lunes, 21 de abril de 2014

SENTIDO Y SENSIBILIDAD XLVI

La enfermedad de Marianne, aunque muy debili­tante por naturaleza, no había sido tan larga como para demorar su recuperación; y su juventud, su natural energía y la presencia de su madre la faci­litaron de tal manera, que ya a los cuatro días de haber llegado la señora Dashwood pudo trasladar­se al saloncito de la señora Palmer. Una vez allí, ella misma solicitó que enviaran por el coronel Brandon, pues estaba impaciente por agradecerle haber traído a su madre.
La reacción del coronel al entrar a la habita­ción, al ver cuánto había cambiado el aspecto de Marianne y al recibir la pálida mano que de inme­diato le extendió, hizo pensar a Elinor que la enor­me emoción que mostraba debía nacer de algo más que su afecto por ella o de saber que los demás estaban al tanto de sus sentimientos; y pronto des­cubrió en su tristeza y en la forma en que había cambiado de color al mirar a su hermana, la pro­bable reproducción en su memoria de incontables escenas de angustia vividas en el pasado, vueltas a vivir por esa semejanza entre Marianne y Eliza de que ya había hablado, y ahora reforzada por los ojos hundidos, la piel sin vida, su aspecto de postrada debilidad y el cálido reconocimiento de una deuda especial con él.
Para la señora Dashwood, no menos atenta que su hija a lo que ocurría pero con ideas que iban por muy diferentes rumbos y, por tanto, a la espe­ra de muy distintos efectos, el comportamiento del coronel se originaba en las más simples y obvias sensaciones, mientras en las palabras y gestos de Marianne quería ver el nacimiento de algo más que mera gratitud.
Después de uno o dos días, con Marianne re­cuperando visiblemente las fuerzas de doce en doce horas, la señora Dashwood, impulsada tanto por sus propios deseos como por los de su hija, comenzó a hablar de volver a Barton. De las medidas que ella tomara dependían las de sus dos amigos: la señora Jennings no podía dejar Cleveland mientras estuvie­ran allí las Dashwood, y el coronel Brandon, obe­deciendo al pedido unánime de todas ellas, debió considerar su permanencia como sujeta a los mis­mos términos, si no igualmente indispensable. A su vez, en respuesta al pedido conjunto de la señora Jennings y del coronel, la señora Dashwood debió aceptar el carruaje de éste en su viaje de regreso, por la comodidad de su hija enferma; y el coronel, frente a la invitación de la señora Dashwood y la señora Jennings, cuyo diligente buen carácter la ha­cía ser amistosa y hospitalaria en nombre de otras personas tanto como en el propio, se comprometió gustoso a recuperarlo haciendo una visita a la casi­ta de Barton en el curso de algunas semanas.
Llegó el día de la separación y la partida; y Marianne, después de una larga y muy especial despedida de la señora Jennings, tan llena de grati­tud, tan llena de respeto y buenos deseos como en lo más íntimo y secreto de su corazón reconocía de­berle por sus antiguos desaires, y diciendo adiós al coronel Brandon con la cordialidad de una amiga, subió al carruaje ayudada por él, que parecía em­peñado en que ocupara al menos la mitad del es­pacio. Siguieron a continuación la señora Dashwood y Elinor, dejando a los que allí quedaban entrega­dos a conversar sobre las viajeras y sentir el des­aliento que los invadía, hasta que la señora Jennings fue llamada a su propio coche, donde encontró con­suelo en los comentarios de su doncella sobre la pérdida de sus dos jóvenes acompañantes; e inme­diatamente después, el coronel Brandon emprendió su solitario viaje a Delaford.
Dos días estuvieron las Dashwood en el cami­no, y Marianne soportó el viaje en ambos sin ver­dadera fatiga. Todo cuanto el más diligente afecto y los cuidados más solícitos podían hacer por su comodidad, lo hizo incansablemente cada una de sus dos acompañantes; y ambas se vieron recom­pensadas por el reposo físico que logró y la tran­quilidad de su espíritu. Esta última era para Elinor especialmente gratificante. Después de contemplar a Marianne semana tras semana en constante su­frimiento, de verla con el corazón oprimido por una angustia que no tenía el valor suficiente para ex­presar ni la fortaleza necesaria para ocultar, cons­tataba ahora en ella, con un gozo que nadie podía sentir de la misma forma, una aparente serenidad que si era -como esperaba que fuese- resultado de la reflexión, con el tiempo podía traerle con­tentamiento y alegría.
