónde. ¡Tan sólo la tarde anterior la había dejado tan completa y firmemente decidido en mi interior a hacer lo correcto! En unas pocas horas nos ha­bríamos comprometido para siempre; ¡y recuerdo qué feliz, qué alegre me sentía mientras iba de la casa a Allenham, satisfecho conmigo mismo, en­cantado con todo el mundo! Pero en ese encuen­tro, el último de nuestra amistad, llegué a ella con un sentimiento de culpa que casi me quitó toda capacidad de fingir. Su dolor, su desilusión, su pro­funda pena cuando le dije que debía dejar Devon­shire tan de repente... jamás los olvidaré. ¡Y ello unido a tanta fe, tanta confianza en mí! ¡Oh, Dios! ¡Qué canalla sin sentimientos fui!

Callaron ambos por algunos instantes. Elinor fue la primera en hablar.

-¿Le dijo que volvería pronto?

-No sé lo que le dije -replicó él, impaciente-; menos de lo que me exigía el pasado, sin ninguna duda, y con toda probabilidad mucho más de lo que justificaba el futuro. No puedo pensar en eso... no servirá de nada. Y después llegó su querida madre, a torturarme más aún con toda su bondad y confianza. ¡Gracias a Dios que sí me torturó! ¡Qué infeliz me sentí! Señorita Dashwood, no puede ima­ginarse qué consuelo es mirar hacia atrás y ver cuán infeliz me sentí. Es tan enorme el rencor que me guardo por la estúpida, canallesca locura de mi pro­pio corazón, que todos los sufrimientos que en el pasado tuve por su causa, hoy no son sino senti­mientos de triunfo y gozo. En fin, fui, abandoné todo lo que amaba, y me dirigí hacia quienes, en el mejor de los casos, sólo sentía indiferencia. Mi viaje a la ciudad, en mi propio carruaje, tan tedio­so, sin nadie con quien hablar... ¡qué pensamien­tos alegres, que gratas perspectivas por delante! Y cuando recordaba Barton, ¡qué imagen consolado­ra! ¡Ah, sí fue un viaje espléndido!
Se detuvo.

-En fin, señor -dijo Elinor, que aunque com­padeciéndolo, se impacientaba por verlo partir-, ¿y es eso todo?

-¡Todo! No. ¿Ha olvidado acaso lo que ocurrió en la ciudad? ¡Esa carta infame! ¿Se la mostró?

-Sí, vi todas las notas que se escribieron.

-Cuando recibí la primera (que me llegó de in­mediato, pues todo el tiempo estuve en la ciudad), lo que sentí fue, como se dice comúnmente, im­posible de expresar. En palabras más sencillas, qui­zá demasiado sencillas para despertar ninguna emoción, mis sentimientos fueron muy, muy dolo­rosos. Cada línea, cada palabra fue, en la trillada frase que prohibiría su querida autora, si estuvie­ra aquí, una puñalada en mi corazón. Saber que Marianne estaba en la ciudad fue, en el mismo len­guaje, un rayo. ¡Rayos y puñaladas! ¡Cómo me ha­bría reprendido! Su gusto, sus opiniones... creo que las conozco mejor que las mías, y con toda segu­ridad las aprecio más.
El corazón de Elinor, que había recorrido toda una gama de emociones en el curso de esta ex­traordinaria conversación, volvió a ablandarse una vez más; aun así, sintió que era su deber refrenar en su compañero ideas como la última que había expresado.

-Eso no está bien, señor Willoughby. Recuer­de que está casado. Hábleme sólo de aquello que su conciencia estima necesario que yo escuche.

-La nota de Marianne, en que me decía que yo todavía le era tan querido como antes; que pese a las muchas, muchas semanas en que habíamos estado separados, ella seguía tan fiel en sus senti­mientos y tan llena de confianza en la fidelidad de los míos como siempre, despertó todos mis remor­dimientos. Digo que los despertó, porque el tiem­pp y Londres, las ocupaciones y la disipación, de alguna manera los habían adormecido y me había estado transformando en un villano completamen­te endurecido, creyéndome indiferente a ella y eli­giendo creer que también yo debía haberle llegado a ser indiferente; diciéndome que nuestra relación en el pasado no había sido más que un pasatiem­po, un asunto trivial; encogiéndome de hombros como prueba de ello, y acallando todo reproche, venciendo todo escrúpulo con el recurso de decir­me en silencio de vez en cuando, “Estaré feliz de todo corazón cuando la sepa bien casada”. Pero su nota me hizo conocerme mejor. Sentí que me era infinitamente más querida que ninguna otra mujer en el mundo, y que me estaba comportan­do con ella de la manera más infame. Pero en ese momento ya todo estaba definido entre la señorita Grey y yo. Retroceder era imposible. Todo lo que tenía que hacer era evitarlas a ustedes dos. No le respondí a Marianne, intentando por ese medio impedir que volviera a reparar en mí; y durante al­gún tiempo incluso estuve decidido a no acudir a Berkeley Street; pero, por último, juzgando más sa­bio fingir que sólo se trataba de una relación fría y ordinaria, esperé una mañana a que hubieran sa­lido de la casa y dejé mi tarjeta.

