lunes, 21 de abril de 2014

SENTIDO Y SENSIBILIDAD XLVIII

Elinor había descubierto la diferencia entre espe­rar que ocurriera un hecho desagradable, por muy seguro que se lo pudiera considerar, y la certeza misma. Había descubierto que, mientras Edward seguía soltero, a pesar de sí misma siempre le ha­bía dado cabida a la esperanza de que algo iba a suceder que impediría su matrimonio con Lucy; que algo -una decisión que él tomara, alguna interven­ción de amigos o una mejor oportunidad de esta­blecerse para la dama- surgiría para permitir la felicidad de todos ellos. Pero ahora se había casa­do, y ella culpó a su propio corazón por esa re­cóndita tendencia a formarse ilusiones que hacía tanto más dolorosa la noticia.
Al comienzo se sorprendió de que se hubiera casado tan luego, antes (según se lo imaginaba) de su ordenación y, por consiguiente, antes de haber entrado en posesión del beneficio. Pero no tardó en ver cuán probable era que Lucy, cautelando sus propios intereses y deseosa de tenerlo seguro lo antes posible, pasara por alto cualquier cosa me­nos el riesgo de la demora. Se habían casado, lo habían hecho en la ciudad, y ahora se dirigían a toda prisa donde su tío. ¡Qué habría sentido Ed­ward al estar a cuatro millas de Barton, al ver al criado de su madre, al escuchar el mensaje de Lucy!
Supuso que pronto se habrían instalado en De­laford... Delaford, allí donde tantas cosas conspi­raban para interesarla, el lugar que quería conocer y también evitar. Tuvo la rápida imagen de ellos en la casa parroquial; vio en Lucy la administrado­ra activa, ingeniándoselas para equilibrar sus aspi­raciones de elegancia con la máxima frugalidad, y avergonzada de que se fuera a sospechar ni la mi­tad de sus manejos económicos; en todo momen­to con su propio interés en mente, procurándose la buena voluntad del coronel Brandon, de la se­ñora Jennings y de cada uno de sus amigos pu­dientes. No sabía bien cómo veía a Edward ni cómo deseaba verlo: feliz o desdichado..: ninguna de las dos posibilidades la alegraba; alejó entonces de su mente toda imagen de él.
Elinor se hacía ilusiones con que alguno de sus conocidos de Londres les escribiría anunciándoles el suceso y dándoles más detalles; pero pasaban los días sin traer cartas ni noticias. Aunque no es­taba segura de que alguien pudiera ser culpado por ello, criticaba de alguna manera a cada uno de los amigos ausentes. Todos eran desconsiderados o in­dolentes.
-¿Cuándo le escribirá al coronel Brandon, se­ñora? -fue la pregunta que brotó de su impacien­cia por que algo se hiciera al respecto.
-Le escribí la semana pasada, mi amor, y más bien espero verlo llegar a él en vez de noticias suyas. Le insistí que viniera a visitarnos, y no me sorprendería verlo entrar hoy o mañana, o cual­quier día.
Esto ya era algo, algo en qué poner las expec­tativas. El coronel Brandon debía tener alguna in­formación que darles.
No bien acababa de concluir tal cosa, cuando la figura de un hombre a caballo atrajo su vista hacia la ventana. Se detuvo ante su reja. Era un caballero, era el coronel Brandon en persona. Ahora sabría más; y tembló al imaginarlo. Pero no era el coronel Brandon... no tenía ni su porte, ni su altura. Si fuera posible, diría que debía ser Ed­ward. Volvió a mirar. Acababa de desmontar... no podía equivocarse... era Edward. Se alejó y se sentó. “Viene desde donde el señor Pratt a pro­pósito para vernos. Tengo que estar tranquila; ten­go que comportarme dueña de mí misma”.
En un momento se dio cuenta de que también los otros habían advertido el error. Vio que su ma­dre y Marianne mudaban de color; las vio mirarla y susurrarse algo entre ellas. Habría dado lo que fuera por ser capaz de hablar y por hacerles comprender que esperaba no hubiera la menor frial­dad o menosprecio hacia él en el trato. Pero no pudo sacar la voz y se vio obligada a dejarlo todo a la discreción de su madre y hermana.
No cruzaron ni una sílaba entre ellas. Espera­ron en silencio que apareciera su visitante. Escu­charon sus pisadas a lo largo del camino de grava; en un momento estuvo en el corredor, y al siguiente frente a ellas.
Al entrar en la habitación su semblante no mos­traba gran felicidad, ni siquiera desde la perspecti­va de Elinor. Tenía el rostro pálido de agitación, y parecía temeroso de la forma en que lo recibirían y consciente de no merecer una acogida amable. La señora Dashwood, sin embargo, confiando cum­plir así los deseos de aquella hija por quien se pro­ponía en lo más hondo de su corazón dejarse guiar en todo, lo recibió con una mirada de forzada ale­gría, le estrechó la mano y le deseó felicidades.
Edward se sonrojó y tartamudeó una respues­ta ininteligible. Los labios de Elinor se habían mo­vido a la par de los de su madre, y cuando la actividad hubo terminado, deseó haberle dado la mano también. Pero ya era demasiado tarde y, con una expresión en el rostro que pretendía ser llana, se volvió a sentar y habló del tiempo.