A medida que se aproximaban a Barton, eso sí, e iban pasando por los lugares donde cada sem­brado y cada árbol traía algún recuerdo penoso en particular, Marianne se fue quedando callada y pen­sativa; y volviendo el rostro para que no la vieran, no dejó de mirar fijamente por la ventanilla. Pero Elinor no pudo ni admirarse ni culparla por ello; y cuando al ayudarla a bajar del carruaje vio que ha­bía estado llorando, lo consideró una emoción de­masiado natural en sí misma para despertar una respuesta menos tierna que la piedad y, dada la discreción con que se había manifestado, merece­dora de todo encomio. En todo su comportamien­to subsiguiente fue viendo las huellas de una mente decidida a realizar un esfuerzo razonable, pues ape­nas entraron a su salita de estar, Marianne la reco­rrió con una mirada decidida y firme, como resuelta a acostumbrarse de inmediato a la vista de cada objeto al que podía estar asociado el recuerdo de Willoughby. Habló poco, pero cada una de sus fra­ses apuntaba a la alegría; y aunque ocasionalmen­te se le escapaba un suspiro, nunca lo dejaba pasar sin compensarlo con una sonrisa. Después de ce­nar intentó tocar el piano. Se acercó a él, pero la pieza que primero saltó a su vista fue una ópera, regalo de Willoughby a ella, que contenía algunos de sus duetos favoritos y en cuya primera página él había escrito su nombre, con su propia letra. Eso no iba a resultar. Meneó la cabeza, hizo la partitu­ra a un lado y tras dejar correr los dedos sobre las teclas durante un minuto, se quejó de que los te­nía débiles y volvió a cerrar el instrumento; junto con eso, sin embargo, declaró firmemente que en el futuro debía practicar mucho.
La mañana siguiente no produjo ninguna men­gua en estos felices síntomas. Al contrario, fortale­cida en mente y cuerpo por el descanso, sus gestos y sus palabras parecían genuinamente animados mientras anticipaba el placer del retorno de Margaret y comentaba cómo se restituiría con ello el queri­do grupo familiar, y cómo sus actividades compar­tidas y alegre compañía eran la única felicidad que cabía desear.
-Cuando el tiempo se estabilice y haya recu­perado las fuerzas -decía-, haremos largos paseos juntas todos los días. Iremos hasta la granja junto a la colina y veremos cómo siguen los niños; ca­minaremos hasta las nuevas plantaciones de sir John en Barton Cross y cerca de la abadía; iremos muy seguido a las viejas ruinas del convento e in­tentaremos explorar sus cimientos hasta donde nos dijeron que alguna vez llegaron. Sé que seremos felices. Sé que el verano transcurrirá alegremente. Pretendo no levantarme nunca después de las seis y desde esa hora hasta la cena repartiré cada ins­tante entre la música y la lectura. Me he formado un plan y estoy decidida a continuar mis estudios seriamente. Ya conozco demasiado bien nuestra biblioteca para recurrir a ella por algo más que sim­ple entretenimiento. Pero hay muchas obras que vale la pena leer en Barton Park, y otras más mo­dernas que sé que puedo pedir prestadas al coro­nel Brandon. Con sólo leer seis horas diarias, en un año habré logrado un grado de instrucción que ahora sé que me falta.
Elinor la alabó por un plan nacido de un moti­vo tan noble como ése, aunque sonrió al ver la mis­ma ansiosa fantasía que la había llevado a los mayores extremos de lánguida indolencia y egoístas quejumbres, ahora ocupada en introducir excesos en un plan de tan racionales actividades y virtuoso au­tocontrol. Su sonrisa, sin embargo, se transformó en un suspiro cuando recordó que aún no cumplía la promesa hecha a Willoughby, y temió tener que co­municar algo que otra vez podría alterar la mente de Marianne y destruir, al menos por un tiempo, esta grata perspectiva de hacendosa tranquilidad. Deseosa, entonces, de postergar esa hora funesta, resolvió es­perar hasta que la salud de su hermana estuviera más firme para contárselo. Pero el único destino de tal decisión era no ser cumplida.
Marianne llevaba dos o tres días en casa antes de que el tiempo se compusiera lo suficiente para que una convaleciente como ella se aventurara a sa­lir. Pero por fin amaneció una mañana suave y tem­plada, capaz de dar ánimos a los deseos de la hija y a la confianza de la madre; y Marianne, apoyada en el brazo de Elinor, fue autorizada a pasear en el prado frente a la casa todo lo que quisiera, mien­tras no se cansara.
Las hermanas partieron con el paso lento que exigía la debilidad de Marianne en un ejercicio no intentado hasta ese momento; y se habían alejado de la casa apenas lo suficiente para tener una vi­sión completa de la colina, la gran colina detrás de la casa, cuando deteniéndose con la vista vuel­ta hacia ella, Marianne dijo con toda calma:
-Ahí, exactamente ahí -señalando con una mano-, en ese montículo, ahí me caí; y ahí vi por primera vez a Willoughby.