-¡Esperó a que saliéramos de la casa!

-Sí, incluso eso. Le sorprendería saber cuán a menudo las vi, cuántas veces estuve a punto de to­parme con ustedes. Entré en innumerables tiendas para evitar que me vieran desde el carruaje en que iban. Viviendo en Bond Street como yo lo hacía, casi no había día en que no divisara a una de ustedes; y lo único que pudo mantenemos apartados durante tanto tiempo fue mi permanente alerta, un constan­te e imperioso deseo de mantenerme fuera de la vis­ta de ustedes. Evitaba a los Middleton tanto como me era posible, al igual que a todos los que podían resultar conocidos comunes. Pero sin saber que se encontraban en la ciudad, me tropecé con sir John, creo, el día en que llegó, al día siguiente de mi vi­sita a casa de la señora Jennings. Me invitó a una fiesta, a un baile en su casa esa noche. Aunque no me hubiera dicho para convencerme que usted y su hermana estarían allí, habría sentido que era algo demasiado probable como para atreverme a ir. La mañana siguiente trajo otra breve nota de Marianne, todavía afectuosa, franca, ingenua, confiada... todo lo que podía hacer más odiosa mi conducta. No pude responderle. Lo intenté, y no pude redactar ni una sola frase. Pero creo que no había momento del día en que no pensara en ella. Si puede compa­decerme, señorita Dashwood, compadézcase de mi situación como era en ese entonces. Con la mente y el corazón llenos de su hermana, ¡tenía que re­presentar el papel de feliz enamorado frente a otra mujer! Esas tres o cuatro semanas fueron-las peores de todas. Y así, finalmente, como no es necesario que le diga, inevitablemente nos encontramos. ¡Y a qué dulce imagen rechacé! ¡Qué noche de agonía fue ésa! ¡De un lado, Marianne, hermosa como un ángel, diciendo mi nombre con tan dulces acentos! ¡Oh, Dios! ¡Alargándome la mano, pidiéndome una explicación con esos embrujadores ojos fijos en mi rostro con tan expresiva solicitud! Y Sophia, celosa como el demonio, por el otro lado, mirando todo lo que... En fin, qué importa ahora; ya todo ha ter­minado.' ¡Qué noche aquella! Huí de ustedes ape­nas pude, pero no antes de haber visto el dulce rostro de Marianne blanco como la muerte. Esa fue la última vez que la vi, la última imagen que tengo de ella. ¡Fue una visión terrible! Pero cuando hoy la imaginé muriendo de verdad, fue una especie de alivio pensar que sabía exactamente cómo aparece­ría ante los últimos que la verían en este mundo. La tuve frente a mí, siempre frente a mí durante todo el camino, con el mismo rostro y el mismo color.

A esto siguió una breve pausa en que ambos callaron, pensativos. Willoughby, levantándose pri­mero, la rompió diciendo:

-Bien, debo apresurarme e irme. ¿Seguro que su hermana está mejor, fuera de peligro? -Sí, estamos seguros.

-También su pobre madre, ¡con lo que adora a Marianne!

-Pero la carta, señor Willoughby, su propia car­ta; ¿no tiene nada que decir al respecto?

-Sí, sí, ésa en particular. Su hermana me escri­bió la mañana siguiente misma, como sabe. Ya sabe usted lo que allí decía. Yo estaba desayunando don­de los Ellison; y desde el lugar donde me alojaba me llevaron su carta, junto con otras. Y pasó que Sophia la vio antes que yo; y su porte, la elegan­cia del papel, la letra, todo le despertó inmedia­tas sospechas. Ya antes le habían llegado vagos informes sobre una relación mía con una joven en Devonshire, y lo ocurrido la noche anterior ante su vista le había indicado quién era la joven, po­niéndola más celosa que nunca. Fingiendo enton­ces ese aire juguetón que es delicioso en la mujer que uno ama, abrió ella misma la carta y leyó su contenido. Fue un buen pago a su desfachatez. Leyó las palabras que la hicieron infeliz. Yo podría haber soportado su infelicidad, pero su cólera, su inqui­na, de cualquier forma había que calmarlas. Y así, ¿qué piensa del estilo epistolar de mi esposa? Deli­cado, tierno, verdaderamente femenino, ¿verdad?