Marianne, intentando ocultar su aflicción, se había retirado fuera de la vista de los demás tanto como le era posible; y Margaret, entendiendo en parte lo que ocurría pero no -por completo, pensó que le correspondía comportarse dignamente, tomó asiento lo más lejos de Edward que pudo y man­tuvo un estricto silencio.
Cuando Elinor terminó de alegrarse por el cli­ma seco de la estación, se sucedió una horrible pausa. La rompió la señora Dashwood, que se sin­tió obligada a desear que hubiera dejado a la se­ñora Ferrars en muy buena salud. Apresuradamente él respondió que sí.
Otra pausa.
Elinor, decidiéndose a hacer un esfuerzo, aun­que temerosa del sonido de su propia voz, dijo:
-¿Está en Longstaple la señora Ferrars?
-¡En Longstaple! -replicó él, con aire sorpren­dido-. No, mi madre está en la ciudad.
-Me refería -dijo Elinor, tomando una de las labores de encima de la mesa- a la señora de Edward Ferrars.
No se atrevió a levantar la vista; pero su ma­dre y Marianne dirigieron sus ojos a él. Edward en­rojeció, pareció sentirse perplejo, la miró con aire de duda y, tras algunas vacilaciones, dijo:
-Quizá se refiera... mi hermano... se refiera a la señora de Robert Ferrars.
-¡La señora de Robert Ferrars! -repitieron Marianne y su madre con un tono de enorme asombro; y aunque Elinor no fue capaz de hablar, también le clavó los ojos con el mismo impacien­te desconcierto. El se levantó de su asiento y se dirigió a la ventana, aparentemente sin saber qué hacer; tomó unas tijeras que se encontraban por allí, y mientras cortaba en pedacitos la funda en que se guardaban, arruinando así ambas cosas, dijo con tono apurado:
-Quizá no lo sepan, no hayan sabido que mi hermano se ha casado recién con... con la menor... con la señorita Lucy Steele.
Sus palabras fueron repetidas con indecible asombro por todas, salvo Elinor, que siguió senta­da con la cabeza inclinada sobre su labor, en un estado de agitación tan grande que apenas sabía dónde se encontraba.
-Sí -dijo él-, se casaron la semana pasada y ahora están en Dawlish.
Elinor no pudo seguir sentada. Salió de la ha­bitación casi corriendo, y tan pronto cerró la puer­ta, estalló en lágrimas de alegría que al comienzo pensó no iban a terminar nunca. Edward, que has­ta ese momento había mirado a cualquier parte menos a ella, la vio salir a la carrera y quizá vio -o incluso escuchó- su emoción, pues inmedia­tamente después se sumió en un estado de en­sueño que ninguna observación ni pregunta afectuosa de la señora Dashwood pudo penetrar; finalmente, sin decir palabra, abandonó la habi­tación y salió hacia la aldea, dejándolas estupe­factas y perplejas ante un cambio en las circunstancias tan maravilloso y repentino, entre­gadas a un desconcierto que sólo podían paliar a través de conjeturas.

SENTIDO Y SENSIBILIDAD XLVII

La señora Dashwood no dejó de conmoverse al es­cuchar la reivindicación de su antiguo favorito. Se alegró al verlo absuelto de parte de las culpas que se le imputaban; le tenía lástima; deseaba que fuera feliz. Pero no se podía hacer revivir los sentimien­tos del pasado. Nada podía restituirlo con su pala­bra intacta y un carácter sin tacha ante Marianne. Nada podía hacer desaparecer el conocimiento de lo que ella había sufrido por su causa, ni eliminar la culpa de su comportamiento con Eliza. Nada podía devolverle, entonces, el lugar que había ocu­pado en el afecto de la señora Dashwood, ni per­judicar los intereses del coronel Brandon.
Si, como su hija, la señora Dashwood hubiera escuchado la historia de Willoughby de sus pro­pios labios; si hubiera sido testigo de su angustia­ y experimentado el influjo de su semblante y acti­tud, es probable que su compasión hubiera sido mayor. Pero no estaba en manos de Elinor ni tam­poco deseaba despertar tales sentimientos en otras personas con una explicación detallada, como ha­bía ocurrido en un comienzo con ella. La reflexión había aportado tranquilidad a sus juicios y mode­rado su opinión sobre lo que Willoughby se me­recía; deseaba, por tanto, decir sólo la más simple verdad y exponer aquellos hechos que realmente se podían atribuir a su carácter sin embellecerlos con ninguna pincelada de afecto que pudiera des­pertar la fantasía y conducirla por caminos errados.
Al anochecer, cuando estaban todas juntas, Marianne comenzó a hablar voluntariamente de él otra vez, pero no sin un esfuerzo que se hizo pa­tente en el agitado, intranquilo ensimismamiento en que antes había estado sumida durante algún tiempo, en el rubor que subió a su rostro al hablar, en su voz vacilante.
-Deseo asegurarles a ambas -dijo-, que veo todo... como ustedes pueden desear que lo haga.