La voz se le extinguió al pronunciar esa pala­bra, pero recuperándose de inmediato, añadió:
-¡Cómo agradezco descubrir que puedo con­templar ese lugar con tan poco dolor! ¿Alguna vez hablaremos sobre ese tema, Elinor? -lo dijo con voz vacilante-. ¿O no será bueno? Yo sí puedo hablar de ello ahora, espero, y en la forma en que debo hacerlo.
Elinor la invitó con gran ternura a que se des­ahogara.
-En cuanto a lamentarse -dijo Marianne-, ya he terminado con eso, en lo que a él concierne. No pretendo hablarte de lo que han sido mis sen­timientos hacia él, sino de lo que son ahora. Ac­tualmente, si pudiera tener certeza sobre una cosa, si pudiera pensar que no siempre estuvo represen­tando un papel, no siempre engañándome...; pero, sobre todo, si alguien pudiera darme la seguridad de que nunca fue tan malvado como en ocasio­nes me lo han representado mis temores, desde que supe la historia de esa desdichada niña...
Se detuvo. Elinor recibió con alegría sus pala­bras, atesorándolas, mientras le respondía:
-Si se te pudiera dar seguridad sobre eso, ¿crees que lograrías el sosiego?
-Sí. Mi paz mental depende doblemente de ello; pues no sólo es terrible sospechar tales pro­pósitos de alguien que ha sido lo que él fue para mí, sino además, ¿cómo me hace aparecer a mí? En una situación como la mía, ¿qué cosa sino el más vergonzosamente indiscreto afecto pudo ex­ponerme a...?
-Entonces, ¿cómo explicas su comportamiento?
-Querría pensar... ¡ah, cómo me gustaría po­der pensar que sólo era voluble... muy, muy vo­luble!
Elinor no dijo más. Deliberaba internamente sobre la conveniencia de comenzar su historia de inmediato o posponerla hasta que Marianne estu­viera más fuerte, y siguieron caminando lentamente durante unos minutos, sin hablar.
-No le estoy deseando un gran bien -dijo fi­nalmente Marianne con un hondo suspiro- cuan­do le deseo que sus pensamientos íntimos no sean más ingratos que los míos. Ya con eso sufrirá bas­tante.
-¿Estás comparando tu comportamiento con el suyo?
-No. Lo comparo con lo que debió ser; lo com­paro con el tuyo.
-Tu situación y la mía no se han parecido mu­cho.
-Se han parecido más de lo que se parecie­ron nuestros comportamientos. No dejes, queridí­sima Elinor, que tu bondad defienda lo que sé ha de censurar tu criterio. Mi enfermedad me ha he­cho pensar, me ha dado tiempo tranquilo y cal­ma para meditar con seriedad las cosas. Mucho antes de haberme recuperado lo suficiente para hablar, perfectamente podía reflexionar. Sopesé el pasado: todo lo que vi en mi propio comporta­miento, desde el comienzo de nuestra relación con él el otoño pasado, fue una serie de impruden­cias contra mí misma y de falta de amabilidad ha­cia los demás. Vi que mis propios sentimientos habían preparado el camino para mis sufrimien­tos y que mi falta de fortaleza en el dolor casi me había llevado a la tumba. Estaba consciente de que yo misma había sido la causa de mi en­fermedad al descuidar mi propia salud de una for­ma tal que incluso en ese tiempo sentía incorrecta. Si hubiera muerto, habría sido autodestrucción. No supe el peligro en que me había puesto hasta que desapareció ese peligro; pero con sentimientos como aquellos a los que estas reflexiones dieron origen, me extraña haberme recuperado; me asombra que la misma intensidad de mi deseo de vivir, de tener tiempo para la expiación ante mi Dios y ante todos ustedes, no me haya matado de inmediato. Si hubiera muerto, ¡en qué singular angustia te habría dejado, a ti, mi cuidadora, mi amiga, mi hermana! ¡Tú, que habías visto todo el irritable egoísmo de mis últimos días; que habías conocido todos los secretos de mi corazón! ¡Cómo habría perdurado en tus recuerdos! ¡Y mi madre, también! ¡Cómo podrías haberla consolado! No puedo poner en palabras cuánto me odié. Cada vez que dirigía la mirada hacia el pasado, veía un deber que había descuidado o alguna falta que había dejado pasar. A todos parecía haber causa­do algún daño. A la amabilidad de la señora Jen­nings, a su ininterrumpida amabilidad, había respondido con desagradecido menosprecio. Con los Middleton, con los Palmer, con los Steele, hasta con los conocidos más corrientes, había sido in­solente e injusta; mi corazón había permanecido insensible a sus méritos y mi temperamento irri­tado ante sus mismas atenciones. A John, a Fan­ny (sí, incluso a ellos, aunque sea poco lo que se merecen), les había dado menos de lo que les es debido. Pero a ti, a ti por sobre todo, por sobre mi madre, te había ofendido. Yo, sólo yo, cono­cía tu corazón y sus penas; y aun así, ¿en qué me influyó? No en hacerme más compasiva, benefi­ciándome a mí o a ti. Tenía tu ejemplo ante mí; pero, ¿de qué me sirvió? ¿Fui más considerada con­tigo y tu bienestar? ¿Imité la forma en que te con­tenías o suavicé tus ataduras haciéndome cargo de algunas de las muestras de deferencia general o gratitud personal que hasta ese momento ha­bían recaído enteramente en ti? No; cuando te sa­bía desdichada no menos que cuando te creía en paz, dejé sin cumplir todo lo que el deber o la amistad me exigían; apenas admitía que el dolor existiera sino en mí, y sólo lloraba por ese cora­zón que me había abandonado y agraviado, de­jando que tú, a quien profesaba un cariño sin límites, sufrieras por mi causa.