-¡Su esposa! Pero si la carta venía de su puño y letra.

-Sí, pero mi único crédito es haber copiado ser­vilmente frases que me avergonzaba firmar. El ori­ginal fue enteramente de ella, sus propias felices ideas y gentil redacción. Pero, ¿qué podía hacer yo? Estábamos comprometidos, estaban preparando todo, casi habían fijado la fecha... pero hablo como un necio. ¡Preparaciones! ¡Fecha! Hablando since­ramente, necesitaba su dinero, y en una situación como la mía tenía que hacer cualquier cosa para evitar un rompimiento. Y después de todo, ¿qué importancia podía tener para la opinión de Marian­i y sus amigos sobre mi carácter, el lenguaje en que estuviera formulada mi respuesta? Debía servir a un solo propósito. Tenía que mostrarme como un villano, y poco importaba que lo hiciera con una venia o una bravuconada. “Mi reputación ante ellas está arruinada para siempre”, me dije; “estoy para siempre proscrito de su lado; ya me creen un indi­viduo sin principios, esta carta se limitará a hacer­las creerme un sinvergüenza”. Tales eran mis razonamientos mientras, en una especie de deses­perada indiferencia, copiaba las palabras de mi es­posa y me separaba de las últimas reliquias de Marianne. Sus tres cartas, desgraciadamente las guardaba en mi cartera, o habría podido negar su existencia y conservarlas como un tesoro para siem­pre. Debí incluirlas, y ni siquiera pude besarlas. Y el mechón de su cabello, también lo había llevado siempre conmigo en mi cartera, que ahora la se­ñora registraba con la más cautivante virulencia... Ese querido mechón... todo, cada recuerdo me fue arrancado.

-Está muy equivocado, señor Willoughby, son muy censurables sus palabras -dijo Elinor, mien­tras su voz, a su pesar, traicionaba la compasión que sentía-; no debía hablar de esta forma, ni de la señora Willoughby ni de mi hermana. Usted hizo su propia elección. Nadie se la impuso. Su esposa tiene ,derecho a su gentileza, a su respeto al me­nos. Debe quererlo, o no se habría casado con us­ted. Tratarla en forma descortés, hablar de ella despreciativamente, no repara lo hecho a Marianne, ni creo que alivie su propia conciencia.

-No me hable de mi esposa -dijo él, con un profundo suspiro-. Ella no merece su compasión. Sabía que no la quería cuando nos casamos. Bien, nos casamos, vinimos a Combe Magna buscando ser felices, y después volvimos a la ciudad buscan­do estar alegres. Y ahora, ¿me compadece, señori­ta Dashwood? ¿O he dicho todo esto en vano? En su opinión, ¿soy, aunque sea tan sólo un poco, soy menos culpable que antes? No siempre fueron in­correctas mis intenciones. ¿He justificado algo de mi culpa?

-Sí, ciertamente ha eliminado algo de ella, una pequeña parte. Ha probado ser, en general, me­nos culpable de lo que lo había creído. Ha demos­trado que su corazón es menos perverso, mucho menos perverso. Pero me es difícil saber, en cuan­to a la infelicidad que ha causado, me es difícil sa­ber cómo podría haber sido peor.

-¿Le contará a su hermana, cuando se haya re­cuperado, lo que le he dicho? Permítame aligerar un poco mi culpa también en su opinión. Me dice que ya me ha perdonado. Permítame creer que un mejor conocimiento de mi corazón, de mis actua­les sentimientos, arrancará de ella un perdón más espontáneo, más natural, más dulce, menos seño­rial. Cuéntele de mi desdicha y mi arrepentimien­to, dígale que mi corazón nunca le fue infiel, y si lo desea, que en la actualidad me es más querida que nunca.

-Le diré todo cuanto sea necesario para lo que, relativamente, pueda llamarse su justificación. Pero no me ha explicado el motivo específico de su ac­tual visita, ni cómo supo de su enfermedad.