La señora Dashwood la habría interrumpido de inmediato con consoladora ternura, si Elinor, que real­mente deseaba escuchar la opinión imparcial de su hermana, no le hubiera demandado silencio con un gesto impaciente. Marianne continuó lentamente:
-Es un gran alivio para mí lo que Elinor me dijo en la mañana: he escuchado exactamente lo que deseaba escuchar -durante algunos momen­tos se le apagó la voz; pero, recuperándose, siguió hablando, y más tranquila que antes-: Con ello me doy por completo satisfecha. No deseo que nada cambie. Nunca habría podido ser feliz con él des­pués de saber todo esto, como tarde o temprano lo habría sabido. Le habría perdido toda confian­za, toda estima. Nada habría podido evitar que sin­tiera eso.
-¡Lo sé, lo sé! -exclamó su madre-. ¡Feliz con un hombre de conducta libertina! ¿Con uno que así había roto la paz del más querido de nuestros ami­gos y el mejor de los hombres? ¡No, un hombre como ése jamás habría podido hacer feliz el cora­zón de mi Marianne! En su conciencia, en su sen­sible conciencia habría pesado todo lo que debiera haber pesado en la de su marido.
Marianne suspiró, repitiendo:
-No deseo que nada cambie.
-Juzgas todo esto -dijo Elinor- exactamente como debe juzgarlo una persona de mente capaz y recto entendimiento; y me atrevo a decir que en­cuentras (al igual que yo, y no sólo en ésta sino en muchas otras circunstancias), motivos suficien­tes para convencerte de que el matrimonio con Wffloughby te habría traído muchas inquietudes y desilusiones en las que te habrías visto con escaso apoyo de un afecto que, de su parte, habría sido muy incierto. Si se hubieran casado, habrían sido siempre pobres. Incluso él mismo se reconoce in­moderado en sus gastos, y toda su conducta indi­ca que privarse de algo es una frase ausente en su vocabulario. Sus demandas y tu inexperiencia jun­tas, con un ingreso muy, muy pequeño, los habrían puesto en apuros que no por haberte sido com­pletamente desconocidos antes, o no haber pen­sado nunca en ellos, te serían menos penosos. Sé que tu sentido del honor y de la honestidad te ha­bría llevado, al darte cuenta de la situación, a in­tentar todos los ahorros que te parecieran posibles; y quizá, mientras tu frugalidad disminuyera sólo tu bienestar, podrías haberla resistido, pero más allá de eso (y, ¿qué podría haber hecho hasta el ma­yor de tus esfuerzos aislados para detener una rui­na que había comenzado antes de tu matrimonio?), más allá de eso, si hubieras intentado, incluso de la forma más razonable, limitar sus diversiones, ¿no habría sido de temer que en vez de inducir a al­guien de sentimientos tan egoístas para que con­sintiera en ello, habrías terminado por debilitar tu influencia en su corazón y hacerlo arrepentirse de la unión que le había significado tales dificultades?
A Marianne le temblaron los labios y repitió “¿egoísta?” con un tono que implicaba “¿de verdad lo crees egoísta?”
-Todo su comportamiento -replicó Elinor-, des­de el comienzo al final de esta historia, ha estado basado en el egoísmo. Fue el egoísmo lo primero que lo hizo jugar con tus sentimientos y lo que des­pués, cuando los suyos se vieron comprometidos, lo llevó a retardar su confesión y lo que finalmente lo alejó de Barton. Su propio placer o su propia tranquilidad fueron siempre los principios que guia­ron su conducta.
-Es muy cierto. Mi felicidad nunca fue su ob­jetivo.
-En la actualidad -continuó Elinor-, lamenta lo que hizo. Y, ¿por qué lo lamenta? Porque ha descu­bierto que no le sirvió. No lo ha hecho feliz. Ya no tiene problemas económicos, no sufre en ese aspec­to, y sólo piensa en que se casó con una mujer de temperamento menos amable que el tuyo. Pero, ¿se sigue de eso que si se hubiera casado contigo seria feliz? Las dificultades habrían sido diferentes. Habría sufrido por las inquietudes económicas que, ahora que no las tiene, han perdido importancia para él. Habría tenido una esposa de cuyo carácter no se habría podido quejar, pero habría vivido siempre necesitado, siempre pobre; y probablemente muy luego habría aprendido a valorizar mucho más las innumerables comodidades que da un patrimonio libre de deudas y una buena renta, incluso para la felicidad hogareña, que el simple carácter de una esposa.
-No me cabe la menor duda de ello -dijo Marianne-; y no me arrepiento de nada... de nada excepto de mi propia necedad.
-Di más bien la imprudencia de tu madre, hijita -dijo la señora Dashwood-; es ella la responsable.
Marianne no la dejó seguir; y Elinor, satisfecha al ver que cada una reconocía su propio error, de­seó evitar todo examen del pasado que pudiera hacer flaquear el espíritu de su hermana; así, reto­mando el primer tema, continuó de inmediato:
-De toda esta historia, creo que hay una con­clusión que se puede extraer con toda justicia: que todos los problemas de Willoughby surgieron de la primera ofensa contra la moral, su comporta­miento con Eliza Williams. Ese crimen fue el ori­gen de todos los males menores que le siguieron y de todo su actual descontento.
Marianne asintió de todo corazón a esa obser­vación; y su madre reaccionó a ella con una enu­meración de los perjuicios infligidos al coronel Brandon y de sus méritos, en la cual había todo el entusiasmo capaz de originarse en la fusión de la amistad y el interés. Su hija, sin embargo, no pa­reció haberle prestado demasiada atención.