En este punto se detuvo el rápido fluir de las recriminaciones que a sí misma se dirigía; y Elinor, impaciente por dar alivio, aunque demasiado ho­nesta para halagar, de inmediato le ofreció los elo­gios y el apoyo que su franqueza y arrepentimiento tan bien merecían. Marianne le oprimió la mano y replicó:
-Eres muy buena. El futuro debe ser mi prue­ba. Me he hecho un plan, y si soy capaz de, cum­plirlo, lograré el dominio de mis sentimientos y mejoraré mi temperamento. Ya no significarán preocupaciones para los demás ni tormentos para mí misma. Viviré ahora únicamente para mi fami­lia. Tú, mi madre, Margaret, de ahora en adelante serán todo mi mundo; entre ustedes se repartirá todo mi cariño. Nunca más habrá nada que me incite a alejarme de ustedes o del hogar; y si me junto con otras personas, será sólo para mostrar un espíritu más humilde, un corazón enmenda­do, y hacer ver que puedo llevar a cabo las cor­tesías, las más pequeñas obligaciones de la vida, con gentileza y paciencia. En cuanto a Willoug­hby, sería ocioso decir que pronto o alguna vez lo olvidaré. Ningún cambio de circunstancias u opiniones podrá vencer su recuerdo. Pero estará sujeto a las normas y frenos de la religión, la ra­zón y la ocupación constante.
Hizo una pausa, y añadió en voz más baja:
-Si tan sólo pudiera conocer su corazón, todo sería más fácil.
Elinor, que desde hacía algún rato deliberaba sobre la conveniencia o inconveniencia de aven­turarse a hacer su relato de inmediato, escuchó esto sin sentirse en absoluto más decidida que al co­mienzo; y advirtiendo que, como la deliberación no conducía a nada, la determinación debía hacerse cargo de todo, pronto se encontró enfrentándose a ello.
Condujo el relato, así lo esperaba, con destre­za; preparó con cuidado a su ansiosa oyente; rela­tó con sencillez y honestidad los principales puntos en que Willoughby sustentaba su defensa; apreció debidamente su arrepentimiento y sólo morigeró sus declaraciones relativas a su amor actual por Marianne. Ella no pronunció palabra; temblaba, te­nía los ojos clavados en el suelo y los labios más blancos de lo que la enfermedad los había dejado. De su corazón brotaban mil preguntas, pero no se atrevía a plantear ninguna. Escuchó cada palabra con anhelante ansiedad; su mano, sin que ella se diera cuenta, estrechaba fuertemente la de su her­mana y las lágrimas le cubrían las mejillas.
Elinor, temiendo que se hubiera fatigado, la con­dujo a casa; y hasta que llegaron a la puerta, adivi­nando fácilmente a qué estaría dirigida su curiosidad aunque en ningún momento pudo manifestarla en pre­guntas, no le habló de otra cosa que de Willoughby y de lo que habían conversado; y fue cuidadosa­mente minuciosa en todos los pormenores de lo que había dicho y de su aspecto, allí donde sin peligro podía permitirse una descripción detallada. No bien entraron en la casa, Marianne la besó con gratitud y apenas articulando en medio de su llanto tres pa­labras, “Cuéntaselo a mamá”, se separó de su her­mana y subió lentamente las escaleras. Elinor por ningún motivo iba a perturbar una tan entendible búsqueda de soledad como ésa; y pensando con gran ansiedad en sus posibles resultados, al mismo tiempo que tomaba la decisión de no volver a po­ner el tema si Marianne no lo hacía, se dirigió a la salita a cumplir su último mandato.