-Anoche, en el foyer del Drury Lane, me topé con sir John Middleton, y cuando vio quién era (nuestro primer encuentro en estos dos meses), me dirigió la palabra. Que hubiera cortado conmigo desde mi matrimonio, no me causaba sorpresa ni resentimiento. En ese momento, sin embargo, con su alma buena, honesta y tonta, llena de indigna­ción contra mí y preocupación por su hermana, no pudo resistir la tentación de contarme lo que él cre­yó que debía, aunque no pensó que lo hiciese, afectarme de manera tan terrible. Tan bruscamen­te como pudo, entonces, me contó que Marianne Dashwood se estaba muriendo de una fiebre pú­trida en Cleveland; una carta de la señora Jennings recibida esa mañana anunciaba que el peligro era inminente, el temor había alejado a los Palmer, etc. El golpe fue demasiado fuerte para permitirme fin­gir insensibilidad, incluso ante el poco perspicaz sir John. Su corazón se ablandó al ver cómo sufría el mío; y una parte tan grande de su inquina se había esfumado cuando nos despedimos, que casi llegó a estrecharme la mano, mientras me recor­daba una vieja promesa sobre un cachorro poin­ter. Lo que sentí al escuchar que su hermana estaba muriendo, y muriendo creyéndome el mayor villa­no del mundo, despreciándome, odiándome en sus últimos momentos... porque, ¿cómo saber qué ho­rrendos planes no me habrían imputado? Estaba se­guro de que al menos una persona podía hacerme aparecer capaz de todo. ¡Lo que sentí fue atroz! Rá­pidamente tomé una decisión, y hoy a las ocho de la mañana ya me encontraba en mi carruaje. Aho­ra ya lo sabe todo.

Elinor no respondió. Sus pensamientos estaban silenciosamente fijos en el daño irreparable que una independencia demasiado temprana, y los consi­guientes hábitos de ocio, disipación y lujos, habían causado en la mente, el carácter, la felicidad de un hombre que, a todas las ventajas de una buena apa­riencia y talentos, unía una disposición naturalmen­te franca y honesta, y temperamento sensible y afectuoso. El mundo lo había hecho extravagante y vanidoso; la extravagancia y la vanidad lo habían hecho insensible y egoísta. La vanidad, mientras Willoughby sacrificaba a otro en aras de su propio triunfo culpable, lo había involucrado en un ver­dadero afecto al que la extravagancia -o al menos su hija, la necesidad- había exigido renunciar. Cada uno de estos defectos, al conducirlo al mal, tam­bién lo había conducido al castigo. El afecto que contra todo honor, contra sus sentimientos, contra sus mejores intereses había aparentemente queri­do arrancar de sí, ahora, cuando ya no le era per­mitido, dominaba todos sus pensamientos; y la unión por cuya causa, sin ningún escrúpulo, ha­bía hecho desgraciada a su hermana, parecía ha­berse transformado en una fuente de infelicidad para él mismo de naturaleza mucho más incura­ble. De este ensimismamiento la sacó después de algunos minutos Willoughby, quien, saliendo de un ensimismamiento al menos igual de doloroso, se levantó preparándose para partir y dijo:

-No sirve de nada que permanezca aquí; debo irme.

¿Vuelve a la ciudad?

-No, a Combe Magna. Tengo algo que hacer allí; en uno o dos días más seguiré a la ciudad. Adiós.
Le alargó la mano. Ella no pudo rehusar darle la suya; él se la estrechó afectuosamente.

-Pero, ¿usted sí piensa mejor ahora de mí? -dijo, soltándola y apoyándose en la repisa de la chimenea, como si hubiera olvidado que iba a mar­charse.
Elinor le aseguró que así era; que lo perdona­ba, lo compadecía, que le deseaba lo mejor, inclu­so que fuera feliz, a lo que añadió un consejo gentil sobre el comportamiento más adecuado para lo­grarlo. Su respuesta no fue muy animadora.

-En cuanto a eso -dijo-, tendré que arreglár­melas lo mejor que pueda. En la felicidad domés­tica no puedo ni pensar. Sin embargo, si usted y su familia tienen algún interés en mi suerte y en mis actos, puede ser la manera... puede ponerme en guardia... al menos, puede ser algo por lo que vivir. A Marianne, de todas maneras, la he perdido para siempre. Incluso si, por algún bendito azar, me encontrara libre de nuevo...
Elinor lo detuvo con un reproche.

-Bien -{lijo él-, una vez más, adiós. Me iré aho­ra y viviré temiendo que ocurra una sola cosa. -¿A qué se refiere?

-Al matrimonio de su hermana.

-Está muy equivocado. Nunca podrá estar más fuera de su alcance de lo que está ahora.

-Pero será de otro. Y si ese otro fuera el mis­mo que, entre todos los hombres, menos sopor­to... Pero no me quedaré a privarme de toda su compasiva buena voluntad al mostrarle que allí donde he hecho más daño, menos puedo perdo­nar. Adiós, ¡que Dios la bendiga!
Y con estas palabras, salió casi corriendo de la habitación.