Tal como lo había esperado, Elinor vio que en los dos o tres días siguientes Marianne no continuó recuperando sus fuerzas como lo había estado ha­ciendo; pero mientras su- determinación se mantu­viera sin claudicar y siguiera esforzándose por parecer alegre y tranquila, su hermana podía confiar sin va­cilaciones en que el tiempo terminaría por sanarla.
Volvió Margaret y nuevamente se reunió toda la familia, otra vez se establecieron apaciblemente en la casita de campo, y si no continuaron sus ha­bituales estudios con la misma energía que habían puesto en ello cuando recién llegaron a Barton, al menos proyectaban retomarlos vigorosamente en el futuro.
Elinor comenzó a impacientarse por tener al­gunas noticias de Edward. No había sabido nada de él desde su partida de Londres, nada nuevo so­bre sus planes, incluso nada seguro sobre su ac­tual lugar de residencia. Se habían escrito algunas cartas con su hermano a causa de la enfermedad de Marianne, y en la primera de John venía esta frase: “No sabemos_ nada de nuestro infortunado Edward y nada podemos averiguar sobre un tema tan vedado, pero lo creemos todavía en Oxford”. Esa fue toda la información sobre Edward que le proporcionó la correspondencia, porque en nin­guna de las cartas siguientes se mencionaba su nombre. No estaba condenada, sin embargo, a per­manecer demasiado tiempo en la ignorancia de sus planes.
Una mañana habían enviado a su criado a Exeter con un encargo; y a su vuelta, mientras servía a la mesa, respondía a las preguntas de su ama sobre los resultados de su cometido. Entre sus informes ofreció voluntariamente el siguiente:
-Supongo que sabe, señora, que el señor Fe­rrars se ha casado.
Marianne tuvo un violento sobresalto, clavó su mirada en Elinor, la vio ponerse pálida y se dejó caer en la silla presa del histerismo. La seño­ra Dashwood, cuyos ojos habían seguido intuitiva­mente la misma dirección mientras respondía a la pregunta. del criado, sintió un fuerte impacto al ad­vertir por el semblante de Elinor la magnitud de su dolor; y un momento después, igualmente an­gustiada por la situación de Marianne, no supo a cuál de sus hijas prestar atención primero.
Advirtiendo tan sólo que la señorita Marianne pa­recía enferma, el criado fue lo bastante sensato para llamar a una de las doncellas, la cual la condujo a otra habitación ayudada por la señora Dashwood. Para ese entonces Marianne ya estaba mejor, y su madre, dejándola al cuidado de Margaret y de la doncella, volvió donde Elinor, que aunque todavía se encontraba muy descompuesta, había recu­perado el uso de la razón y de la voz lo sufi­ciente para haber comenzado a interrogar a Thomas sobre la fuente de su información. La se­ñora Dashwood se hizo de inmediato cargo de esa tarea y Elinor pudo beneficiarse de la información sin el esfuerzo de tener que ir tras ella.
-¿Quién le dijo que el señor Ferrars se había casado, Thomas?
-Con mis propios ojos vi al señor Ferrars, se­ñora, esta mañana en Exeter, y también a su se­ñora, la que fue señorita Steele. Estaban ahí parados frente a la puerta de la posada New London en su coche, cuando yo fui con un mensaje de Sally, la de la finca, a su hermano, que es uno de los postillones. Justo miré hacia arriba cuando pa­saba al lado del coche, y así vi de frente que era la más joven de las señoritas Steele; así que me saqué el sombrero y ella' me reconoció y me lla­mó, y preguntó por usted, señora, y por las se­ñoritas, especialmente la señorita Marianne, y me encargó que le enviara sus respetos y los del se­ñor Ferrars, sus mayores respetos y atenciones, y les dijera cuánto sentían no tener tiempo para ve­nir a visitarlas, pero tenían prisa en seguir por­que todavía les faltaba un buen trecho por recorrer, pero de todas maneras a la vuelta se ase­gurarían de pasar a verlas.
-Pero, ¿ella le dijo que se había casado, Thomas?
-Sí, señora. Se sonrió y dijo que había cambia­do de nombre desde la última vez que había esta­do por estos lados. Siempre fue una joven muy amistosa y de trato fácil, y muy bien educada. Así que me tomé la libertad de desearle felicidades.
-¿Y el señor Ferrars estaba con ella en el ca­rruaje?
-Sí, señora, justo lo vi sentado ahí, echado para atrás, pero no levantó los ojos. El caballero nunca fue muy dado a conversar.
El corazón de Elinor podía explicar fácilmente por qué el caballero no se había mostrado; y la señora Dashwood probablemente imaginó la mis­ma razón.
-¿No había nadie más en el carruaje?
-No, señora, sólo ellos dos.
-¿Sabe de dónde venían?
-Venían directo de la ciudad, según me dijo la señorita Lucy... la señora Ferrars.
-¿Pero iban más hacia el oeste?
-Sí, señora, pero no para quedarse mucho. Vol­verán luego y entonces seguro que pasan por aquí.
La señora Dashwood miró ahora a su hija, pero Elinor sabía bien que no debía esperarlos. Reconoció a Lucy entera en el mensaje, y tuvo la certeza de que Edward nunca vendría por su casa. En voz baja le observó a su madre que probable­mente iban donde el señor Pratt, cerca de Ply­mouth.
Thomas parecía haber terminado sus informes. Elinor parecía querer saber más.
-¿Los vio partir antes de irse?
-No, señora; ya estaban sacando los caballos, pero no pude quedarme más; temía atrasarme. -¿Parecía estar bien la señora Ferrars?
-Sí, señora, dijo que estaba muy bien; a mi ver siempre fue una joven muy guapa y parecía enor­memente contenta.
A la señora Dashwood no se le ocurrió nada más que preguntar, y Thomas y el mantel, ahora igualmente innecesarios, poco después fueron sa­cados de allí. Marianne ya había mandado decir que no iba a comer nada más; también la señora Dash­wood y Elinor habían perdido el apetito, y Marga­ret podía sentirse muy bien con esto de que, a pesar de las innumerables inquietudes que ambas hermanas habían experimentado en el último tiem­po, a pesar de los muchos motivos que habían te­nido para descuidar las comidas, nunca antes habían tenido que quedarse sin cenar.
Cuando les llevaron el postre y el vino y la señora Dashwood y Elinor quedaron a solas, per­manecieron mucho rato juntas en similares medi­taciones e idéntico silencio. La señora Dashwood no se aventuró a hacer ninguna observación y no osó ofrecer consuelo. Se daba cuenta ahora de que se había equivocado al confiar en la imagen que Elinor había estado dando de sí misma; y conclu­yó correctamente que en su momento le había qui­tado importancia a todo lo que le ocurría sólo para evitarle a ella mayores sufrimientos, considerando cuánto estaba sufriendo ya por Marianne. Se dio cuenta de que la cuidadosa, considerada solicitud de su hija la había llevado al error de pensar que el afecto que un día había comprendido tan bien, era en realidad mucho menos serio de lo que so­lía creer o de lo que ahora se veía que era. Temía que, al dejarse convencer de esa forma, había sido injusta, desconsiderada... no, casi cruel con Elinor; que la aflicción de Marianne, por ser más eviden­te, más patente a sus ojos, había absorbido dema­siado de su ternura, llevándola a casi olvidar que en Elinor podía tener a otra hija sufriendo tanto como ella, con un dolor que ciertamente había sido menos buscado y que había soportado con mucho mayor fortaleza.

SENTIDO Y SENSIBILIDAD XLVI

La enfermedad de Marianne, aunque muy debili­tante por naturaleza, no había sido tan larga como para demorar su recuperación; y su juventud, su natural energía y la presencia de su madre la faci­litaron de tal manera, que ya a los cuatro días de haber llegado la señora Dashwood pudo trasladar­se al saloncito de la señora Palmer. Una vez allí, ella misma solicitó que enviaran por el coronel Brandon, pues estaba impaciente por agradecerle haber traído a su madre.
La reacción del coronel al entrar a la habita­ción, al ver cuánto había cambiado el aspecto de Marianne y al recibir la pálida mano que de inme­diato le extendió, hizo pensar a Elinor que la enor­me emoción que mostraba debía nacer de algo más que su afecto por ella o de saber que los demás estaban al tanto de sus sentimientos; y pronto des­cubrió en su tristeza y en la forma en que había cambiado de color al mirar a su hermana, la pro­bable reproducción en su memoria de incontables escenas de angustia vividas en el pasado, vueltas a vivir por esa semejanza entre Marianne y Eliza de que ya había hablado, y ahora reforzada por los ojos hundidos, la piel sin vida, su aspecto de postrada debilidad y el cálido reconocimiento de una deuda especial con él.
Para la señora Dashwood, no menos atenta que su hija a lo que ocurría pero con ideas que iban por muy diferentes rumbos y, por tanto, a la espe­ra de muy distintos efectos, el comportamiento del coronel se originaba en las más simples y obvias sensaciones, mientras en las palabras y gestos de Marianne quería ver el nacimiento de algo más que mera gratitud.
Después de uno o dos días, con Marianne re­cuperando visiblemente las fuerzas de doce en doce horas, la señora Dashwood, impulsada tanto por sus propios deseos como por los de su hija, comenzó a hablar de volver a Barton. De las medidas que ella tomara dependían las de sus dos amigos: la señora Jennings no podía dejar Cleveland mientras estuvie­ran allí las Dashwood, y el coronel Brandon, obe­deciendo al pedido unánime de todas ellas, debió considerar su permanencia como sujeta a los mis­mos términos, si no igualmente indispensable. A su vez, en respuesta al pedido conjunto de la señora Jennings y del coronel, la señora Dashwood debió aceptar el carruaje de éste en su viaje de regreso, por la comodidad de su hija enferma; y el coronel, frente a la invitación de la señora Dashwood y la señora Jennings, cuyo diligente buen carácter la ha­cía ser amistosa y hospitalaria en nombre de otras personas tanto como en el propio, se comprometió gustoso a recuperarlo haciendo una visita a la casi­ta de Barton en el curso de algunas semanas.
Llegó el día de la separación y la partida; y Marianne, después de una larga y muy especial despedida de la señora Jennings, tan llena de grati­tud, tan llena de respeto y buenos deseos como en lo más íntimo y secreto de su corazón reconocía de­berle por sus antiguos desaires, y diciendo adiós al coronel Brandon con la cordialidad de una amiga, subió al carruaje ayudada por él, que parecía em­peñado en que ocupara al menos la mitad del es­pacio. Siguieron a continuación la señora Dashwood y Elinor, dejando a los que allí quedaban entrega­dos a conversar sobre las viajeras y sentir el des­aliento que los invadía, hasta que la señora Jennings fue llamada a su propio coche, donde encontró con­suelo en los comentarios de su doncella sobre la pérdida de sus dos jóvenes acompañantes; e inme­diatamente después, el coronel Brandon emprendió su solitario viaje a Delaford.
Dos días estuvieron las Dashwood en el cami­no, y Marianne soportó el viaje en ambos sin ver­dadera fatiga. Todo cuanto el más diligente afecto y los cuidados más solícitos podían hacer por su comodidad, lo hizo incansablemente cada una de sus dos acompañantes; y ambas se vieron recom­pensadas por el reposo físico que logró y la tran­quilidad de su espíritu. Esta última era para Elinor especialmente gratificante. Después de contemplar a Marianne semana tras semana en constante su­frimiento, de verla con el corazón oprimido por una angustia que no tenía el valor suficiente para ex­presar ni la fortaleza necesaria para ocultar, cons­tataba ahora en ella, con un gozo que nadie podía sentir de la misma forma, una aparente serenidad que si era -como esperaba que fuese- resultado de la reflexión, con el tiempo podía traerle con­tentamiento y alegría.
A medida que se aproximaban a Barton, eso sí, e iban pasando por los lugares donde cada sem­brado y cada árbol traía algún recuerdo penoso en particular, Marianne se fue quedando callada y pen­sativa; y volviendo el rostro para que no la vieran, no dejó de mirar fijamente por la ventanilla. Pero Elinor no pudo ni admirarse ni culparla por ello; y cuando al ayudarla a bajar del carruaje vio que ha­bía estado llorando, lo consideró una emoción de­masiado natural en sí misma para despertar una respuesta menos tierna que la piedad y, dada la discreción con que se había manifestado, merece­dora de todo encomio. En todo su comportamien­to subsiguiente fue viendo las huellas de una mente decidida a realizar un esfuerzo razonable, pues ape­nas entraron a su salita de estar, Marianne la reco­rrió con una mirada decidida y firme, como resuelta a acostumbrarse de inmediato a la vista de cada objeto al que podía estar asociado el recuerdo de Willoughby. Habló poco, pero cada una de sus fra­ses apuntaba a la alegría; y aunque ocasionalmen­te se le escapaba un suspiro, nunca lo dejaba pasar sin compensarlo con una sonrisa. Después de ce­nar intentó tocar el piano. Se acercó a él, pero la pieza que primero saltó a su vista fue una ópera, regalo de Willoughby a ella, que contenía algunos de sus duetos favoritos y en cuya primera página él había escrito su nombre, con su propia letra. Eso no iba a resultar. Meneó la cabeza, hizo la partitu­ra a un lado y tras dejar correr los dedos sobre las teclas durante un minuto, se quejó de que los te­nía débiles y volvió a cerrar el instrumento; junto con eso, sin embargo, declaró firmemente que en el futuro debía practicar mucho.
La mañana siguiente no produjo ninguna men­gua en estos felices síntomas. Al contrario, fortale­cida en mente y cuerpo por el descanso, sus gestos y sus palabras parecían genuinamente animados mientras anticipaba el placer del retorno de Margaret y comentaba cómo se restituiría con ello el queri­do grupo familiar, y cómo sus actividades compar­tidas y alegre compañía eran la única felicidad que cabía desear.
-Cuando el tiempo se estabilice y haya recu­perado las fuerzas -decía-, haremos largos paseos juntas todos los días. Iremos hasta la granja junto a la colina y veremos cómo siguen los niños; ca­minaremos hasta las nuevas plantaciones de sir John en Barton Cross y cerca de la abadía; iremos muy seguido a las viejas ruinas del convento e in­tentaremos explorar sus cimientos hasta donde nos dijeron que alguna vez llegaron. Sé que seremos felices. Sé que el verano transcurrirá alegremente. Pretendo no levantarme nunca después de las seis y desde esa hora hasta la cena repartiré cada ins­tante entre la música y la lectura. Me he formado un plan y estoy decidida a continuar mis estudios seriamente. Ya conozco demasiado bien nuestra biblioteca para recurrir a ella por algo más que sim­ple entretenimiento. Pero hay muchas obras que vale la pena leer en Barton Park, y otras más mo­dernas que sé que puedo pedir prestadas al coro­nel Brandon. Con sólo leer seis horas diarias, en un año habré logrado un grado de instrucción que ahora sé que me falta.
Elinor la alabó por un plan nacido de un moti­vo tan noble como ése, aunque sonrió al ver la mis­ma ansiosa fantasía que la había llevado a los mayores extremos de lánguida indolencia y egoístas quejumbres, ahora ocupada en introducir excesos en un plan de tan racionales actividades y virtuoso au­tocontrol. Su sonrisa, sin embargo, se transformó en un suspiro cuando recordó que aún no cumplía la promesa hecha a Willoughby, y temió tener que co­municar algo que otra vez podría alterar la mente de Marianne y destruir, al menos por un tiempo, esta grata perspectiva de hacendosa tranquilidad. Deseosa, entonces, de postergar esa hora funesta, resolvió es­perar hasta que la salud de su hermana estuviera más firme para contárselo. Pero el único destino de tal decisión era no ser cumplida.
Marianne llevaba dos o tres días en casa antes de que el tiempo se compusiera lo suficiente para que una convaleciente como ella se aventurara a sa­lir. Pero por fin amaneció una mañana suave y tem­plada, capaz de dar ánimos a los deseos de la hija y a la confianza de la madre; y Marianne, apoyada en el brazo de Elinor, fue autorizada a pasear en el prado frente a la casa todo lo que quisiera, mien­tras no se cansara.
Las hermanas partieron con el paso lento que exigía la debilidad de Marianne en un ejercicio no intentado hasta ese momento; y se habían alejado de la casa apenas lo suficiente para tener una vi­sión completa de la colina, la gran colina detrás de la casa, cuando deteniéndose con la vista vuel­ta hacia ella, Marianne dijo con toda calma:
-Ahí, exactamente ahí -señalando con una mano-, en ese montículo, ahí me caí; y ahí vi por primera vez a Willoughby.
La voz se le extinguió al pronunciar esa pala­bra, pero recuperándose de inmediato, añadió:
-¡Cómo agradezco descubrir que puedo con­templar ese lugar con tan poco dolor! ¿Alguna vez hablaremos sobre ese tema, Elinor? -lo dijo con voz vacilante-. ¿O no será bueno? Yo sí puedo hablar de ello ahora, espero, y en la forma en que debo hacerlo.
Elinor la invitó con gran ternura a que se des­ahogara.
-En cuanto a lamentarse -dijo Marianne-, ya he terminado con eso, en lo que a él concierne. No pretendo hablarte de lo que han sido mis sen­timientos hacia él, sino de lo que son ahora. Ac­tualmente, si pudiera tener certeza sobre una cosa, si pudiera pensar que no siempre estuvo represen­tando un papel, no siempre engañándome...; pero, sobre todo, si alguien pudiera darme la seguridad de que nunca fue tan malvado como en ocasio­nes me lo han representado mis temores, desde que supe la historia de esa desdichada niña...
Se detuvo. Elinor recibió con alegría sus pala­bras, atesorándolas, mientras le respondía:
-Si se te pudiera dar seguridad sobre eso, ¿crees que lograrías el sosiego?
-Sí. Mi paz mental depende doblemente de ello; pues no sólo es terrible sospechar tales pro­pósitos de alguien que ha sido lo que él fue para mí, sino además, ¿cómo me hace aparecer a mí? En una situación como la mía, ¿qué cosa sino el más vergonzosamente indiscreto afecto pudo ex­ponerme a...?
-Entonces, ¿cómo explicas su comportamiento?
-Querría pensar... ¡ah, cómo me gustaría po­der pensar que sólo era voluble... muy, muy vo­luble!
Elinor no dijo más. Deliberaba internamente sobre la conveniencia de comenzar su historia de inmediato o posponerla hasta que Marianne estu­viera más fuerte, y siguieron caminando lentamente durante unos minutos, sin hablar.
-No le estoy deseando un gran bien -dijo fi­nalmente Marianne con un hondo suspiro- cuan­do le deseo que sus pensamientos íntimos no sean más ingratos que los míos. Ya con eso sufrirá bas­tante.
-¿Estás comparando tu comportamiento con el suyo?
-No. Lo comparo con lo que debió ser; lo com­paro con el tuyo.
-Tu situación y la mía no se han parecido mu­cho.
-Se han parecido más de lo que se parecie­ron nuestros comportamientos. No dejes, queridí­sima Elinor, que tu bondad defienda lo que sé ha de censurar tu criterio. Mi enfermedad me ha he­cho pensar, me ha dado tiempo tranquilo y cal­ma para meditar con seriedad las cosas. Mucho antes de haberme recuperado lo suficiente para hablar, perfectamente podía reflexionar. Sopesé el pasado: todo lo que vi en mi propio comporta­miento, desde el comienzo de nuestra relación con él el otoño pasado, fue una serie de impruden­cias contra mí misma y de falta de amabilidad ha­cia los demás. Vi que mis propios sentimientos habían preparado el camino para mis sufrimien­tos y que mi falta de fortaleza en el dolor casi me había llevado a la tumba. Estaba consciente de que yo misma había sido la causa de mi en­fermedad al descuidar mi propia salud de una for­ma tal que incluso en ese tiempo sentía incorrecta. Si hubiera muerto, habría sido autodestrucción. No supe el peligro en que me había puesto hasta que desapareció ese peligro; pero con sentimientos como aquellos a los que estas reflexiones dieron origen, me extraña haberme recuperado; me asombra que la misma intensidad de mi deseo de vivir, de tener tiempo para la expiación ante mi Dios y ante todos ustedes, no me haya matado de inmediato. Si hubiera muerto, ¡en qué singular angustia te habría dejado, a ti, mi cuidadora, mi amiga, mi hermana! ¡Tú, que habías visto todo el irritable egoísmo de mis últimos días; que habías conocido todos los secretos de mi corazón! ¡Cómo habría perdurado en tus recuerdos! ¡Y mi madre, también! ¡Cómo podrías haberla consolado! No puedo poner en palabras cuánto me odié. Cada vez que dirigía la mirada hacia el pasado, veía un deber que había descuidado o alguna falta que había dejado pasar. A todos parecía haber causa­do algún daño. A la amabilidad de la señora Jen­nings, a su ininterrumpida amabilidad, había respondido con desagradecido menosprecio. Con los Middleton, con los Palmer, con los Steele, hasta con los conocidos más corrientes, había sido in­solente e injusta; mi corazón había permanecido insensible a sus méritos y mi temperamento irri­tado ante sus mismas atenciones. A John, a Fan­ny (sí, incluso a ellos, aunque sea poco lo que se merecen), les había dado menos de lo que les es debido. Pero a ti, a ti por sobre todo, por sobre mi madre, te había ofendido. Yo, sólo yo, cono­cía tu corazón y sus penas; y aun así, ¿en qué me influyó? No en hacerme más compasiva, benefi­ciándome a mí o a ti. Tenía tu ejemplo ante mí; pero, ¿de qué me sirvió? ¿Fui más considerada con­tigo y tu bienestar? ¿Imité la forma en que te con­tenías o suavicé tus ataduras haciéndome cargo de algunas de las muestras de deferencia general o gratitud personal que hasta ese momento ha­bían recaído enteramente en ti? No; cuando te sa­bía desdichada no menos que cuando te creía en paz, dejé sin cumplir todo lo que el deber o la amistad me exigían; apenas admitía que el dolor existiera sino en mí, y sólo lloraba por ese cora­zón que me había abandonado y agraviado, de­jando que tú, a quien profesaba un cariño sin límites, sufrieras por mi causa.
En este punto se detuvo el rápido fluir de las recriminaciones que a sí misma se dirigía; y Elinor, impaciente por dar alivio, aunque demasiado ho­nesta para halagar, de inmediato le ofreció los elo­gios y el apoyo que su franqueza y arrepentimiento tan bien merecían. Marianne le oprimió la mano y replicó:
-Eres muy buena. El futuro debe ser mi prue­ba. Me he hecho un plan, y si soy capaz de, cum­plirlo, lograré el dominio de mis sentimientos y mejoraré mi temperamento. Ya no significarán preocupaciones para los demás ni tormentos para mí misma. Viviré ahora únicamente para mi fami­lia. Tú, mi madre, Margaret, de ahora en adelante serán todo mi mundo; entre ustedes se repartirá todo mi cariño. Nunca más habrá nada que me incite a alejarme de ustedes o del hogar; y si me junto con otras personas, será sólo para mostrar un espíritu más humilde, un corazón enmenda­do, y hacer ver que puedo llevar a cabo las cor­tesías, las más pequeñas obligaciones de la vida, con gentileza y paciencia. En cuanto a Willoug­hby, sería ocioso decir que pronto o alguna vez lo olvidaré. Ningún cambio de circunstancias u opiniones podrá vencer su recuerdo. Pero estará sujeto a las normas y frenos de la religión, la ra­zón y la ocupación constante.
Hizo una pausa, y añadió en voz más baja:
-Si tan sólo pudiera conocer su corazón, todo sería más fácil.
Elinor, que desde hacía algún rato deliberaba sobre la conveniencia o inconveniencia de aven­turarse a hacer su relato de inmediato, escuchó esto sin sentirse en absoluto más decidida que al co­mienzo; y advirtiendo que, como la deliberación no conducía a nada, la determinación debía hacerse cargo de todo, pronto se encontró enfrentándose a ello.
Condujo el relato, así lo esperaba, con destre­za; preparó con cuidado a su ansiosa oyente; rela­tó con sencillez y honestidad los principales puntos en que Willoughby sustentaba su defensa; apreció debidamente su arrepentimiento y sólo morigeró sus declaraciones relativas a su amor actual por Marianne. Ella no pronunció palabra; temblaba, te­nía los ojos clavados en el suelo y los labios más blancos de lo que la enfermedad los había dejado. De su corazón brotaban mil preguntas, pero no se atrevía a plantear ninguna. Escuchó cada palabra con anhelante ansiedad; su mano, sin que ella se diera cuenta, estrechaba fuertemente la de su her­mana y las lágrimas le cubrían las mejillas.
Elinor, temiendo que se hubiera fatigado, la con­dujo a casa; y hasta que llegaron a la puerta, adivi­nando fácilmente a qué estaría dirigida su curiosidad aunque en ningún momento pudo manifestarla en pre­guntas, no le habló de otra cosa que de Willoughby y de lo que habían conversado; y fue cuidadosa­mente minuciosa en todos los pormenores de lo que había dicho y de su aspecto, allí donde sin peligro podía permitirse una descripción detallada. No bien entraron en la casa, Marianne la besó con gratitud y apenas articulando en medio de su llanto tres pa­labras, “Cuéntaselo a mamá”, se separó de su her­mana y subió lentamente las escaleras. Elinor por ningún motivo iba a perturbar una tan entendible búsqueda de soledad como ésa; y pensando con gran ansiedad en sus posibles resultados, al mismo tiempo que tomaba la decisión de no volver a po­ner el tema si Marianne no lo hacía, se dirigió a la salita a cumplir su último mandato.